Marisa

EN BUSCA DE LA IDENTIDAD PERDIDA

Juana de Grandes

José Antonio Labordeta

PORQUE, poco después, en el otoño de 1972, un grupo de profesores, periodistas, escritores, sacábamos Andalán, una revista cultural y progresista que duraría quince años y 467 números en los que impulsaría y contemplaría todo un renacer de Aragón. Que, en una bella y pesimista canción del citado cantautor, hasta entonces solo era un paisaje de «polvo, niebla, viento y sol, y donde hay agua una huerta». Pero la conciencia de esas carencias y pobrezas, exageradas literariamente, provocaría muchas de las luchas de nuestro pueblo por defendernos de ataques (trasvases, centrales nucleares, etc.) y procurar mejoras urgentes. Tras su desaparición, en 1987, tomaría el relevo el grupo y revista Rolde, aún muy activo, y causa de nuestra vinculación y del encargo y escritura de este tan personal prólogo.

ESTÁBAMOS TODAVÍA sufriendo la sinrazón de una interminable dictadura de origen militar, y esa tarea era extrañamente sospechosa a sus autoridades, que veían con recelo tanto empeño «aragonesista». Porque Aragón, se nos decía, ya no existía, ni siquiera como eco del viejo Reino y centro de la Corona que llevara su nombre, desaparecida su condición desde comienzos del siglo XVIII. Apenas un color diferente en el mapa de las regiones, sólo consideradas administrativamente, para ordenar y controlar el territorio por diversos criterios.

SÍ, CONOCÍAMOS

EN CAMBIO, de nuestro pasado, se sabían muchas anécdotas, leyendas muy hermosas pero reducidas a mitos (desde el Árbol de Sobrarbe a la Campana de Huesca), listas de reyes con nombres raros, bellas princesas, muchas batallas, una gran división entre grupos cristianos pronto dominantes y otros de judíos, moriscos (que antes fueron reinos cultos y saludables) y remotos restos arqueológicos de épocas ibéricas y romanas. Del medievo y la modernidad emergían, eso sí, catedrales y monasterios, palacios, castillos, viejos burgos, ermitas e iglesias.

PERO NADA DE ESO nos hablaba del verdadero protagonista de nuestra historia: el pueblo, en todas sus clases, riquezas y pobrezas, beneficiarios o víctimas de muchas injusticias. Una economía agraria de secano (y la huerta, el regadío, donde era posible), sólo muy tarde y en zonas concretas industrializada. Una sociedad predominantemente rural (ni siquiera Zaragoza tenía, al entrar el siglo XX los cien mil habitantes), llena de virtudes y pequeños saberes, pero también de viejos vicios, muy analfabeta hasta ese siglo, amante de lo suyo si eran viejas creencias, jotas, fuertes platos de cocina, mitos futbolísticos, cuentos baturros… e ignorante de casi todo lo ocurrido y aún persistente en el suelo que pisaba.

SON MUY SIMPÁTICAS y atractivas las anécdotas, las biografías, los dichos y refranes propios, pero hay algo aún más importante: el estudio del pueblo en su conjunto, sus costumbres y tradiciones, sus sufrimientos y luchas, sus mejoras. Y, algo demasiado tarde comprendido y que hoy parece normal: el decisivo papel de la mujer, relegado hasta hace poco al hogar familiar, como era normativa de casi todas las religiones.

SE TRATABA de recuperar, reconstruir, tantas obras de arte, edificios, libros, perdidos, vendidos, destruidos; de estudiar nuestro Derecho, muy importante en el pasado, por sus ventajas precursor de los mejores avances españoles. De revivir, conocer, divulgar, nuestras ricas hablas: el aragonés, que tuviera importancia decisiva en la Baja Edad Media y se habla o recupera en muchos valles y ciudades, y el catalán hablado en las zonas orientales, de norte a sur. Y la música, que une y hermana a las gentes.

CUANDO, hace unos 50 años, como he dicho, llegué con mi familia a establecernos para siempre en Zaragoza, apenas teníamos un canal en blanco y negro de televisión (por eso íbamos más al cine, nuestra casi única ventana exterior); ni podíamos imaginar todo el mundo de internet, de busca de millones de datos y saberes. Tampoco había tantos institutos y centros de enseñanza como ahora: sus profesores se han unido entusiastas (más aún, que cabía, que en la vieja Alma Mater) a los universitarios, ya muchos estudiosos y valiosos, pero habiendo de pelear por todas esas «señas de identidad», en muchos casos dejadas de lado o incluso combatidas por los viejos mandarines. Y luego se han publicado miles de libros magníficos sobre Arte, Derecho, Lenguas, Historia, Geografía, y otras muchas disciplinas y saberes, destacadamente el mundo de la Ciencia y la Técnica, en que nuestra Universidad tiene muy destacados profesores e investigadores. Y novelas y libros de poesía, y estudio y divulgación de la Música y el Derecho.

Pero, sobre todo, hemos ido disponiendo de todo un entramado institucional, que ha hecho de la democracia, las libertades, la autonomía aragonesa, un modelo de organización social y política. La Autonomía ha supuesto un paso extraordinario en el progreso de Aragón, ha impulsado mil asuntos, en especial lo económico y lo social, la cultura. Hoy vemos normal tener un Gobierno propio dentro de una España plural, disponer de unas Cortes que evocan y mejoran mucho las antiguas del Reino, tener la protección ciudadana de un Justicia. Y contar en provincias y pueblos de diputaciones y ayuntamientos, que aún no eran democráticos hasta 1979.

A lo largo de nuestra historia, nuestros antecesores hubieron de cambiar a veces de residencia, buscando riegos los de secanos, trabajo los de escasos haberes, mejoras profesionales, académicas, que llevaron a esas gentes a Zaragoza desde todo el territorio aragonés, a Barcelona y otras ciudades españolas, a América, luego a Europa. Pero también hemos ido recibiendo, sobre todo en las últimas décadas, a miles de emigrantes que han elegido (o se han visto obligados a) venir aquí, buscando ese trabajo y esas mejoras. Ello nos plantea algunas cuestiones sobre las que escribí en 1996, pensando en los lectores, en el primer tomo de Gente de orden:

Seas o no de esta tierra, país, pueblo y paisaje, es muy posible que sepas que eso aquí no nos importa mucho: tenemos por aragoneses a cuantos así se consideran, porque nacieron y viven aquí o marcharon lejos, pero desean seguir siéndolo; a cuantos aquí llegaron, hace mucho o poco, y trabajan, luchan, viven entre nosotros, vengan de donde vengan. Nos alegra pensar que así les ocurre a ellos también, desde la primera generación… Que, como escribiera Javier Martínez Reverte, «la dignidad de cada uno son sus recuerdos».

POR ESO, luego, en 2008, me pregunté en el prólogo a una Historia de Aragón que dirigía:

…cómo tratar a estos hombres, mujeres y niños llegados de otros mundos y culturas, si además de ofrecerles y proponerles adhesión a nuestra Constitución y costumbres españolas, también procede hacerlo con la historia y la cultura, las tradiciones y la mentalidad colectiva aragonesas, lo que no puede ser impuesto, pero sí parece conveniente para permitir una cohesión lo más eficaz posible de la trama humana que formamos todos. Algo así como decir a los llegados: «Sed bienvenidos, y ved si os resulta interesante y provechoso asumir como vuestra esta historia que nos da raíz y origen; si, además de cuanto traéis (lengua, religión, cultura, amor a vuestras patrias de origen), que nosotros respetamos y haremos por comprender, os sentís a gusto con lo que conforma esta colectividad a la que venís, quizá, a quedaros para siempre».

Y EN FIN, un tercer recurso a textos míos ya veteranos: escribí en un cuaderno comarcano en 2010, cuando mis paisanos de la turolense villa de Andorra me hicieron hijo predilecto, una de mis mayores alegrías:

Siempre he creído que es muy difícil luchar por lo que no se ama, y, antes, amar lo que no se conoce bien. Por eso propongo… estudiar y difundir a fondo nuestra Comunidad en todas sus dimensiones: geográfica, histórica, artística, lingüística y literaria, científica, etc. La notable mejora escolar (aún necesitada de muchos avances, sin embargo), la extraordinaria expansión de la investigación en nuestra Universidad (que no es menos universal porque estudie en parte lo propio) y en otros ámbitos culturales, de tantas editoriales y medios de comunicación, museos y asociaciones, ofrecen hoy un panorama muy notablemente mejorado. Finalmente, y los políticos han acabado entendiéndolo, se ha dado una mayor incidencia didáctica sobre lo nuestro, especialmente en niveles primario y medio; una más que correcta televisión autonómica; una autoestima que va abandonando las quejas sistemáticas para avanzar en solidaridad entre comunidades y en serenidad a la hora de exigir respeto y consideración.

ESTE LIBRO se ha concebido y preparado con enorme ilusión pensando en un primer momento en los profesores, pero también en los alumnos y aun en un público más amplio, de quienes hubieran deseado, en su juventud, ser estudiantes con estos medios. Que con él en sus manos, todos crezcan, disfruten, respiren el aire cultural propio, sin por ello dejar de sentirse plenamente españoles, europeos, miembros de la única raza existente en el Planeta: la humana.