En 1962, un sótano de Torremolinos se convirtió en el almacén de un cúmulo de chatarra que horas antes había configurado una colosal escultura de uno de los artistas españoles más importantes del siglo XX. Esos hierros y planchas metálicas que pesaban casi dos toneladas y medían diez metros de altura habían formado parte de una poética imagen: Viaje a la luna en el fondo del mar.

Había costado más de 60.000 pesetas, una fortuna en la época. No era para menos puesto que su autor era en ese momento uno de los escultores más prestigiosos del mundo. Había expuesto en los museos más importantes del planeta y representaba a España en la afamada Bienal de Venecia. Su concepción artística, sus meses de bocetos y trabajo se habían reducido a un amasijo de hierros sin ningún valor por el capricho del hombre que había encargado la obra.

Larga batalla

El destructor de esa escultura era el propietario del hotel Tres Carabelas de Torremolinos, de José Meliá y la cadena Intusa. Se iba a abrir como símbolo del desarrollo turístico de la Costa del Sol que iba a convertir a España en el país del sol, paella recalentada y playas atiborradas aunque fuera a costa de despreciar su propio patrimonio cultural y natural. El autor de la obra, Pablo Serrano, artista turolense que en ese momento gozaba del máximo prestigio internacional.

La destrucción del Viaje a la luna en el fondo del mar supuso una profunda decepción para el autor. Este no podía comprender que la España en la que había nacido no protegiera un derecho como el de la propiedad intelectual y el de autor, reconocido en gran parte de los países en los que su obra se exponía. Serrano había vivido en países con una larga tradición constitucional, como Argentina o Uruguay, y exponía en Estados Unidos.

Fue entonces cuando comenzó una larga batalla judicial y mediática para que en España se reconocieran ambos derechos. Su pelea, llena de sinsabores, se prolongó prácticamente hasta su inesperada muerte en 1985. Perdió la batalla legal, incomprendido en los sectores judiciales y ante una falta evidente de legislación en la materia. Pero su insistencia, su testarudez propia de su origen aragonés, no cayó en saco roto. Se le escuchó en el Senado y fue el precursor de la incipiente legislación democrática sobre derechos de autor y propiedad intelectual. Dos preceptos por los que luchó en vida.

El testigo tras su muerte lo recogieron su nuera, Susana Spadoni, y su nieta, Valeria Serrano. Ambas son las poseedoras de los "derechos morales" de la obra del autor, donada en gran parte a la comunidad autónoma de Aragón sin ninguna prestación económica a cambio y en su testamento se otorgaba a su nieta Valeria como heredera de esos derechos morales. Ese derecho se recoge actualmente en el artículo 14 de la Ley de Propiedad Intelectual, siendo este "inalienable e irrenunciable".

No lo entendió así la Justicia franquista ni la de la incipiente democracia, que en el caso de la destrucción de la gigantesca escultura dieron la razón reiteradamente a los propietarios de la obra. Los argumentos enfrentados eran patentes: ¿Tiene potestad plena para hacer lo que quiera sobre una obra el que la ha adquirido o debe respetar la intención del autor sobre ella? Hoy en día hay jurisprudencia que dice que poseer una obra de arte no otorga capacidad para disponer de ella como se desee, sino que se deben respetar los criterios artísticos y conceptuales de quien la diseñó. "El derecho de propiedad no es incompatible con el del autor. Al contrario, han de convivir y tienen semejante rango. Ninguno se subordina al otro, y han de respetarse recíprocamente", indica una sentencia del 2007 del juzgado de lo Mercantil número 1 de Bilbao, a raíz de la demanda interpuesta por un artista contra el Ayuntamiento de Amorebieta que cambió de sitio una de sus esculturas.

Vulneración de derechos

Serrano decía sentirse "abatido" ante las sentencias dictadas contra su petición, a pesar de que contaba con el apoyo de los fiscales y la gran defensa que hizo el jurista, fallecido esta semana, Eduardo García de Enterría. Aún en 1985, meses antes de su muerte, una última sentencia le quitaba la razón que ahora, gracias en parte a su lucha, sí le darían los tribunales. En la sentencia del Mercantil de Bilbao, se especifica que "el concepto alteración o modificación no queda constreñido a la obra. También su ubicación es relevante y puede suponer, en cuanto que suponga menoscabo para la propia creación, una vulneración del derecho de autor"

Casi 30 años después de su muerte, y 50 después de que emprendiera una pelea jurídica rodeada de complicaciones pero que culminó con una reforma de la legislación sobre propiedad intelectual, Serrano vuelve a verse rodeado de los mismos fantasmas. Esta semana se ha conocido que hay una propuesta del PP y el PAR para cambiar de lugar su escultura Lugar de Encuentros que donó a las Cortes de Aragón y que preside desde el 2006 el hemiciclo. Y se ha sabido que la colección Circa XX podría integrarse en el museo que se creó para albergar la obra que el autor de Crevillén, Premio Príncipe de Asturias en 1982, entregó a la comunidad autónoma.