Manuel tenía eso que da por hecho el mundo entero hasta que todo se cae por la borda: una vida normal. Con varios hijos a su cargo y 23 años de casado, cumplió los 40 como un deportista nato y sin haber coqueteado con más droga que el cannabis, aunque aquella relación era más bien esporádica. Se metió, sin embargo, en el trapicheo de hachís y acabó en la cárcel. Allí su matrimonio se quebró, su madre murió y terminó enganchado a la misma droga por la que había ingresado en prisión. Fue algo traumático para Manuel, que al obtener la libertad fue acogido por su padre, quien lo convenció para llegar a las puertas de Proyecto Hombre en Zaragoza para iniciar un proceso de rehabilitación.

El daño era ya casi irreversible, pues su nivel cognitivo estaba "muy deteriorado". "Es difícil porque no razona, tiene pérdidas de equilibrio y su cabeza se ha roto", cuenta Cristina, una de las trabajadoras de la entidad que ha llevado su caso. Es con este perfil con el que trabajan en el programa específico para adictos al cannabis de la Unidad de Atención y Seguimiento de Adicciones (UASA) con el que la entidad cuenta en la calle Manuela Sancho de Zaragoza. Dicho programa está destinado a personas mayores de 25 años adictas únicamente al cannabis, ya que los menores (que más que ser adictos consumen de forma abusiva) son derivados al centro Tarabidán, también de Proyecto Hombre, en Valdefierro. "En muchas ocasiones vienen por un condicionante familiar o judicial, otras porque sufren episodios de carácter psicótico y otras por propia voluntad", señala Jesús Sánchez, director gerente de la organización en Aragón.

De este modo comienza un análisis "biopsicosocial" que trata de vislumbrar las causas primigenias de la adicción. "Realizamos un trabajo profundo con los pacientes, con análisis biográficos y comparaciones con su entorno para determinar si existen traumas, trastornos en la infancia, hiperactividad o si se empezó a consumir como un método de integración", apunta Ana Layús, coordinadora de la UASA donde se desarrolla el programa.

Jesús Sánchez, director gerente de Proyecto Hombre en Aragón, en la sala de reuniones grupales de la unidad de la calle Manuela Sancho de Zaragoza. Andreea Vornicu

Y a partir de ahí, trabajo, trabajo y más trabajo. Semanal al principio, quincenal cuando se logran avances. Con reuniones individuales con el técnico o grupales si el adicto reúne las condiciones necesarias para que la desintoxicación sea efectiva. "Se empieza a trabajar con ellos por lo básico: fijar un horario para levantarse, instarles a salir a comer, recoger la habitación...", resume Cristina. 

Si hubiera que señalar un promedio de tiempo, la terapia para las adicciones al cannabis dura alrededor de un año. Y si tiene algo de característico la rehabilitación cannábica es que el paciente que pide ayuda quiere dejar de consumir por completo y no controlar la adicción, como sí ocurre con otras drogas como el alcohol. Además, Layús subraya que ya no tiene sentido distinguir entre drogas duras y drogas blandas. Según explica la profesional, en los últimos años se ha incrementado la presencia de THC en el cannabis (con efectos más negativos) en detrimento del CBD. "La balanza se ha desequilibrado y ahora se ha convertido en una droga muy peligrosa", destaca.

¿El éxito de la terapia?

Ahora mismo, en el programa trabajan con una decena de personas adictas solo al cannabis. A ellos se suman los que consumen esta droga de forma secundaria, como complemento a otras adicciones como pastillas o alcohol en lo que constituyen casos de politoxicomanía o trastorno dual. Pero, en general, el proceso es arduo y siempre cabe hablar de caídas y recaídas. "La recaída hay que vivirla como algo normal, no es un fracaso. Si ha metido la pata, ¿cómo va a sacarla si le juzgamos en vez de guiarle y ayudarle?", se interroga Layús, que conoce de sobra la respuesta.

Pero ni en Proyecto Hombre ni en cualquier otra asociación existe una fórmula mágica para el éxito. "¿Qué es el éxito", repregunta Ana Layús. "No se puede hablar de éxito. Es muy subjetivo: para uno será lograr fumarse solo un porro por la noche, para otro lo será sacarse una carrera. No podemos hablar de éxito porque eso significa que nos ponemos nosotros [los técnicos] por delante de los pacientes", sentencia la coordinadora para terminar incidiendo en cómo han cambiado las terapias de rehabilitación. Antes, señala Layús, las adicciones se trabajaban con una perspectiva experto-paciente. "Pero ahora somos guías, acompañantes: el objetivo y los logros son suyos", resalta.

Con todo ello, volvemos a Manuel, cuyo nombre es ficticio por el compromiso de esta asociación de preservar la discreción de sus pacientes. Lleva un año sin consumir cannabis y "dice que está contento", aseguran las trabajadoras que le han acompañado en la terapia. El objetivo principal con él fue desde un primer momento reducir el daño de la droga, que verbalizara su adicción y salir adelante. Si ese es su éxito, Manuel está venciendo.

NUEVE UNIDADES EN TODO ARAGÓN PARA EL SEGUIMIENTO DE ADICCIONES

En Aragón existen nueve Unidades de Atención y Seguimiento de Adicciones (UASA), una por cada sector sanitario. Todas ellas están financiadas mediante contrato público con la DGA. De ellas, dos unidades están gestionadas por Proyecto Hombre, una por Cruz Roja y el resto por el ente público, aunque todas están incorporadas al Salud.

En cuanto al cannabis, en Proyecto Hombre distinguen entre las adicciones de larga trayectoria, que se tratan en el programa citado en el texto, y el consumo abusivo entre jóvenes menores de 25 años, con los que trabajan en la UASA Tarabidán, en Valdefierro. "En ambos casos, el 80% de los usuarios son varones", asevera Jesús Sánchez, director gerente de la organización en Aragón.