La sucesión de acontecimientos por las que ha pasado el procés catalán no solo ha tenido influencia en la política y la economía. También y sobre todo en las relaciones sociales y personales. Lo han vivido de primera mano las Casas regionales, que han sufrido, compartido, voceado o callado los destinos que los políticos han ido marcando.

Mireia Semis, presidenta de la Casa Catalana en Zaragoza, llega fácil a su primera reflexión. «Hay de todo», dice, «aunque a mí me parece que el sentimiento general entre los catalanes es que es una intención de dar un paso adelante», que la decisión de conceder los indultos es elegir «un buen camino», como lo es «sentarse a la mesa a dialogar». «Con tal de que desaparezca la crispación, cualquier paso es un alivio», asegura.

María José Garrido, secretaria del Centro Aragonés de Sarriá (fundado en 1929), casi calca la primera consideración: «Hay opiniones de todo tipo aquí. Es como entrar en un centro comercial y preguntar. Aunque el tema ya cansa y lo que queremos es diálogo, dice la esposa «de un maño de Calatayud».

En Zaragoza, «la sensación es que hay bastante desinformación y que cada uno oye solo lo que le interesa», explica la catalana, que ha encontrado «bastante incomprensión e intransigencia» en los últimos años en cualquier debate relacionado con este asunto. «A nosotros nos perjudica que esto no acabe porque se ve bastante tensión con otras Casas en cuanto sale el tema de la política y pese a que hayamos tenido siempre una buena relación», cuenta Mireia, que confiesa que les ha afectado con los socios. «Solo esta semana se han borrado tres. La gente no quiere que se les identifique con Cataluña, no quieren problemas».

Tan lejos ha llegado a veces el problema «que incluso nos hemos planteado cerrar y pasar de largo de todo esto. Hay muchos a los que la política nos importa tres pitos, pero en los dos lados hay gente que no quiere razonar», concluye, segura de que un referéndum por la independencia, «que saldría no», acabaría con todo.

Lo mismo ve María José Garrido, que afirma no querer la independencia «pero sí el referéndum, para que vote Cataluña y salga que no», dice convencida. «En Barcelona la mayoría somos hijos de inmigrantes que no queremos renunciar a nuestras raíces».

«Se pueden buscar fórmulas, pero parece que no interesa, que lo ideal es que haya conflicto. No se dan cuenta de lo que nos ha afectado. No hemos tenido grandes problemas pero sí discusiones. Con los aragoneses lo hemos llevado bien, son muy nobles. Aunque la gente que no está aquí no lo comprenda. Esto hay que mamarlo para entenderlo», concluyen desde Barcelona.