Un trabajo para vivir o una vida para trabajar. La gran depresión de 2008 fue el germen de un debate que se ha ido extendiendo como una mancha de aceite por Europa y que la pandemia ha acelerado en los últimos años. La precariedad, la inestabilidad laboral, los bajos salarios y la dificultad para mantener una vida equilibrada están detrás de un fenómeno que comienza a llegar a España, pero que tiene en Estados Unidos su máximo exponente. Allí millones de trabajadores están abandonando sus puestos de trabajo, en lo que ya se denomina The Great Resignation (La Gran Renuncia).

American Beauty ya avanzaba hace más de dos décadas lo que estaba por llegar. La oscarizada película que dirigió magistralmente Sam Mendes en 1999 tenía como protagonista a Lester Burham, un padre de familia estadounidense que cada mañana se anudaba su corbata para ir a un trabajo que odiaba profundamente. Hasta que dijo basta, harto de la rutina, de hacer horas extra y de dejarse la piel en tareas que le resultaban intrascendentes. Y Burham, personaje interpretado por Kevin Spacey, optó por dar un cambio radical a su vida.

Han pasado más de dos décadas desde el estreno de American Beauty y aunque esta realidad se reproduce cotidianamente en España, dejar un empleo es como dar un salto al vacío sin red. La situación en Aragón en el conjunto del país es bien distinta a la que se vive en Estados Unidos, aunque la precariedad acecha y la temporalidad comienzan a hacer mella en los trabajadores.

El debate, no obstante, gana adeptos en un momento en el que, además, la pérdida de poder adquisitivo es una realidad y los ahorros de las familias menguan en la misma proporción que se disparan los precios y el coste de la vida. En el caso de Aragón, el IPC ya supera el 6% interanual.

Sin alternativa

No obstante, aunque la pobreza laboral es un hecho en muchos hogares, tener un trabajo hoy es mucha mejor alternativa que no tenerlo. Porque los años de crisis han dejado muchas familias con escasos recursos y con un elevado riesgo de caer en el desempleo estructural, es decir, en caso de perder el trabajo, las opciones de reengancharse al mercado laboral son más bien escasas. De hecho, de los 62.558 aragoneses sin empleo, alrededor de 24.000 llevan más de un año sin trabajo. Otro factor que frena las renuncias al puesto es que dejar el empleo no da derecho a una prestación.

Los datos resumen lo arriesgado de la decisión: el riesgo de caer en la pobreza en una persona ocupada es del 15% frente al 54,7% de un desempleado, según la Encuesta de Condiciones de Vida del Instituto Nacional de Estadística (INE). Además, el 44% de los hogares no podría mantener el mismo nivel de vida más de tres meses con los ahorros de los que dispone. En Aragón, por ejemplo, mas de 21.000 parados no cobra la prestación por desempleo.

La Gran Renuncia, por tanto, no se percibe en el mercado laboral aragonés, aunque el debate existe y ya hay algunos síntomas de cambio. «No vemos que se esté produciendo este fenómeno, pero sí es posible que la pandemia y sus consecuencias hayan provocado un cambio de mentalidad y prioridades en los trabajadores.

Falta de profesionales

Sí asistimos a cierto desencuentro entre oferta y demanda en el mercado laboral español, ya sea porque las empresas de determinados sectores no encuentran profesionales con la experiencia y competencias que demandan o porque hay profesiones que han dejado de ser atractivas para los candidatos por sus condiciones laborales», comenta la directora de comunicación y estudios de InfoJobs, Mónica Pérez.

Los datos en Aragón sobre un posible cambio de tendencia son todavía inciertos. El número de inactivos ha caído en casi 23.000 personas durante la pandemia, pasando de los 473.500 en el segundo trimestre del 2020 a los 450.000 en el tercer trimestre de este año, lo que abunda en la idea de que el fenómeno todavía no ha llegado a la comunidad.

Pese a ello, comienza a haber empleados que, como Burham, dicen basta. Por lo general, en este perfil suelen encontrarse los trabajadores con más inestabilidad laboral, aunque no siempre es así. En Aragón hay 123.400 trabajadores temporales, sobre todo mujeres (71.300) frente a 366.600 indefinidos. Además, el trabajo a tiempo parcial afecta a 82.100 aragoneses, el 13,9% del total de los ocupados, según los datos del último trimestre de la Encuesta de Población Activa (EPA) publicada por el INE. Dentro de este colectivo, la parcialidad voluntaria –no haber podido encontrar empleo a jornada completa— afecta al 44% del total, según el último informe publicado por el Consejo Económico y Social de Aragón (CESA) del 2020.

Las estabilidad es un factor relevante para rechazar o dejar un empleo, pero también lo son los sueldos. En el caso de Aragón, el 35% de los asalariados no alcanzaba los ingresos equivalentes al salario mínimo interprofesional, establecido en 965 euros al mes, bien por tener jornadas parciales o por trabajar sin continuidad, según la últimas estadísticas de la Agencia Tributaria correspondientes al 2020.

El profesor del departamento de Psicología y Sociología de la Universidad de Zaragoza, Santiago Gascón, subraya que existen muchas causas por las que uno puede dejar su empleo, pero sostiene que la situación que se vive en Estados Unidos no es extrapolable a España. Eso sí, Gascón, que es especialista en abordar la situación de los trabajadores quemados, sostiene que «el auténtico quemado no vuelve a su puesto de trabajo, aunque no tenga nada».

Aunque este cambio de tendencia no se ha producido como sí ha ocurrido en Estados Unidos, existen algunas señales que indican cambios en el mercado laboral aragonés. Por ejemplo, la comunidad muestra una mayor proporción en la reducción de la jornada de trabajo por razones de conciliación, laboral, personal o familiar (20,2% frente al 15,8% del conjunto de España, según el informe del CESA.

Señales de cambio

Otra de las diferencias que presenta Aragón respecto al resto del país es que el número de empleos indefinidos ha ido a la baja en los últimos dos años, lo que podría indicar que un porcentaje de esas personas podrían haber dejado sus empleos, aunque es complicado precisar cuántas. En este sentido, mientras en el primer trimestre del 2020 (antes de la pandemia) había 385.000 aragoneses con contrato fijo, en el tercer trimestre hay 366.600, casi 20.000 menos, según el INE. En España, en cambio, el número de personas que empiezan y acaban el trimestre con un contrato indefinido lleva cinco trimestres consecutivos al alza, concretamente desde que empezó la pandemia. Es decir, los trabajadores fijos en España no solo no están abandonando sus puestos, sino que se aferran a ellos.

Quemados por el covid

Caso distinto es el de EEUU. «En Estados Unidos las tasas de paro son de entorno al 4,6%. La demanda de trabajadores está mucho más tensionada y para los trabajadores es más sencillo entrar y salir del mercado. Aquí (con una tasa del 14,5%), ese fenómeno de la Gran Renuncia no está sucediendo. Podría ocurrir en algunas profesiones TIC, donde ya antes del covid faltaban trabajadores. Pero no como fenómeno generalizado», explica el director del Adecco Group Institute, Javier Blasco.

Con todo, la escasez de profesionales también existe en la construcción, el transporte y en la hostelería, sectores muy vinculados con unas condiciones laborales más precarias.

Sin que estadísticamente sirva para trazar una tendencia, en los últimos meses sí ha habido episodios en España en la que la quemazón de algunos trabajadores ha aflorado con el covid. Es el caso de grandes expedientes de regulación de empleo (ERE) cerrados en los últimos meses. Donde, ante un elemento aparentemente traumático como un despido, firmas como CaixaBank o El Corte Inglés consiguieron más voluntarios para salir en sus eres que ceses pretendían. Salidas con paro e indemnizaciones, no al vacío si hubieran dimitido como Lester Burham.

La pandemia ha agudizado la presión y la tensión entre muchos profesionales, algunos ya al límite de sus posibilidades. Según un estudio de este año de la UAB y CCOO, el coronavirus ha disparado el estrés laboral y el 24% de los trabajadores consume habitualmente sedantes. Pero, según corroboran las estadísticas de ocupación, la mayoría de esos vasos todavía no rebosan. Y cuando existe la necesidad de parar, pero no la posibilidad, la consecuencia es el fenómeno del trabajador quemado. «Tenemos muy enraizada esta idea de al menos tienes trabajo. Pero a veces no es solo tener trabajo, sino calidad de vida en ese trabajo», apunta Baena.