LOS INCENDIOS FORESTALES EN ARAGÓN
El incendio del Moncayo: a pocos metros de la catástrofe
El fuego recorrió las faldas del Moncayo y se quedó demasiado cerca del parque natural, lo que reaviva un viejo debate en la zona: ¿debe "limpiarse el monte"?

Lucha contra el incendio del Moncayo, el pasado fin de semana. / Jaime Galindo.
El virulento incendio que azotó el pasado puente de agosto las faldas del Moncayo se quedó a pocos metros de hacer arder el parque natural, la joya medioambiental de la provincia de Zaragoza. A solo tres, decían algunos en corrillos, a 100 o 200... A 2.100, dicen las cifras oficiales que se manejan en la DGA.
Pero la amenaza caló tan hondo en las gentes de las faldas moncaínas que no tardó en reabrirse un viejo debate sobre la conveniencia de "limpiar el monte". Sin embargo, no son pocos quienes se preguntan si en realidad el monte está sucio o si esto es biodiversidad, mientras achacan estas catástrofes a la acción humana que, mayormente de forma indirecta, prende la mecha de estos fuegos sin control.
En los pueblos afectados no se habló de otra cosa en los peores momentos del fuego, con una defensa acérrima del modelo agroganadero del pasado que, en efecto, dejaba el terreno libre de matojos, maleza y arbustos al utilizarse para combustible en las casas o fabricar pan en los hornos. Y de hecho, la superficie forestal en España (pinares, robledales, encinares, coscojares, monte bajo mediterráneo, etc.) ha aumentado en los últimos 25 años un 33% debido al abandono de terrenos.
Los agricultores y ganaderos recelan del modelo prohibitivo que, en su opinión, pone demasiadas trabas a la poda de fincas abandonadas y quemas controladas. De hecho, el periodo de quemas en Aragón se prolonga desde la segunda quincena de octubre hasta el mes de febrero para los rastrojos y otros matorrales, aunque la burocracia es el mayor impedimento para proceder con estas labores.
Además, coinciden en señalar que los agentes forestales son "demasiado duros" aplicando la ley y sancionando acciones como la labranza de matojos en fincas colindantes que ahora están abandonadas. "Hay agricultores de Alcalá a los que han denunciado por labrar parcelas que en su día eran fincas explotables y son de su propiedad", denuncia Ricardo Tejero, agricultor de Alcalá de Moncayo.
Sin embargo, cabe preguntarse, en la línea de los naturalistas y los agentes forestales, si en realidad el monte está sucio porque crezca el matorral y el monte bajo. La cosa está, dicen, en que de ningún modo el bosque o el monte pueden convertirse en un jardín.
Nadie niega que no haya una mayor masa forestal que años atrás, pero para esta visión la clave está en que debe estar bien gestionado, creando unos cortafuegos efectivos y habilitando una mayor capacidad contra los incendios. "No es cierto que no se deje limpiar. Los agricultores no tienen tiempo y no tenemos capacidad pública ni privada", explica Ismael González, agente forestal de Tarazona.
Razona el naturalista Eduardo Viñuales que "no podemos tener los bosques labrados", porque en tal caso «no serían un bosque y porque "lo que muchas gente llama maleza en realidad se llama biodiversidad". Se agrega a eso el evidente sobrecoste económico y humano, además de que se dejaría de emitir oxígeno y se evitaría menos la erosión.
Por otro lado, la cada vez mayor preponderancia del arbolado de repoblación, como en el caso de los pinares del Moncayo, rompe el equilibrio del medio natural que, en palabras del divulgador ambientalista Félix Rodríguez de la Fuente, está "desordenadamente ordenado" y crece de forma sabia para evitar las catástrofes.

Imagen antigua de la repoblación del Moncayo en la década de 1940.
En cualquier caso, parecen coincidir los expertos en que deberemos acostumbrarnos a lidiar con estos incendios de nueva generación.

Estado actual forestal en el entorno del Moncayo.
Las sequías extremas, la baja humedad y las características propias del bosque mediterráneo como el Moncayo son un cóctel perfecto para que la catástrofe explote. Y una cosa está clara: hubiera sido muy complicado frenar este incendio que arrasó las tierras de Bécquer, pues las rachas de viento que presumiblemente sirvieron de combustible para un chispazo eléctrico en Añón de Moncayo fueron una maldición.
Y en medio de todas estas causas se sitúa el abandono rural, lo que no hace sino ahondar en un problema que atraviesa el país por completo. Si no hay propietarios que quieran labrar la tierra, si se deja crecer la vegetación en fincas donde siempre se cultivó o si la capacidad de la ganadería extensiva para limpiar cortafuegos y los surcos juntos a los postes de luz es nula, la solución se avista todavía lejana y compleja.
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