Lleva once días sin salir de casa. Se lo impide las fuertes rachas de cierzo en Zaragoza, que para su patología son "un muro infranqueable" que María Ángeles Casas no puede atravesar. "El aire me tira", cuenta.

Esta aragonesa padece la enfermedad de Charcot-Marie-Tooth, cuyo síntoma más característico son las deformaciones musculares como el pie cavo, en el que el este presenta un arco más pronunciado de lo normal o dedos en martillo, un encorvamiento anormal de las extremedidades. "Era maestra y cuando me jubilé a los 60 años me hicieron un homenaje. Durante el acto, vi que algo me pasaba, porque empecé a caerme. Jamás hubiera pensado que padecía una enfermedad rara", explica.

Su falta de movilidad hace que dependa de su marido. "Sola es imposible. Sé que voy a ir a más, no me dan buen pronóstico porque esto es degenerativo, pero de momento la silla de ruedas la tengo en el trastero y que ahí siga", cuenta María Ángeles.

El Charcot-Marie-Tooth avanza y no tiene medicación. "Coso mucho, leo todos los días y me comunico con mis amigos por internet. Procuro estar ocupada y no pensar en el futuro, solo centrarme en el presente", argumenta.

Sus isquiotibiales están "muy dañados", así como sus manos y brazos. "Cada día hago entre 30 y 40 minutos de fisioterapia. Hay que currárselo para que cuando avance no me coja con el pie cambiado", cuenta María Ángeles, cuyo padre ya era portador del Charcot-Marie-Tooth. "Con mi primer sueldo de maestra le llevé a Navarra para que le hiciera pruebas. Luego me tocó a mí. Lo bueno es que mi hijo, que tiene 34 años, tiene los pies planos", explica entre risas.