Deberían agregar a las leyes básicas de la Física (si es que tal cosa existe todavía) el siguiente teorema: Izquierda Unida sufre, cada vez que las cosas se le ponen bien o medio bien, una tendencia irrefrenable a crisis internas capaces de propiciar otro descenso a los infiernos. Apenas gusta las mieles del éxito electoral, la coalición es presa del vértigo, que la arrastra de nuevo al fondo del pozo: el harakirIU. Pasó a mediados de la década anterior, cuando el PSOE andaba fané y descangallado, pero IU, en vez de ampliar espacio, cambió de candidatos, se sacudió de encima a sus cuadros más presentables, amagó pinzas con la derecha... y perdió la oportunidad, entre las alabanzas (eso sí) de los medios de comunicación conservadores (a Camacho le publicaban en el ABC, y Anguita era mimado por los columnistas de El Mundo).

En Aragón estas circunstancias fueron clamorosas. De estar a punto de convertirse incluso en la primera fuerza de la izquierda zaragozana, pasaron a quedar fuera de juego: en poco tiempo perdieron el escaño que había ocupado José Luis Martínez Blasco en el Congreso y toda presencia en el Consistorio. CHA y el PSOE se aprovecharon enseguida del vacío. Fue el último (de momento) fracaso de los comunistas, que acabaron por quedarse casi solos en la cuasi desvencijada Izquierda Unida.

Ahora, apenas empiezan a mejorar las expectativas de IU, la reacción es similar. Como si los últimos del PCE (que ahora quieren cargarse a Llamazares) tuvieran aversión a todo poder y gloria, salvo los que se disfrutan en el recóndito seno de su partido y de la coalición que éste apadrina y (cuando puede) controla. O tal vez lo que ocurre es más simple: en Izquierda Unida hay sensibilidades e ideas muy distintas; neoprogresistas y paleoprogresistas, leninistas y liberales, pragmáticos y doctrinarios... Por no hablar de las relaciones con el PSOE, otro problemón.

Y el caso es que a quien mejor le va que IU se salga de quicio es, justamente, al Partido Socialista.