Luis Roldán Ibáñez, el zaragozano y exdirector general de la Guardia Civil que a mediados de los 90 se convirtió en el icono de la corrupción que descompuso los últimos años del felipismo, está a punto de dejar de ser el preso más ilustre del país para convertirse en un jubilado sin más. El próximo día 19 de marzo, a primera hora de la mañana, cruzará por última vez la puerta del Centro de Inserción Social de Torrero --pernocta allí cinco días por semana, de domingo a jueves-- y se convertirá en un hombre libre en cuanto pise la calle. Habrá saldado sus cuentas con la justicia tras pasar diez años entre rejas --del 26 de febrero de 1995 al 25 de mayo del 2005-- y otros cinco en régimen abierto cuando había sido condenado a cumplir veinte --aunque la pena nominal que le impuso el Supremo era 34-- como responsable de un latrocinio de 18,9 millones de euros.

Roldán quiere pasar página. Rechaza conceder entrevistas y no quiere hablar del final de su vida penitenciaria. "No entiendo lo que está pasando conmigo. Aquí han sacado a Mario Conde, han sacado a los del GAL, ha salido todo el mundo... Estoy harto de esta película", señaló en una breve conversación el pasado viernes. Menciona algunos de los casos que más indignaron a los españoles: el saqueo del Banesto y el crimen de Estado trufado de pillaje de fondos públicos. Aunque hubo más, como las peripecias financieras y fiscales del gobernador del Banco de España Mariano Rubio, el trasiego de comisiones del AVE Madrid-Sevilla y de Filesa... Eran unos años en los que la corrupción emponzoñó hasta el papel en el que se imprimía el BOE. Pero, en el imaginario de la crispada España pos-Expo y postolimpiada, ninguno de los protagonistas de esas historias alcanzó la posición de paradigma de Roldán: el jefe del cuerpo policial de mayor tradición en el país se las había estado llevando a espuertas.

Roldán perdió la mayor parte de su patrimonio, aunque no todo fue a parar a las arcas del Estado que, según la sentencia, había estado esquilmando. De hecho, eso es lo que ocurrió con sus posesiones aragonesas.

Su participación en una finca de cerezos de Mequinenza terminó en manos de dos agricultores de Maella que se la adquirieron al Banesto tras embargarla el banco por impago del préstamo que avalaba y que la explotaban con uno de sus socios. Otros tres pisos en Zaragoza terminaron en manos de su exmujer al divorciarse. El de su madre, ya fallecida, fue embargado y subastado por el juzgado, aunque él siguió utilizándolo durante sus permisos penitenciarios.

Luis Roldán es ahora un jubilado --"voy a cumplir 67"-- que, tras retirarse como vendedor de seguros, mata el día paseando y se mueve por la ciudad en autobús. Ha rehecho su vida y se ha casado de nuevo. Apenas tiene hobies, aunque sí "sigo al Real Zaragoza", un entretenimiento que, como al resto de la hinchada le da este año más ratos malos que alegres.

Diferentes informaciones periodísticas señalan que mantiene bajo control en el extranjero propiedades por más de tres millones de euros y alrededor de diez en efectivo que habría logrado escamotear mediante testaferros, sociedades interpuestas y trasiegos bancarios. La llegada de la primavera marcaría la fecha para que emigrara y se dedicara a disfrutar del botín. Él lo niega. Al tiempo que sostiene que su intención es terminar sus días en Zaragoza: "Aquí voy a seguir hasta que me muera".