El 15-M no fue cosa única de España. Como un magma mediático, el estallido social brotó con la Primavera Árabe en el norte de África, se extendió por los océanos de Internet e inundó las plazas de decenas de países por todo el globo. Algunos, como Luis Moreno-Caballud (1976), historiador cultural y profesor de la Universidad de Pennsylvania con raíces aragonesas, asistieron incluso a más de una acción de protesta. En su caso, después de vivir el 15-M en mayo de 2011, fue organizador de la mesa española en el Ocupa Wall Street [#occupyWallStreet], la revuelta que se inició el 17 de septiembre de ese mismo año frente a la Bolsa de Nueva York.

¿Qué recuerda de aquellos días de la primavera del 15-M?

Recuerdo una sensación de gran sorpresa, casi de incredulidad. Una de las primeras imágenes que se me quedaron fue la del eslogan de 'Democracia Real ¡Ya!', y también aquello de 'Lo llaman democracia y no lo es'. La idea de que un montón de gente había salido a la calle para cuestionar algo que hasta entonces era incuestionable: que este sistema tiene problemas y que si es una democracia, lo es de una forma muy limitada. Y sentimos también una gran alegría por ver que algo que nos parecía fundamental para la convivencia se estaba por fin expresando públicamente de una forma masiva.

Sorpresa, incredulidad… ¿También indignación?

Creo que enfatizar tanto en la indignación se ha convertido en un cliché. El movimiento tendía a llamarse a sí mismo 15-M, pocas veces se oía en sus espacios hablar de los indignados. Eso fue más bien un invento de la maquinaria periodística que trataba de entender un fenómeno que quedaba fuera de las categorías habituales. Por supuesto que había indignación, cabreo y rabia por todo lo que se había llamado crisis, aunque en realidad era estafa. Pero lo nuevo no fue la indignación, que ya estaba ahí antes del 15-M. Lo nuevo fue la capacidad de crear experimentos con otras formas de vida.

¿Otras formas de vida?

La dimensión que tuvieron las plazas de no ser solamente una protesta, sino lugares donde se trataba de sostener colectivamente la vida cotidiana, cosas como comer, dormir, tener amigos, aprender o cuidarse, sin pasar por la maquinaria del sistema capitalista-patriarcal basado en el dinero, en el prestigio y en el individualismo.

Se pretendían cambiar las reglas del juego. ¿Cristalizó ese sentir en la cultura política?

Hay distintas políticas. Estos experimentos eran una política cotidiana, desde abajo, que consiste en la transformación de uno mismo y de la forma en que vivimos. Luego, respecto a la política institucional, donde las identidades de izquierda y derecha están fijadas de antemano, existe una lucha por el poder institucional y la representación. Esa política no le interesó al movimiento. Aunque después hubo otras ramas que sí intentaron intervenir en la política institucional.

¿El 15-M fue una descarga de tensión necesaria, por todo el contexto, o fue algo más?

Fue algo más, aunque tuviera también el elemento de expresar dolor y rabia ante los desahucios, la explotación, la pérdida de trabajos y ante cómo se camuflaba la crisis económica como si fuera una cuestión técnica. Es lo que hacen las élites políticas, decirnos que no entendemos pero que tenemos que ajustarnos a los recortes porque así lo exige la llamada Economía. Pero si solo hubiera sido una descarga de tensión no estaríamos hablando hoy de esto.

En Occidente se asienta en España, pero ¿dónde se encuentran las raíces del 15-M?

Nos gusta pensar el 15-M como parte de ese movimiento global de las plazas que empieza en 2011 pero que no termina ahí. El origen se suele situar en Túnez o Egipto, en la Primavera Árabe. Incluso en 2010 en el Sáhara, cuando se levantó un campamento que fue desalojado brutalmente por la Policía marroquí. Sin embargo, en esos levantamientos había una diferencia fundamental: el riesgo que corrían esas personas en la calle era muchísimo mayor por la represión. Años después, el movimiento se extendió por Grecia, Islandia, Brasil, Turquía… 

Antes llegó a Estados Unidos con Ocupa Wall Street.

En EEUU estábamos en una posición peculiar porque habíamos visto lo ocurrido en España en mayo. Los grandes medios no se hicieron apenas eco del 15-M, y cuando lo hicieron lo malinterpretaron como una cuestión de la juventud. A mucha gente le costaba crear que algo así hubiese sucedido en España. En Nueva York, aquellos movimientos de las plazas no eran posibles... hasta que ocurrieron. Nos empezamos a juntar con gente de otros países que había experimentado revueltas similares, y veíamos que tenía que ocurrir algo que desordenara completamente el tablero de juego. Los neoyorquinos nos decían que no, que era imposible que eso pasara allí, que la izquierda y los activistas estaban distanciados. Pero lo que no entendían es que los movimientos no se iban a hacer desde las identidades políticas anteriores. Iba a surgir un nuevo espacio común.

Mesa en español del Ocupa Wall Street. Luis Moreno-Caballud

¿Se consiguió desordenar ese tablero de juego? ¿Los cambios fueron integrales, estructurales?

Sucedió en todos los movimientos de las plazas, esa es la peculiaridad. Es difícil no pensar en ellos como parte de un intento múltiple, plural, de apostar por una forma de vida distinta que no destruya el planeta ni la vida. Forman parte de ese grupo de experimentos en la línea del zapatismo o las comunidades en Rojava [los territorios kurdos del norte de Siria].

Más tarde, países como Francia en 2016 con el Nuit debout también adoptaron el movimiento.

Durante varios años siguieron apareciendo réplicas que se distinguían por esas características de impugnación del centro del sistema, de enfatizar en la capacidad de autoorganización. Cada lugar llevaba su proceso, su ritmo, y se tienen que dar ciertas coincidencias para que se prenda la llama.

¿Fueron los últimos coletazos de una suerte de internacionalismo?

Más bien el principio de otro tipo de transnacionalismo. Es un palabro, pero hablaríamos de transcomunalismo. La idea de gente que más que identificarse con una nación, se identifica con comunidades que están en un sistema de resonancias. Tratábamos de pensar en la dimensión internacional del movimiento y conectar grupos, pero no había ningún comité central u organización que pudiera dirigir todo eso. Es un magma enorme, y cada territorio tiene sus puntos de ruptura, como ahora en Colombia, en la que hay una gota que colma el vaso. Creo que es una especie de internacionalismo donde la nación no es importante. Lo importante son los territorios autoorganizados.

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Cuando estalla el 15-M, por ejemplo, el paro juvenil se situaba en el 47%. Cerramos 2020 con cerca del 40%. ¿Por qué volvería hoy la gente a las plazas?

La pregunta sería más bien: ¿cómo puede ser que no lo hagamos? Para mí, estos momentos de revuelta son los momentos de normalidad, y lo que llamamos normalidad es la vida profundamente perversa y destructiva. El modo de vida occidental es insostenible. La desiguadad crece y los problemas que sacaron a la calle en 2011 siguen estando ahí, incluso incrementados. La pregunta es: ¿cómo puede ser que no estemos cambiando nuestra forma de vida?