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LAS CONSECUENCIAS DEL FUEGO FORESTAL

Hecatombe en Alcalá: 400 ovejas mueren sofocadas por el incendio del Moncayo

El ganado de los Melero Melero, aterrorizado por el humo en los primeros compases del fuego, se arrinconó en la pared de la nave y pereció al completo | "Las intentamos sacar, les dijimos que corrieran, pero fue imposible", relata Pascual, uno de los hermanos ganaderos

El fuego se cobra la vida de 400 ovejas en Alcalá de Moncayo

El fuego se cobra la vida de 400 ovejas en Alcalá de Moncayo Jaime Galindo

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El fuego se cobra la vida de 400 ovejas en Alcalá de Moncayo M. Calvo Lamana

El olor a carne putrefacta recorre el camino de la acequia junto al río en Alcalá de Moncayo. Una tormenta de moscas acude a la descomposición de la carne animal. Y en una nave de tejado rojo, el horror: un ganado de 400 ovejas y corderos calcinado, con las lanas de sus cadáveres ya negras, los cuerpos hinchados, destripados, y el terror en la mirada. El escenario dantesco durará poco; los familiares y amigos de los Melero Melero acuden con tractores y camiones para retirar los carbonizados cadáveres apenas media hora después de que el pueblo haya sido realojado.

"¿Y qué haremos ahora? Yo tengo 58 años y mi hermano 54. No sé si merece la pena volver a empezar, reconstruir todo esto..."

Pascual Melero - Ganadero de Melero Melero, junto a su hermano Benjamín

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"Vinimos a por ellas. Les abrimos las puertas. Les gritamos que corrieran, pero nada. Había mucho humo y se arrinconaron contra la pared. Fue imposible sacarlas. Y casi que mejor. Teníamos el fuego detrás y hubieran ardido todas. No había sitio por el que escapar. No tenían por donde correr". Pascual Melero, que regenta el rebaño junto a su hermano Benjamín, se lleva la mano a la frente y se quita el sudor y la terrible imagen que tiene delante por un segundo.

Todo el ganado ovino que pastorea con su hermano ha muerto. No pudieron salvarlo mientras el huracanado viento hacía que las llamas les rodeasen cuando apenas había pasado una hora desde el inicio del incendio. Pascual creen que perecieron asfixiadas, antes de que el fuego se colara por la nave anexa, semiabierta por un lateral. La lana ejerció de combustible natural; un verdadero desastre.

Pascual Melero, uno de los hermanos ganaderos, junto a la nave donde reposaban los 400 cadáveres de ganado ovino. Jaime Galindo

El seguro se lo cubrirá todo a los hermanos Melero. A 75 euros las adultas y a 45 los corderos. "No las tenía tasadas por mucho, la verdad. Nunca te esperas que te arrase algo así", lamenta Pascual, mientras espera a ponerse manos a la obra. "¿Y qué haremos ahora? Yo tengo 58 años y mi hermano 54. No sé si merece la pena volver a empezar, reconstruir todo esto...", cuenta Pascual, bastante entero para la hecatombre acontecida en su explotación.

Junto a los amigos y familiares, una cuadrilla de bomberos refresca la zona para apagar el cereal acumulado en la nave, que todavía humea, dos días después del incendio. "Había peligro de que se hubieran llegado a prender, creando un nuevo foco con todo este grano seco", explicaba uno de los efectivos. Echaban agua también sobre las pacas de paja, apiladas una sobre otra junto a la puerta de la nave. "Este año lo llenaba cada poco, y fíjate qué chandrío", decía Pascual Melero, de cuya desgracia se compadecen todos los ganaderos del Moncayo.

La dantesca imagen que quedó en la nave de los Melero Melero, en Alcalá. Jaime Galindo

La noticia corrió como la pólvora entre todos aquellos que conocían a los hermanos. La noche del sábado, el día en que comenzó el virulento incendio, avisaron a los pastores de la zona de lo acontecido en Alcalá. Todos se pusieron en alerta por la incierta evolución del fuego. En Litago, cuyos montes lindan con Vera y Añón, las ovejas surcaban los caminos al anochecer con una enorme humareda a su espalda. Poco se durmió en la zona aquella noche y menos durante el día posterior.

Los ganaderos de la comarca, una vez salvaron sus animales, se pusieron a otras tareas. En las puertas de los pueblos que no habían sido desalojados observaban las tareas de extinción. Y cuando veían que un camión se metía por donde no debía, emprendían con sus todoterrenos una frenética carrera monte a través para reconducirles. Fueron verdaderos guías, con sus propios vehículos y 'quads', para los equipos de extinción de incendios que debían introducirse por los caprichosos caminos del Moncayo, donde es fácil perderse y aparecer estos días en mitad de un círculo de llamas.

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