Sala de máquinas
Esperando a los bárbaros... que ya están ahí
Claro que ha habido muchos viejos poetas pero si de Alejandría hablamos, él, con esa referencia mítica, tiene que ser el no menos legendario Cavafis. El gran homenaje se lo hizo Lawrence Durrell en El cuarteto de Alejandría, pero la magia exenta de Cavafis sigue ahí, al amparo de sus versos, que debemos volver a leer, asomándonos al abismo de su mundo clásico y pagano, a la magia y sensualidad del griego milagroso.
Luis Alberto de Cuenca acaba de traducir para Reimo de Cordelia, con ilustraciones de M. A. Marín, uno de los más extraños y extraordinarios poemas de Cavafis, «Esperando a los bárbaros», de tal actualidad que, siguiendo sus estrofas, la mente comienza a divagar por diferentes épocas de la historia, se tropieza con Cicerón, conversa con Alejandro, con César, con Felipe II, con Danton... allá donde el péndulo del cesarismo y de la república oscile con mayor ímpetu.
¿Que esperamos todos, reunidos en el foro?
Es que hoy llegan los bárbaros.
¿Por qué nadie trabaja en el Senado? ¿Qué hacen, sin legislar, los senadores?
Es que hoy llegan los bárbaros y no vale la pena dictar leyes, que las dicten los bárbaros.
¿Por qué el emperador ha madrugado tanto y se ha ido con su trono a la puerta mayor de la ciudad, solemne y coronado?
Porque hoy llegan los bárbaros...
Y los pelos se nos ponen de punta porque los bárbaros no es que vayan a llegar, es que ya están ahí, en Berlín, en Birmingham, Bruselas, París, Madrid...
Orgullosos y aguerridos, con la seguridad de que su espada es vencedora, de que siembra con la misma eficacia el terror y la muerte, de que cuando se la desenfunda los demás corren y el enemigo, menos bárbaro, más vulnerable y desarmado, se repliega ante el avance de la guerra santa.
Estos nuevos bárbaros armados con cuchillos con los que degüellan a sus víctimas, con fusiles con los que ametrallan a los niños, con libros de religión con los que maniatan a sus mujeres son los enemigos no de los cristianos, no de los europeos, no de los poetas, sino de la razón. Y es con la razón con la que hay que combatirlos, pero aplicándola, pero enseñando ciencia y conocimiento, educando, integrando. Y aplicando la ley a los que sólo nos asignan el odio, la venganza, el crimen.
Una vez más, podemos vencer a los bárbaros. Sólo hay que enfrentarnos con ellos en el terreno de las ideas abiertas.
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