Una de las mejores ofertas de la cartelera zaragozana es Prisioneros, de Denis Villenueve, con unos formidables Jake Gylennhall y Hugh Jackman en los papeles principales. Los de un detective distinto y un carpintero a quien raptan una hija y, ante las vacilaciones de la policía y la seguridad de hallarse en la buena pista, se lanza a la captura del secuestrador, por encima de todo, incluida la ley.

Prisioneros, al margen de ser una película de acción, con un buen ritmo y un creciente suspense, plantea una serie de cuestiones directamente conectadas con las capas más profundas de la naturaleza humana.

La religión, la educación, los conceptos de convivencia, respeto ciudadano y justicia, el uso de la violencia, los límites de una investigación policial y, sobre todo, el albedrío de cada individuo jalonan un guión prácticamente perfecto, en un ejercicio a medio camino entre el cine negro y psicológico.

A destacar, por su riqueza y variedad, el retrato de los personajes y los precisos e intensos diálogos con que los protagonistas debaten las terribles cuestiones de fondo de un secuestro infantil y sus opciones para hacer frente a la ausencia y a la pérdida de la esperanza. Réplicas, ya digo, tejidas con un lenguaje sobrio y elegante a la vez, sin apenas palabras malsonantes, salvo las justas.

Contención de la que quizá debería tomar buena nota el director español Álex de la Iglesia, en cuya nueva película, Las brujas de Zugarramurdi, hay tal cantidad de tacos que sus diálogos podrían servir para renovar el diccionario nacional del lumpen.

¿Por qué? Seguramente porque así, teniendo en cuenta que filmaron esta cinta en clave de comedia negra, y que sus personajes son ladrones y brujas, lo han considerado oportuno el guionista y el director. Erróneamente, desde mi punto de vista, pues a ambos les sobra talento para eludir el chiste de sal gruesa y obtener los mismos o superiores efectos limando los excesos de un lenguaje que bastante mal se utiliza ya en la calle como para desde la pantalla adocenar a la juventud con la música de sus soeces sonidos.

Ya de paso, quizá los creadores de Las brujas de Zugarramurdi deberían haber profundizado un poco más en la tradición en de la posesión diabólica, en la religión y en la magia. El cine español y el castellano habrían salido ganando.