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El Periódico de Aragón

DÍA DEL TRABAJADOR

Sindicalismo del bueno: seis afiliados de edades diferentes narran su experiencia

Aragón cuenta con 10.009 delegados sindicales que son claves en el día a día de las empresas y tratan de empujar unas organizaciones en declive por la desafección social

Seis sindicalistas de edades diferentes ofrecen sus posturas sobre sus organizaciones. ANDREEA VORNICU

En Aragón hay actualmente 10.009 delegados sindicales distribuidos por miles de empresas y centros de trabajo que representan a más 200.000 asalariados. Son una pieza fundamental en el día a día de estos entornos, las personas encargadas de velar por el cumplimiento de las normas laborales y de la prevención de riesgos. También representan el contrapeso para que exista un equilibrio real en las relaciones con la empresa y el muro de contención para frenar abusos o discriminaciones. Una labor nada fácil que, en la mayoría de los casos, tratan de cumplir de forma honesta y por el interés común. Así lo defienden los seis sindicalistas de a pie con los que ha hablado EL PERIÓDICO con motivo del Primero de Mayo, Dia Internacional del Trabajo, una jornada de reivindicación que hoy volverá a sacar a la calle a miles de personas en las manifestaciones convocadas en toda la comunidad.

Los testimonios recabados ofrecen una visión pragmática del movimiento sindical, abordando sus fortalezas, debilidades y retos. Las vivencias en este ámbito de tres mujeres y tres hombres con una mirada intergeneracional. Desde las viejas batallas vividas en los albores de la democracia o finales del siglo pasado por tres veteranos de la lucha obrera, a los retos de un futuro incierto que narran tres veinteañeros. Unos rememoran con orgullo los avances sociales ya logrados y las pequeñas y grandes conquistas que ganaron en sus empresas a base de protestar y negociar. Otros rompen con el estereotipo del pasotismo juvenil hacia unos sindicatos que, aunque no pasan por su mejor momento, siguen siendo la puerta más buscada por el común de los trabajadores cuando las cosas vienen mal dadas.

Todas ellas cuentan experiencias que ponen de relieve un sindicalismo de a pie y de corazón que suele pasar más desapercibido ante una opinión pública a veces confundidas con mensajes que distorsionan injustamente la imagen de los sindicatos y desacreditan su labor por las malas praxis o los escándalos que han protagonizado algunos garbanzos negros.

Estas organizaciones acaban de cumplir 45 años de la recuperación de la legalidad al registrar sus estatutos, unos interlocutores sociales con un relevante papel constitucional sobre los que sobrevuela la crisis de representación que también afecta a los partidos políticos o las patronales.

Los sindicatos ha perdido fuelle tanto en afiliación como en influencia. En España alrededor del 16% de la población está afiliada a un sindicato, según la Comisión Europea. En Europa la media está en el 27%, 23% tras el Brexit. Sobresalen los países escandinavos, con el 70% de su población afiliada, o Bélgica, con el 55%. Este declive que obedece a múltiples causas. Algunas son motivadas por errores propios y otras con la evolución de los tiempos. La atomización del trabajo y la nueva economía, cada vez más digital y globalizada, ha dificultado su adaptación. En este sentido, la gran recesión de 2008 supuso todo un torbellino del que las grandes centrales sindicales solo se han recuperado en parte. A pesar de todos los males, los acuerdos alcanzados en los últimos dos años con el Gobierno de España y las organizaciones sociales en asuntos como los ertes del coronavirus, la ley rider, el teletrabajo y, sobre todo, la reciente reforma laboral les han devuelto el protagonismo y la influencia perdida.

UGT y CCOO, el 70%

En los últimos años también han recuperado parte del terreno perdido en la representatividad de los trabajadores, al menos en Aragón, a pesar de la crisis provocada por la pandemia. Entre el 2007 y el 2015 se evaporaron 2.000 delegados en la comunidad como consecuencia de los innumerables cierres y recortes de plantilla que hubo. Sin embargo, los últimos siete años, sobre todo al calor de la mejora de la economía en el periodo previo al covid-19, se han recuperado casi la mitad de esos efectivos, con 851 representantes más.

Las cifras de delegados sindicales varían mes a mes, ya que el goteo de este tipo de comicios es constante al margen del periodo concentrado. En 2022, al cierre de pasado mes de marzo, Aragón contaba con 10.009, un 3% más que los contabilizados al final del último ciclo electoral, en 2019, cuando había 9.723, según los datos facilitados por el Ejecutivo autonómico.

De esta manera, el músculo de las organizaciones sindicales aragonesas ha recobrado algo de fuerza tras el bajón sufrido en los años más duros de la crisis económica surgida tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, pero la situación dista mucho todavía en relación al 2007. En el año previo al estallido de la gran recesión, había un millar delegados más en las empresas y el sector público.

UGT y CCOO conservan contra viento y marea su hegemonía en la comunidad, donde acaparan 70% de la representación, con 7.093 delegados. No obstante, la primacía de estas dos centrales ha perdido algo de fuerza en los últimos ciclos electorales. Hace 15 años sumaban 9.274 delegados, el 82% del total, más de diez puntos porcentuales más que ahora. El aguante de los grandes sindicatos a nivel representativo convive además con unas tasas de afiliación que aún no han recuperado de los estragos de la crisis.

La principal fuerza sindical de la comunidad la ostenta UGT, con 3.665 delegados, seguido de cerca de CCOO, con 3.428. En el tercer lugar se sitúa OSTA, con 670 representantes, seguido de CSIF (458), CGT (241) y USO (149).

El año 2023 será un año plagado de jornadas electorales y no solo políticamente hablando. Las citas con las urnas también serán una constante en los centros de trabajo, al registrarse un ciclo concentrado de comicios sindicales en el que se renovará en torno al 60% de la representación colectiva de los trabajadores aragoneses, tanto del sector público como privado. 

Juan Rodríguez, de 29 años. ANDREEA VORNICU

Juan Rodríguez. 29 años. "Hay desapego por desconocimiento"

Juan Rodríguez reconoce ser un rara avis en su entorno de amigos y en el sector laboral donde se mueve por ser sindicalista. Tiene 29 años y es delegado y afiliado de CCOO en un establecimiento de ocio infantil ubicado en el centro comercial Puerto Venecia de Zaragoza, donde empezó a trabajar hace ya cuatro primaveras al no encontrar un empleo «de lo suyo» tras finalizar la carrera de Trabajo Social. «Hace dos años, a raíz de unos problemas con la empresa, fuimos al sindicato para que no asesoran y entre en el mundillo», explica.

Su caso, dice, es un ejemplo de la utilidad de los sindicatos. «Nos ha servido para plantarnos en situaciones que lo merecían y cobrar complementos que no se nos abonaban correctamente», explica. Cree que el «desapego» de los jóvenes hacia estas organizaciones se debe «en parte al desconocimiento». «Como la gente suele tener contratos temporales, asume que hay que tragar con todo y agachar cabeza. Que si empiezas a pedir lo que te corresponde, te complicas la vida», apunta. Rodríguez cree que es un «error» pensar así y defiende la necesidad de que los trabajadores tomen más conciencia de sus derechos en el sector comercial, donde «hacen lo que quieren con nosotros». 

Felisa Ortiz, 56 años. ANDREEA VORNICU

Felisa Ortiz. 56 años. «Antes íbamos todos a una, ahora cuesta más»

«Siempre me ha gustado cumplir con mis obligaciones pero también que respeten mis derechos», asegura Felisa Ortiz, de 56 años. Es la presidenta del comité de empresa de Sphere, que emplea a más de 200 trabajadores en su fábrica de Utebo. Ella lleva 32 años en la compañía con contrato fijo pero su vida sindical activa empezó en 2008, cuando empezó a disponer de más tiempo al hacerse mayores sus hijos.

Recuerda con cierta añoranza las luchas obreras de décadas pasadas. «Antes íbamos todo a una, ahora cuesta más», asegura, al tiempo que lamenta la «desmotivación» que aprecia en los jóvenes a la hora de reclamar lo que les corresponde legalmente. «Hay excepciones, pero viven muy al día y pasan de todo. Cuando les comentas un problema a todo te dicen es lo que hay’. Es la respuesta más recurrente», explica. Pero cuando hay «problemas serios», todos recurren a los sindicatos, recuerda. Ortiz reivindica el papel de estas organizaciones, sin las cuales «no hubiera sido posible tener mejores convenios y salarios, estaríamos de sol a sol, como antiguamente». «Se han perdido muchos derechos, pero si no se sigue con la lucha diaria, se perderán más», advierte.

Ginés Díaz, 68 años. ANDREEA VORNICU

Ginés Díaz. 68 años. «Es una labor ingrata, pero al final da frutos»

«Llevo toda la vida en el sindicalismo. Nunca he sido liberado y he dedicado horas de mi familia y de mis hijos en defender a mis compañeros y representar al sindicato UGT». Así resume Ginés Díaz, de 68 años, la dedicación que ha desempeñado en el pasado «al servicio de mis compañeros». Lo hizo fundamentalmente en la empresa Tudor (ahora Exide), donde empezó a trabajar en 1977 y fue delegado sindical durante una larga etapa hasta que se jubiló en 2015. «Es una labor ingrata que requiere dedicación y cariño, pero al final, con el transcurso de los años, acaba dando sus frutos», apunta.

Recuerda con cierta añoranza la «lucha callejera» de los años 80 y 90, una época de huelgas generales. «Había que estar en los polígonos, recorriendo las empresas, mirando cara a cara al trabajador y ayudando a quienes estaban más desamparados en las más pequeñas», señala. En este sentido, cree que es de justicia reconocer el trabajo que realizan los sindicatos, a los que «siempre se ha querido desprestigiar para tener a los trabajadores maniatados». Por todo ello, anima a los jóvenes a «tener una mentalidad abierta y defender sus derechos lógicos y justos». «La vida de un trabajador es una lucha constante», concluye.

Maribel Leal, 26 años. ANDREEA VORNICU

Maribel Leal. 26 años. «Es necesario un relevo generacional»

Maribel Leal representa la savia nueva, aunque escasa, de los sindicatos. En su caso de UGT, un mundo al que llegó casi por casualidad pero al que ahora ha cogido el gusanillo y se siente útil. Tiene 26 años y desde hace dos es delegada en el comité de El Corte Inglés en Zaragoza, una empresa que hasta hace poco era un «coto cerrado» para los sindicatos de clase.

Empezó a trabajar en estos grandes almacenes en 2016, un empleo que veía de transición mientras estudiaba la carrera de magisterio de Educación Primaria. «Necesitaban a gente para hacer una lista de UGT porque había miedo y reticencias para presentarse. A mi no me importaba salir porque lo veía como un trabajo temporal», explica. Con el tiempo fue viendo que la laboral sindical «me gustaba» y se formó para ello. Ahora es integrante de la ejecutiva de federación de comercio de dicho sindicato y de su asociación juvenil Ruge, además a ayudar a negociar planes de igualdad y seguir con el trabajo de vendedora. «La mala propaganda de los sindicatos es injusta y no muestra la realidad. Hay mucho bulo y no se valora lo suficiente todo lo que se hace por recuperar derechos perdidos y dignificar las empresas. Los jóvenes debemos implicarnos porque es necesario un relevo generacional», sostiene.

Javier Jiménez, 67 años. ANDREEA VORNICU

Javier Jiménez. 67 años. «Si no te unes, es imposible lograr nada»

Javier Jiménez está ya jubilado, pero sabe bien lo que es dar la batalla por las mejoras laborales. «Mi padre había sido sindicalista de toda la vida, lo mamé en casa». Lleva más de 40 años en CCOO y desde bien joven se implicó en la materia. Primero, en una pequeña empresa donde «tuvimos problemas y mis compañeros me nombraron enlace sindical». «Aún estaba el sindicato vertical y no había ningún tipo de regulación», rememora.

Ya en 1982, entró en la Opel, cuando todavía no se producían coches. «Fueron tiempos muy duros sindical y laboralmente. Los salarios y condiciones no eran buenas y hubo que luchar», señala. Al externalizarse su departamento, en 1996 pasó a la empresa informática EDS, un grupo estadounidense al que define como «antisindical». «Al principio los contratos eran anticonstitucionales, obligaban a las mujeres a ir con falda y nos prohibían tener comité», asegura. Con el tiempo, la plantilla se fue organizando, se formó un comité y se acabó pactando un convenio con sustanciales mejoras. «La lucha tiene recompensa, pero si no te unes, individualmente es imposible conseguir nada», sostiene. «Antes se peleaba más, ahora hay que cambiar las fórmulas, pero los sindicatos siguen siendo necesarios».

Laura Pérez, 25 años. ANDREEA VORNICU

Laura Pérez. 25 años. «Hay que demostrar que somos útiles»

Laura Pérez, de tan solo 25 años, es el asidero al que recurren los delegados sindicales, los comités de empresa o los trabajadores cuando tienen un duda o problema. Desde hace dos años, trabaja como asesora laboral en la Federación de Industria de OSTA, una labor que le permitido conocer de primera mano la realidad de un sindicato y de sus representantes, que dice «no se corresponde en absoluto como la mala imagen» que a veces se tienen desde fuera de este tipo de organizaciones.

Estudió el grado de Relaciones Laborales y Recursos Humanos, unos estudios que compaginó con el trabajo en un supermercado o en una tienda de frutos secos. «Lo que estudiaba por la tarde veía al día siguiente como se incumplía en la empresa», explica. Ahora trata de arrojar luz y soluciones frente a los abusos que le llegan. «Muchas veces nos damos contra un muro, pero lo intentamos», subraya, al tiempo que reivindica a OSTA como «alternativa sindical»: «somos independientes, transparente y no nos debemos a nadie». Lamenta el distanciamiento de los jóvenes hacia el sindicalismo, algo que cree deberse a que asumen que «la precariedad laboral forma parte de la vida y no debería ser así». Frente a esto, aboga por «demostrar que somos útiles». 

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