El milenario oficio de zapatero ha ido experimentando cambios técnicos y materiales a lo largo de los siglos, pero su esencia siempre ha permanecido intacta: arreglar artesanalmente el calzado en aras de prolongar su vida útil. Sin embargo, desde hace varios años esta labor parece estar en peligro de extinción. Cada vez son menos los maestros zapateros.

En Zaragoza se mantienen en pie unos 50 negocios especializados en el arreglo de zapatos de los 60 que hay en Aragón. «Cada año están cerrando tres o cuatro de media», asegura Ramón García, presidente de la Asociación Provincial Empresarial de Artesanos Reparadores de Calzado de Zaragoza (Arte-Recal), que da por sentado que la profesión de zapatero, tal y como está concebida hoy en día, está condenada a desaparecer. «Cada día habrá menos porque cada día hay menos reparación», augura.

García, de 65 años, ha mamado el oficio. Tanto su padre como su abuelo eran zapateros remendones y regentaban un local en San José. Él siempre les ayudó en el negocio donde su padre fue pionero en adquirir maquinaria. Ramón heredó el negocio hace 38 años y decidió instalarse en la calle Santander, donde también vende llaves.

«La profesión antes de la pandemia estaba regular», asegura el presidente de Arte-Recal, sobre todo por la expansión del mercado chino y el envejecimiento de los clientes más habituales, sumados al duro escenario pospandémico.

En el Coso se encuentra el taller Enrique José Romeo García. Su dueño, que pone nombre al negocio, lleva casi toda la vida dedicado al arreglo de zapatos. A sus 59 años, lleva 37 en el oficio. Desde hace un decenio, tras la jubilación de su antiguo jefe, Enrique es el dueño único del local.

Para Enrique, la pandemia ha sido devastadora. Este veterano zapatero asegura que antes de la crisis sanitaria el negocio iba «bien». Pero el cierre total de los comercios y las posteriores restricciones derivadas de la situación sanitaria le han lastrado económicamente. «Para ir bien, tengo que hacer unos 5.000 euros todos los meses. El año pasado dejé de ingresar 16.400 euros en relación a 2019», explica Enrique desde el mostrador de su taller. Unas grandes pérdidas que ha podido sostener con sus ahorros y solicitando créditos personales. «Es un oficio que no se puede perder».

En la misma línea crítica se encuentra Cristian Apatrasoaei, zapatero en el Arrabal. «Este es un oficio muy sacrificado que la gente no valora demasiado. Hoy en día está todo muy abaratado y la generación actual no sabe valorar lo que tiene. Cuanta menos constancia se tiene del proceso de elaboración de cualquier cosa, menos valor se le da», asegura Cristian.

La historia de este zapatero rumano gira en torno a la dedicación por los zapatos. Cristian, de 43 años, llegó a España hace más de 20 para dedicarse al sector de la construcción, pero su objetivo era otro. «Mi idea desde un principio fue dedicarme a ser zapatero en España», asegura Cristian. «Llevo toda la vida en este oficio, empecé con 15 años. Estuve tres años aprendiendo de un maestro en Rumanía», relata orgulloso. En el local de la calle de García Arista lleva siete años después de haberse mudado dos veces por falta de espacio. «De cara al año que viene tengo esperanzas puestas en nuevos proyectos. Siempre tendré el empeño de mantener este oficio y seguir adelante», concluye.