En los años cincuenta vivió en la ya famosa ala Este del Seminario de La Romareda, ahora hundida. Entonces, el cemento era oro y el estraperlo hizo estragos en la obra.

Eran tiempos de escasez y de estraperlo. Y el Seminario de Zaragoza, que comenzó a levantarse en 1948 en lo que entonces eran la afueras, la Vía Hispanidad, no se libró del gato por liebre. Laureano Molina, educador jubilado, fue uno de los seminaristas que estrenaron el ala Este poco después de que fuera inaugurada en 1952. Y desde esa posición privilegiada comprobaba con sus compañeros cómo se hacía el pabellón de enfrente, el Oeste, que cuando ellos llegaron era solo una estructura desnuda.

"Observábamos que los camiones de cemento entraban por una puerta y salían por otra sin descargar. En esa época había poco material de construcción y en el Seminario, como pasaría en otros edificios de la época, en la mezcla con el hormigón se escatimaba el cemento", explica.

A los pilares y forjados les llegaba arena en cantidad. Según recuerda Laureano, Teodoro del Arroyo, que en aquellas fecha era el rector del Seminario mayor, "puso a un compañero nuestro a controlar los camiones que entraban en la obra. Tomaba notas de los materiales que traían, de la descarga, de las matrículas". Aquel joven, cuenta, era muy discreto, pero repetía un viejo proverbio árabe que delataba la situación: "¡Ay de las casas sin amo!".

El ala Oeste, que está ya rehabilitada y casi a punto para recibir a los funcionarios municipales de Urbanismo, pasó más de un año hecha un esqueleto y soportando aire, lluvia y otras inclemencias. "Más de una vez nos mandaron a achicar agua en la obra, para que no hubiera problemas mayores", explica el antiguo seminarista.

Había prisa por acabar porque los seminarios estaban llenos, pero la falta de dinero y de materiales imprimían a la construcción un ritmo lento. "Al final, terminaron el ala Oeste unos albañiles de Valdealgorfa y de Albalate. Uno era amigo mío, así que yo estaba al tanto", dice.

La seguridad ya era precaria recién construido el edificio. De ello da prueba el que una noche, "entre 1955 y 1956, se vino abajo todo el cielo raso de una capilla que teníamos. Afortunadamente, no había nadie en ese momento".

Ahora, Laureano reside cerca del viejo edificio eclesiástico, que se cedió al Ayuntamiento de Zaragoza a cambio de una recalificación en el terreno del entorno. Cuando comenzó la rehabilitación para convertir el conjunto en un gran centro de oficinas para el consistorio, él pensó que podría haber problemas. "No me sorprendió que se hundiera el ala Este, donde yo viví, porque sabía en qué condiciones se construyó el edificio. Al desmantelar los tejados, todo deja de ser compacto, y en una estructura así es todavía más peligroso". Lo que sí le extraña es que unas estructuras viejas y débiles como las del Seminario se mantengan durante meses sin tejado.

Advierte también de que en la época en que habitó en el polémico inmueble de La Romarela él y sus compañeros hicieron la piscina. "A principio, a pico y pala, y después, con dinamita. Estaba cerca de la parte de que se cayó en verano, no sé si aquella obra pudo influir también en la estabilidad del ala Este".

Asegura que con sus explicaciones no pretende exculpar a nadie en la polémica del desplome, pero insiste en que a la hora de repartir culpas "hay que tener en cuenta todas las circunstancias. La realidad es que el Seminario se nos ha caído a todos. Ha perdido toda la ciudad".