Si aquella mañana de septiembre en la que el mundo vislumbró el terror Jaime Simón hubiese tenido un teléfono móvil para ver lo que sucedía a pocas manzanas de su residencia en Nueva York, su corazón se habría vuelto del revés. En 2001 no había 'smartphones', por lo que se despertó y se fue directo a sus clases en el Manhattan College. La gente comentaba por los pasillos que una avioneta de turistas se había estrellado contra las torres gemelas. Un rato después, sobre las diez de mañana, cancelaron la clase a la que asistía. Algo terrible había sucedido en la ciudad. «Me enteré de todo mucho más tarde que en España, cuando llegué a mi casa y puse la televisión», recuerda Simón. En aquel lapso de tiempo, sus padres llamaron desde Zaragoza infinidad de veces, todas ellas sin respuesta. Fueron ellos quienes al dar por fin con él, dos horas después del atentado, le contaron todo lo que había ocurrido aquel 11 de septiembre.

Por aquellos tiempos, Jaime Simón era un estudiante de 24 años que acababa de llegar a Estados Unidos para formarse en una escuela de negocios. Vivía junto a una estación de bomberos, una estación que nunca registró una actividad tan frenética. «Todo era caos y sirenas. Los bomberos descansaban exhaustos y tirados en las calles. Al día siguiente comenzaron a llegar efectivos de otras zonas como Boston o Nueva Jersey», asevera entre pausas el que ahora es director comercial de Cintasa.

El curso escolar acababa de comenzar y compartía clase con varios extranjeros. «Muchos decidieron volver a su país. Nadie sabía si las clases se reanudarían. Los vuelos estaban paralizados en todo el país». Todo pudo pasar el martes de finales de verano. Al echar la vista atrás, Simón siempre tuvo claro que aquellos días se estaba viviendo un acontecimiento: «Ver caer las torres, que eran un icono para la ciudad... En el norte de Manhattan, un barrio bastante alejado de la zona cero, el humo se vio durante dos meses».

Solidaridad nunca vista

Simón llevaba poco tiempo en Nueva York cuando Al-Qaeda atentó contra el World Trade Center. No le había dado tiempo a formarse una opinión sólida sobre la cultura cosmopolita de la ciudad, pero ahora, con perspectiva, sabe que todo cambió. «Si los estadounidenses ya eran patriotas, después del ataque lo fueron ocho veces más. Pero lo eran de otro modo», señala Simón. Cuenta que la urbe pasó a ser lo contrario de lo que era: «Había mucha solidaridad, los vecinos se animaban e incluso se saludaban por la calle, algo que no es habitual en una ciudad tan frenética».

"En el norte de Manhattan, un barrio bastante alejado de la zona cero, el humo se vio durante dos meses"

Los días posteriores fueron «impactantes». No solo se derrumbaron las dos torres, sino que también lo hicieron los edificios contiguos sobre el parque de al lado. «Nadie podía acercarse por allí», rememora veinte años después uno de tantos que vivieron de cerca el terror.

No obstante, Jaime Simón, que ha vuelto en repetidas ocasiones a Nueva York –allí le pidió matrimonio a su esposa–, se sorprende todavía de cómo la ciudad, que todavía sentía la tragedia, comenzó a recuperar el pulso de la vida cotidiana. «La gente tenía que seguir funcionando. La ciudad se adaptó». Todo era igual; nada volvería a ser lo mismo.

Los controles de acceso al país se incrementaron de forma exponencial. Los extranjeros comenzaron a generar incertidumbre en un país fundado por emigrantes. «La sociedad ha salido adelante, pero el recuerdo sigue siendo constante en el memorial y la iglesia que allí se sitúa», concluye, Jaime Simón. Veinte años después, la memoria aflora cuando se menciona el 11-S. Todos recuerdan qué hacían cuando se enteraron del atentado. Jaime Simón estaba allí. 

Paco Aventín, natural de Castellote, fue testigo del atentado el Pentágono EL PERIÓDICO

Paco Aventín: «20 años después, se acerca la fecha y aún se me pone la carne de gallina»

Silencio, eso es lo que recuerda Paco Aventin Buñuel, de 44 años, en el momento en el que vio en directo como un avión impactaba en la segunda de las Torres Gemelas. No se podía imaginar que luego el blanco de los terroristas era el Pentágono, situado en Washington, ciudad en la que trabajaba. Fue cuando iba de camino a casa. Sintió miedo.

Hijo de aragoneses, madre de Castellote y padre de Benavente de Aragón, Paco trabajaba en el metro en un taller de reparación de trenes del metro. Apenas llevaba un año en Estados Unidos cuando el atentado tuvo lugar. Su día comenzó como cualquier otro, "madrugando mucho".

El trayecto desde Baltimore, donde Paco vivía, hasta su puesto de trabajo en Washington, lo pasó escuchando música porque aquello era lo único que se oía por la radio. Sin embargo, cuando estaba llegando cortaron la música y empezaron a hablar de un accidente aéreo en Nueva York. "Al principio no se sabía que era un atentado", recuerda.

Cuando llegó a su puesto de trabajo los empleados de seguridad le pidieron el pasaporte porque "sabían que yo no era estadounidense", y se lo quedaron durante todo el día. La jornada laboral ni si quiera llegó a empezar. No estaban seguros de qué ocurría, pero los trabajadores sabían que algo estaba pasando.

Pocos minutos después de las 09.00 horas, Aventín vio como el segundo avión impactaba contra la otra torre. "En ese momento fue cuando todos nos sobrecogimos y supimos que algo gordo estaba pasando", cuenta por conversación telefónica. Cuando la torre se desplomó supieron que aquello era "una autentica masacre".

Muchos de los americanos que trabajaban en ese momento con el aragonés eran exmilitares de la guerra de Vietnam. "Cuando pudieron empezar a hablar lo único que repetían es que no había pasado nada tan grave desde Pearl Harbour", señala Aventín. Aquel día llegaban dos ingenieros españoles que debían trabajar en su mismo taller. "Cuando fui a salir al aeropuerto, mis compañeros me dijeron que no fuera, habían cerrado el tráfico aéreo". Su vuelo fue desviado a Canadá y pasaron once días en una base aérea militar. La única comunicación que Paco mantuvo con España fue una llamada telefónica con su hermana. Poco después la conexión se cortó y nadie en la zona pudo llamar hasta bien entrada la noche.

"La autopista estaba colapsada. El trayecto desde el trabajo a casa duraba una hora, pero aquel día me costó nueve horas llegar"

A medio día su taller fue evacuado, los trabajadores dejaron paso a perros de la Policía especializados en detectar pólvora, que durante toda la tarde y toda la noche buscaron paquetes bomba en los trenes del metro de Washington. La vuelta a casa no fue más tranquila: "En ese momento la autopista ya estaba completamente colapsada. El trayecto que me costaba normalmente una hora, pero aquel día duró nueve".

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Durante los tres días siguientes todo permaneció cerrado, nadie acudió a trabajar al taller porque los trenes continuaron parados. Dos semanas después comenzaron a reabrir los bares y las discotecas, "empezaron a verse muchas más banderas, se escuchaba mucho el himno, se levantaban y gritaban: 'Proud american'".

Paco Aventín afirma que 20 años después, cuando llega el final del verano y la fecha se acerca, "todavía se me pone la carne de gallina". Pocas semanas después, el aragonés viajo junto a algunos de sus compañeros a Nueva York y como ahora, donde debían haber estado las Torres Gemelas tan solo quedaba un enorme socavón.