Las devastadoras riadas producidas en Alemania y Bélgica que dejaron a su paso centenares de muertos y desaparecidos han generado un clima de alerta en Europa. Los desbordamientos de los ríos provocados por lluvias torrenciales son un fenómeno que lleva produciéndose toda la vida; no obstante, la forma de actuar para paliar sus daños ha ido virando en el último siglo hacia lo que parece una lucha contra la naturaleza de la que casi nunca se sale bien parados.

En España, la lista de inundaciones con fatales resultados es amplia. Desde la tragedia de Biescas en 1996 hasta las producidas en el Levante español el año pasado. El cambio climático, acentuado en las últimas décadas, y el factor antrópico constituyen las principales razones por las que las inundaciones, en ocasiones, resultan tan catastróficas.

«Con el cambio climático las frecuencias de recurrencia de los ríos son mayores, y si estas inundaciones pasaban cada 100 o 500 años, ahora pasan cada 20 o incluso 10. Hablamos de cambio climático, pero realmente deberíamos decir caos climático», señala Antonio Aretxabala, geólogo e investigador en la Universidad de Zaragoza.

Ya no cabe duda de que la preocupante situación climática que vivimos extrema los fenómenos meteorológicos y al mismo tiempo cambia la manera de percibir el impacto de la naturaleza. Si nos fijamos en Aragón, los avisos en la comunidad por riesgo extremo de calor han aumentado en los últimos años, la espesura de la nieve en los Pirineos es cada vez menor sin disminuir las precipitaciones, y cada vez son más las noches tropicales con las que nos toca lidiar en verano. Según informa la Agencia Meteorológica de Aragón (Aemet), van 15 este año ya, siete veces más que a mitad de siglo pasado.

Sin embargo, no se puede culpar de todo lo que sucede al cambio climático. La ambición humana de ganarle terreno a la naturaleza ha provocado que esta se vuelva contra el humano. «En España se calcula que hay 50.000 viviendas en zonas con riesgo de inundación», asegura Aretxabala.

El camping Las Nieves de Biescas, tras la trágica inundación de 1996 JAVIER BELVER

En Aragón hay 210 municipios en la comunidad afectados por potencial riesgo de inundación, según datos ofrecidos por el Gobierno de Aragón. «Las autoridades creen que es mejor urbanizar en estas zonas porque sale más lucrativo a corto plazo, y lo que se hace es impermeabilizar a base de asfalto y hormigón, y por supuesto construir», señala el geólogo.

Francisco Pellicer, profesor de Geografía en la Universidad de Zaragoza, explica que la ordenación del territorio es «fundamental» para prevenir este tipo de situaciones, y que «fallan muchas medidas de ordenación porque los límites del río no se respetan». Además, asegura que en la llanura de inundación del Ebro hay actividades que habría que «quitarlas o reestructurarlas».

Casi siempre los intereses económicos se anteponen a la búsqueda de la máxima seguridad, a pesar de las millonarias ayudas que se necesitan después para reparar los daños causados tras las riadas. En esta línea, Antonio Aretxabala critica la acogida que tienen las políticas de prevención por parte de la administración: «Se ven como algo difuso que no está acorde con el crecimiento económico».

Al mismo tiempo, en Aragón el trabajo de estudio de sus ríos es de los más elaborados de España. Recientemente se puso en marcha el programa Ebro Resilience, una estrategia conjunta de La Rioja, Navarra y Aragón para promover actuaciones que reduzcan el impacto de las inundaciones en las zonas de mayor riesgo del tramo medio del río Ebro (desde Logroño a La Zaida, en Zaragoza). A su vez, el programa trata de implementar medidas que contribuyen a mejorar el estado de los hábitats fluviales, además de mejorar la capacidad de respuesta de la población ante las riadas. «El programa Ebro Resilience es ejemplar», afirma Paco Pellicer.

A lo largo del tiempo, se han puesto sobre la mesa soluciones para mitigar los daños de las inundaciones. Varios estudios señalan la retirada urbanística como una opción para devolver a los ríos su espacio natural. Sin embargo, esta alternativa parece no casar con los fuertes intereses económicos que existen actualmente. Si nada cambia, al combate entre los humanos y la naturaleza le quedan varios asaltos más.