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Aniversario del atentado en Cambrils: Cinco años y los recuerdos permanecen intactos

Numerosos aragoneses, como Silvia, frecuentaban la playa de Cambrils durante esos días: "Estás escuchando disparos y no sabes si van hacia ti, si te van a llegar o si van en otro sentido"

Desde entonces, cada 18 de agosto se homenajea a las víctimas del atentado en Cambrils. EL PERIÓDICO

"Es un momento de nervios mortal, de ver cómo volaba el coche, de correr por la playa, de no saber ni dónde estás, de ver al terrorista insinuando que se iba a explotar el chaleco, de llegar al apartamento sin saber qué había pasado». Silvia Vergara, vecina de la localidad zaragozana de Illueca, relata con todo tipo de detalles el atentado yihadista perpetrado en Cambrils el 18 de agosto de 2017, del que este jueves se cumplen cinco años.

Durante este tiempo, los testigos de la tragedia no han olvidado ni el más mínimo detalle. Algunos lo vivieron en sus propias carnes, a otros les salvaron imprevistos rocambolescos. Incluso alguno arrastra miedos derivados de la tensión que se vivió.

Numerosos aragoneses frecuentaban durante esos días el lugar del ataque. Una de ellas era Silvia, quien disfrutaba de sus vacaciones en Cambrils junto a su familia. Ya por la tarde, recuerda escuchar por la radio el atentado de Barcelona: «La verdad es que estabas asustado porque lo ves muy cerca, pero nunca piensas que vas a vivir algo como lo que vivimos nosotros». Y así comienza un relato estremecedor de cómo ella y sus familiares vivieron en primera persona el atentado de Cambrils.

Una película de terror

Esta illuecana señala que, a última hora de la tarde, estuvo tomando un helado con sus familiares de Reus justo en la valla donde luego fue el accidente. Silvia no escatima en contarlo todo minuciosamente, pues lo tiene muy presente: «Por la noche, mis padres se fueron al apartamento con mi hija Natalia. Yo me quedé con mi hermana Ester y mi cuñado Kike. Nos fuimos a la terraza del Denver, uno de los garitos que había en la playa. Nos pedimos una copa y recuerdo perfectamente que subí una foto a Instagram que ponía vacaciones. Yo creo que ni lo probé».

Silvia subió esta foto a Instagram el día del atentado.

Silvia subió esta foto a Instagram el día del atentado. SERVICIO ESPECIAL

De camino al apartamento, sus padres ya se habían cruzado con un coche «un poco raro». Javier, el padre, se quedó con la matrícula del coche porque el conductor les había mirado con cara de pocos amigos. Al día siguiente, madrugó, se acercó al puerto y comprobó que la matrícula del vehículo estrellado por los yihadistas coincidía con la que él recordaba.

«De repente, vimos a un coche saltar la valla del puerto. Mi cuñado dijo ahí va qué accidente, pero en seguida empezamos a oír disparos. Se preparó una psicosis impresionante. Nos fuimos corriendo, cogí el móvil de mi cuñado y las llaves del apartamento que se quedaban en la mesa. Corrimos por la playa y veías cómo la gente se metía debajo de las camas elásticas, otros se metían hacia el mar y otros tiraban hacia el paseo», relata Silvia.

Llegando a su apartamento, se toparon con un protagonista inesperado: «Estábamos a la altura de uno de los chalets cercanos a casa cuando nos salió uno de los terroristas al que luego mataron en el paseo de Cambrils. Nos hizo un gesto con los tirantes como que iba a explotar su chaleco».

Cuando por fin se pusieron a salvo en el interior de su apartamento, siguieron las instrucciones de un familiar que ejerce de agente de la Policía Nacional: «Nos dijo que bajáramos las persianas, cerráramos la puerta con llave y miráramos por las rendijas de las persianas a ver si había movimiento. En esos momentos, veías a la gente correr por la calle y alguno se metía hasta en los contenedores. Al terrorista lo mataron en la calle de al lado. Parecía que estábamos en la guerra, iban cargados con metralletas y lo buscaban como locos», cuenta mientras rememora lo larga que se hizo la noche: «Era imposible dormir, estaba pensando el volver a Illueca el día siguiente. Al final, bajé con mi hija a la playa y nos quedamos. Pero mi hermana Ester se volvió a Illueca, no aguantaba de los nervios, cogió el coche y se fue».

Un gintonic salvador

La familia Capapé - Embid, también de Illueca, se salvó por los pelos. Ellos estaban de vacaciones en Salou, pero justo esa noche se acercaron a cenar a Cambrils. Así lo cuenta Miguel, el pequeño de la familia, que tenía 15 años cuando sucedió: «Estuvimos cenando en el paseo. Acabamos de cenar y nos volvimos a Salou porque, como habíamos ido en coche, mi padre no quiso echarse un gintonic por si acaso había control. A la media hora o así, nos llamó mi tía Valle preocupada. Nos libramos por eso, por el gintonic que no se pudo echar mi padre».

Tomás recuerda que, a la mañana siguiente, las mesas de los bares estaban llenas de carteras y juegos de llaves

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Al igual que los Capapé-Embid, otra familia de Illueca, los Gracia - Gómez también se libraron de pura casualidad. Tomás, el padre, lo cuenta con total naturalidad: «Después de cenar, dimos un paseo hacia Salou en vez de hacia el puerto. De vuelta al apartamento, le dije a mi mujer de bajar hacia donde luego pasó todo, pero se sintió indispuesta y nos subimos a casa. De milagro que no nos encontramos con toda la movida». Curioso fue lo que se encontró al día siguiente: «Bajamos a desayunar a la zona del puerto, algo más tarde de lo que solíamos bajar, sobre las nueve. Y las mesas de los bares estaban llenas de carteras y juegos de llaves que la gente se había dejado cuando salieron corriendo».

Juan Carlos Urcola, de Zaragoza, también estaba veraneando en Cambrils tal día como hoy hace cinco años: «Salimos a cenar con unos amigos. Sí que es cierto que después del atentado de Barcelona, vimos bastantes efectivos de Mossos d´Esquadra equipados con armas largas, pero tampoco le dimos mucha importancia. Nos fuimos a casa una hora antes de que pasara todo», asevera Urcola, quien, en ningún momento, se planteó regresar a Zaragoza: «Esto te puede pasar en cualquier sitio, ya se ha visto en París o en Londres. Además, Cambrils es muy tranquilo, allí la convivencia es absolutamente normal».

Lo cierto es que no todo el mundo afronta con la misma compostura un atentado de estas dimensiones. Por ejemplo, Silvia cuenta lo que le pasó a su hija Natalia, que tenía doce años por entonces: «Yo no me consideraba una víctima del terrorismo en ese momento. Pero, cuando llegué a Illueca, vi que Natalia no salía sola por la calle con sus amigas, tenía que estar conmigo y, si pasaba cualquier cosa, se alarmaba y se iba a casa. Yo no he sido capaz de volver a Cambrils hasta este año y lo hice porque tenía una boda. Mi hija no quiso venir». 

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