Hace un año, un mes y un día que falleció Eva. Tenía un problema de salud mental pero se había recuperado y se estaba independizando. Hasta que llegó el confinamiento, cuenta Antonio Muñoz, su padre. Tuvo un brote, que coincidió con las restricciones y el tener que estar en casa. El trabajo que tenía era provisional porque era “una sustitución”. Lo pasó “fatal”, reconoce. Un día, “de los buenos”, puntualiza Antonio, después de comer, Eva se suicidó. Tras su muerte, “no sabes qué hacer, no reaccionas”, asegura. Como ellos, en 2019 en Aragón 120 familias perdieron a un ser querido; y en 2020, 102.

Antonio y su mujer son supervivientes, al igual que el resto de familiares, amigos y allegados de personas que han perdido la vida por suicidio. Cada tercer sábado de noviembre es su Día Internacional, que en Aragón se conmemora con la edición de un díptico titulado Tras la muerte por suicidio de un ser querido, un documento que ofrece una serie de herramientas para quienes han sufrido una pérdida por esta causa. El Colegio Profesional de Psicología de Aragón ha acogido esta mañana la presentación de este díptico, con la presencia de todos los implicados en su redacción, el Servicio Aragonés de Salud del Gobierno de Aragón, el propio colegio de psicólogos, las asociaciones Afda, Asapme, Paso a Paso, Liana y la red privada de consultas de psiquiatras y psicólogos. El Teléfono 112 Tes siempre la entrada de las urgencias ante una ideación de suicidio o de un familiar

“La sociedad tiene que tener unas pautas de comportamiento ante las familias que han pasado por este trance”, afirma Antonio. Él, asegura, no ha tenido sentimiento de culpa tras la muerte de su hija, “pero sí mi mujer; de hecho, ahora es cuando empieza a salir de casa y a tener algo de vida social”. Un año, un mes y un día después del suicidio de Eva.

Además del término supervivientes, se ha acuñado el de postvención como el conjunto de actuaciones profesionales o de ayuda mutua destinadas a las personas que mantenían vínculos significativos con el fallecido por suicidio, con el objeto de facilitar su recuperación y minimizar las secuelas psíquicas que pudieran darse.

En Aragón se produce una muerte por suicidio cada tres días y afecta a todas las franjas de edad. Por cada persona que se suicida hay al menos otras seis afectadas directamente, personas “que quedan, que tienen que ser atendidas en su dolor y en su pena”, ha asegurado Isabel Irigoyen, la coordinadora de la estrategia para la prevención del suicidio del Gobierno de Aragón; quien ha reconocido que “no hay que tener miedo de hablar del suicidio”. En ese díptico se cuenta que cada persona vive el dolor “a su manera”, que el duelo “puede prolongarse bastante tiempo”, que es normal que los familiares se hagan preguntas algunas “difíciles de contestar”, que haya sensación de culpa, de enfado o de rabia.

Se recomienda ante esta situación, “hablar con familiares y amigos”, cuidar la alimentación y el sueño, mantener rutinas, buscar apoyo en personas que hayan pasado por lo mismo o si es necesario “en profesionales”. También se apuesta por “estar pendientes de los más vulnerables”, como pueden ser ancianos o niños, a los que no hay que ocultar la situación; y sobre todo, para el resto de la sociedad, mostrar su afecto y cariño.