La violencia de género se ha convertido en una lacra social, con cientos de mujeres víctimas de sus parejas y exparejas. Coincidiendo con el 25N (Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer), dos mujeres maltratadas cuentan el calvario que pasaron durante años y una psicóloga analiza el comportamiento del agresor. 

«Me daba vergüenza y miedo decir lo que pasaba y seguía con él»

Carolina tiene 37 años y dos hijos. Estuvo 13 años con su maltratador. Jamás pudo haber imaginado, echando la vista atrás, que iba a contar su historia dando la cara. Lo hace, tal y como reitera, para ayudar a otras mujeres víctimas de la violencia machista que, como le ocurrió a ella, sienten vergüenza y miedo de decir que están siendo maltratadas y siguen conviviendo con sus parejas sentimentales. «Veía como un error personal que el hombre que elegí para formar una familia era así y por eso no decía nada», lamenta esta mujer, quien anima a cortar todos los lazos con los agresores porque «nunca se está sola». «El trato que he recibido de José Manuel -el policía de la Unidad de Familia y Mujer (UFAM) de la Jefatura Superior de Policía de Aragón que tiene asignado como protección- y de la magistrada de Violencia sobre la Mujer número 2 de Zaragoza es indescriptible. Saben escuchar y transmitir seguridad».

Tenía 18 años cuando comenzó una relación sentimental con su maltratador. Él tenía 17. Todo iba bien hasta que comenzaron a convivir. «No me daba cuenta, pero en aquel momento comenzó a controlarme, a sacarme de mi entorno de amigos, pero no me agredía. Es verdad que no me daba cuenta en ese momento», recuerda.

Su actitud empeoró con la llegada del primer hijo. Comenzaron, según señala Carolina, «los celos». Ya en el embarazo los sufrió hasta el punto que le llegó a lanzar sillas y platos. Nació y él se desatendió del cuidado del menor, pero a la vez le reprochaba que siempre estaba con él. «Ahí empezó a agredirme», señala, mientras destaca que «una vez estaba dándole el pecho y le lanzó la cuna y que otra vez le echó un cubo de agua, teniendo que dormir en el suelo».

Ella le plantó cara y comenzaron las amenazas. «Me decía que me iba a quitar al niño y yo tenía miedo de que fuera verdad», destaca. Pese a ello volvió a tener otro hijo. «La gente se preguntará el por qué y es muy fácil, quería darle un hermano a mi hijo mayor. Son lo que más quiero y gracias a ellos salí de ese infierno», apunta.

Dijo basta el día que este hombre le dio una bofetada al hijo marcó en la que le marcó los dedos. «No iba a consentir eso, él me dijo que le sacara de allí entre lágrimas». «Él me pidió perdón muchas veces, que volviera, pero fui fuerte», señala Carolina. 

Campaña contra la violencia machista. EL PERIÓDICO

«Cuando le rechazaba me daba una paliza y después me violaba»

  • Berta, mujer maltratada durante 7 años:

Llamémosle Berta, de 38 años y vecina de Zaragoza. Tiene tres hijos. Uno de ellos producto de una de las tantas violaciones de la que fue su pareja durante años. Siete, prácticamente todos sufriendo malos tratos. «Lo hago porque te quiero, me decía». Una frase que recuerda con rabia.

Berta, que ha conseguido rehacer su vida, trata de mostrarse fuerte y valiente cuando recuerda el calvario que le hizo pasar su ex. «Se puede salir de esto, eso que quede claro. Podemos hacerlo», se dice a sí misma en varias ocasiones mientras cuenta su historia. La de tantas.

La primera vez que se dio cuenta de que algo no iba bien fue durante una mudanza. «Su hermano se cambiaba de piso y fuimos a ayudarle. Cogí una caja y él me dio una patada. Luego me dijo que lo había hecho por mí y la bebé, porque se preocupaba. Le creí», explica.

La segunda vez fue cuando le lanzó un plato de comida. Ese día llamó a la Policía. «Él estaba cenando y discutimos por un tema de nuestra hija. No lo detuvieron, lo echaron de casa y al rato me llamó diciéndome que dónde iba a dormir, que me quería, que le había puesto nervioso y le había obligado a hacerlo», relata al otro lado del teléfono. Quiere mantener su anonimato porque a día de hoy sigue bajo las amenazas de muerte de su expareja. Lleva un dispositivo de alerta, por lo que pueda pasar. "Le doy a un botón y acude directamente la Policía".

En otra discusión «me pegó en la cara y fue cuando me atreví a contárselo mi hermana, pero no me creyó», dice con dolor. Se le escapan las lágrimas. Admite que fue un punto de inflexión. «Me sentí sola, incomprendida y me alejé de mi familia. Él se dio cuenta de que tenía todo el poder sobre mí. Adquirió un rol de impunidad y empezó lo peor». «Le tenía asco y miedo» recuerda con esa misma sensación, pero, dice, no podía huir con su hija, con una discapacidad, porque no tenía a dónde ir.

No sabe la de veces que fue violada. «Yo no quería tener nada con él. Al principio, cuando le rechazaba me daba una paliza y después me violaba. Luego accedía a la primera porque por lo menos me evitaba la paliza», recuerda con mucho dolor.

No es fácil contar esta experiencia pero dice que «si sirve para ayudar a otra mujer, merece la pena». «Cuando volví a quedarme embarazada --prosigue-- me deprimí mucho porque me sentí más atada a él. La relación no mejoró y mi hijo nació antes de tiempo, tras un susto se me adelantó el parto».

A los pocos días de dar a luz tuvieron que mudarse de piso. Su expareja se gastaba el dinero en el juego y no llegaban a final de mes para pagar el alquiler. «Nos trasladamos a un cuarto piso sin ascensor y recién parida tuve que subir y bajar las escaleras varias veces».

«A las pocas semanas, durante una discusión le hice el gesto de silencio con la mano porque el niño estaba dormido y se volvió loco. Empezó a darme puñetazos en la cabeza e intentó tirarme por la ventana de la cocina. No sé cómo lo conseguí pero logré salir corriendo de casa. Él me gritaba desde la ventana y me decía que iba a matarme, que no iba a salir con vida y entonces llamé a la Policía y se lo llevaron detenido». Sigue amenaza por él. 

Zaragoza contra la violencia de género

«El agresor busca el aislamiento para tener a su pareja sometida»

  • Cristina Juste , psicóloga de la Casa de la Mujer del Ayuntamiento de Zaragoza

Una víctima de la violencia de género se plantea dejar su pareja en muchos momentos pero que, en la mayoría de los casos, no lo hace hasta que el miedo se impone. «Es una emoción que impulsa a tomar la decisión de protegerse», explica Cristina Juste, psicóloga en la Casa de la Mujer del Ayuntamiento de Zaragoza.

El miedo a perder la vida, a que les pase algo a sus hijos, ... Es el momento en el que suelen plantearse dejar la relación, algo que no es sencillo porque los maltratadores tratan de convencerlas de que no volverá a suceder, de que las quieren, de ellas son las culpables de su actitud. «Cuando te anulan, lo hacen por completo», asegura. «Les repiten constantemente que no valen para nada, ni para mantener la casa, ni para cuidar a sus hijos. Para nada, y las anulan», asegura. A eso hay que añadir que acaban aisladas ya que el agresor las aleja de su red familiar y social, de manera que dependen al 100% de él. También económicamente porque con la excusa de que deben hacerse cargo de sus hijos, también abandonan el mercado laboral.

«El agresor busca el aislamiento total para tener a su pareja sometida», añade la psicóloga de la Casa de la Mujer, que este año ya ha atendido a un millar de mujeres maltratadas que han acudido en busca de ayuda.

Juste explica que el momento en el que deciden dar el paso de pedir ayuda y dejar a su pareja es «vital». «Tenemos que trabajar con ellas para que no vuelva a exponerse y no vuelvan con él», algo que, lamenta, sucede con más frecuencia de la deseada. Una vez que han dado el paso de dejar a un lado su vida de maltratos «cuesta que empiecen a tomar decisiones por sí mismas, sobre sus hijos o sobre cualquier otro asunto porque pierden la capacidad de decidir y esto dificulta que confíen en sí mismas», explica Juste.

Según la psicóloga, cuando hay niños en la casa todo se complica por esa idea que se tiene de que la familia tiene que ser lo más importante, «y es verdad, pero la seguridad todavía es más importante», precisa.

Admite que se ha producido un cambio generacional, que el acoso ha cambiado y la forma de controlar ahora se hace a través de las redes y el móvil. «No tiene nada que ver cómo pensaban nuestras abuelas a cómo lo hacemos ahora. O cómo se controlan los jóvenes. Pero el proceso psicológico de la víctima es el mismo porque todas piensan en lo que él quiere, en mantener la situación calmada. La anulación viene por ahí, en pensar en lo que le parece bien a él y no a ti», señala.

Según esta psicóloga, «al principio, en las relaciones con maltrato no hay violencia, que siempre va precedida por la psicológica, pero sí que hay indicadores. En esto es en lo que trabajamos con las mujeres que acuden a la Casa de la Mujer, para que sepan reconocerlo en un futuro. Porque no te das cuenta, no ves la gravedad que puede tener un simple gesto que un día te llama la atención pero ya es tarde porque el vínculo afectivo es muy profundo y entonces ya es muy difícil de romper la relación», avisa.