Campos de ensayos genéticos con el maíz han sido objeto de destrucción. Este agricultor afirma que la investigación es necesaria para avanzar y defiende los transgénicos.

Hace escasas fechas, un campo de maíz transgénico de Zuera apareció roturado con una enorme señal de prohibición. Investigadores aragoneses que trabajan en Lérida han visto destruido un campo de ensayo. La polémica sobre la bondad o maldad de estos productos manipulados genéticamente se radicaliza. Esteban Andrés considera imprescindible que se pueda investigar, para evitar que los agricultores vean "limitado su desarrollo".

Cultiva maíz. Pero, entre otras muchas cosas, también es presidente del Foro de Biotecnología del Valle del Ebro y de la Asociación General de Productores de Maíz de España. Tras el inicio, hace unos días, de un juicio en Lérida por la destrucción de unos ensayos de cultivos transgénicos en el IRTA (Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentaria) de esa provincia, Esteban Andrés defendió "el trabajo de unos científicos cuyo principal objetivo es aumentar el bienestar de las personas, aportando mejoras en la agricultura y la alimentación".

Reconociendo, eso sí, el derecho a discrepar de su opinión, el agricultor oscense denunció que otras ideas "se muestren a través de la violencia y la destrucción". Como pasó recientemente en Zuera.

"La propia naturaleza interviene en el intercambio genético entre plantas. El trigo es un transgénico desde la antigüedad. Lo que hace la naturaleza en miles de años, ahora lo hace el hombre a través de la genética molecular, de una forma científica y muy controlada", argumenta Andrés. Y explica también que la agricultura "tiene que avanzar", que no se puede "volver a la prehistoria", sino que hay que dar respuesta "a las necesidades actuales".

Según asegura este agricultor, "hay plantas que desaparecerían del regadío aragonés, como el propio maíz, si no se sale al paso de las limitaciones que imponen los plaguicidas y los herbicidas".

Esta visión choca con la de diversos colectivos, especialmente conservacionistas, que aseguran que la manipulación genética tiene efectos muy nocivos, sobre todo, para el medio ambiente. Aunque no es lo habitual, a veces las tesis contrarias a este tipo de investigación "se radicalizan" y llevan a la destrucción de campos de ensayo. "Los destrozos limitan y retrasan una tecnología absolutamente necesaria para nosotros".

Esteban Andrés garantiza que los transgénicos permiten "reducir el uso de herbicidas, ahorrar recursos y mejorar el rendimiento ambiental", a la vez que aumentan las producciones agrícolas. Y no suponen un riesgo para la salud humana. "El mundo científico ha determinado hace días que no son alimentos raros o sospechosos", comenta. Y añade que, de hecho, mientras en Europa se prohíbe cultivar soja transgénica, su importación y consumo están permitidos.

Igualmente, manifiesta que en Aragón conviven ambos cultivos (transgénico y convencional) desde hace nueve campañas. "Y nunca ha habido confrontación entre agricultores. Hay una paz absoluta".

Por eso aboga por la coexistencia. Que el que quiera cultivar transgénicos "no tenga ningún problema" y tampoco el que prefiera lo convencional. Sobre todo, porque la normativa de etiquetado de estos productos es muy clara: "Tiene que estar todo muy bien indicado para que el consumidor no tenga dudas de lo que consume", asegura el agricultor oscense, quien concluye: "Si no podemos investigar, lo pagaremos los agricultores. Y, al final, la sociedad entera".