Un busto en el edificio histórico del Senado atestigua que Santiago Ramón y Cajal, el investigador más destacado que ha dado la ciencia española, fue miembro de esa Cámara de 1908 a 1923. Este dato suele pasar desapercibido en la apasionante biografía del científico aragonés, uno de los pocos personajes históricos que tiene una calle o plaza en todas las capitales de provincia de España. 

Con ese busto se topó José María Mur cuando, en 2003, tomó posesión como senador autonómico. Ahí surgió el interés por profundizar más en esa etapa de la vida del premio Nobel y el resultado es la publicación del libro Santiago Ramón y Cajal. Senador del Reino de España (Ed. Doce Robles). Se ha presentado ya en Huesca y Zaragoza y próximamente se hará en Jaca y en el Senado. 

«Mi vinculación con Cajal empieza pronto, cuando a los diez años voy a estudiar al Ramón y Cajal de Huesca. Poco después descubro con agrado algunos libros suyos publicados en la colección Austral, como su delicioso El mundo visto a los 80 años». Ahí descubro que además de ser un científico de primer orden mundial, nos encontramos sobre todo ante un ciudadano, según el concepto clásico de la polis griega, una faceta ensombrecida por su impresionante dimensión como científico», indica Mur. 

El veterano político, fundador del PAR, presidente de las Cortes de 1999 a 2003, diputado en el Congreso de 1989 a 1996 y senador de 2003 a 2011 quería escribir «un libro que se leyera con agrado con diferentes capítulos, que aportara cosas nuevas y que profundizara sobre todo en esa faceta humanística de una figura imprescindible en la ciencia y en la vida intelectual española». Y, en efecto, el libro aporta cuantiosa documentación y una destacada reseña bibliográfica, con una redacción didáctica y aporta datos relevantes, como las tres comisiones en las que participó Cajal como senador para avanzar en las obras de las carreteras de Lagunarrota hacia el Alcanadre, la carretera de Boltaña a Nocito o la de Blesa a Daroca. 

«Ramón y Cajal intervino poco en aquel Senado que estaba tan desprestigiado como el de ahora. De hecho, entonces se era senador por designación y solo aceptó con la condición de que no fuera remunerado. Tampoco quiso entrar nunca en ningún Gobierno, aunque estuviera cercano a los liberales». Entonces, ser senador suponía un desembolso en depósito de 7.000 pesetas, el equivalente al sueldo anual de un catedrático de universidad. En realidad, Ramón y Cajal aceptó ser senador, primero designado por la Facultad de Medicina de Madrid y luego de forma vitalicia hasta que en 1923 Primo de Rivera suspendió el Senado con un único objetivo: «Quería captar fondos para la universidad y la investigación, porque su papel en la Junta de Ampliación de Estudios y su vocación por la difusión del conocimiento fueron extraordinarios», recuerda Mur, quien indica además que Cajal fue «el antecedente del Erasmus», ya que «ahora parece normal ese intercambio de estudiantes, pero a principios de siglo XX no lo era, y Ramón y Cajal no solo viajó mucho, sino que invitó a España a muchos investigadores y estudiantes, principalmente de la escuela alemana». Aun así, su carrera estuvo llena de obstáculos. Incluso, como aparece en el libro, tuvo que malvender un valioso manual para autofinanciarse (ante la negativa de pagarlo la Universidad de Barcelona) un viaje de formación a Berlín que fue trascendental para sus conocimientos en neurología que le valdrían en 1906 el Premio Nobel junto a Camillo Golgi por descubrir las neuronas y la estructura del sistema nervioso.

La figura de Ramón y Cajal es de una dimensión incalculable, pero no siempre ha sido bien divulgada. Mientras todavía permanecen en almacenes su despacho legado al patrimonio público, falta un mayor reconocimiento, aunque Mur es optimista. «Percibo cierta cajalmanía que espero que el año que viene, que ha sido declarado el Año de la Ciencia, fructifique en cosas interesantes». Se muestra convencido de que así será, y cita dos aragoneses que encabezan esa cajalmanía: Fernando Solsona y Alberto Jiménez Schuhmacher.

Mur recuerda que en 2006 se celebró en Madrid el primer gran acto de homenaje, con el CSIC y la familia dispuesta, tras unos años de altibajos, a dignificar su figura. El veterano político aragonés también destaca que es optimista y piensa que Aragón también honrará la memoria del científico. «Y eso que esta tierra siempre ha sido complicada. Basta recordar que a Ramón y Cajal se lo rifaban en las universidades mientras que los recelos de tres profesores de la Universidad de Zaragoza de los que hoy nadie se acuerda impidieron que fuera profesor aquí». 

«Me he dado cuenta de lo complejo que es escribir un libro, y me ha llevado tiempo, pero espero que pueda servir para acercar más un personaje fundamental de nuestra historia», indica el político ya retirado, aunque sigue de cerca «y con mucha preocupación», la actualidad política y también la de su partido, el PAR. Quien ha sido político bregado nunca se aleja del todo.