En el muelle de Arguineguín se rueda estos días una película sobre el narcotráfico. No es lo más habitual rescatar fardos de las aguas de Mogán, un pueblo costero ubicado al sur de Gran Canaria: lo normal es sacar personas del mar. Apenas a 50 metros del 'set', dos cayucos bailan en el agua desde la semana pasada. Lo habitual es desmontar los motores y quemarlas cuando se amontonan. Pero estas flotan por el momento, con su interior plagado de modernas zapatillas, latas de conservas, bidones de gasoil, restos de ropajes mojados y una historia de una travesía desde África. «Podría llegar una patera ahora y nadie se inmutaría. Se ha convertido en algo tan normal que en el pueblo todo sigue igual cuando se rescata una, lo que ocurre casi una vez por semana». 

Miguel Vela es un zaragozano de 33 años que se encarga de coordinar el Servicio de Urgencias Canario en el área de los rescates de inmigración. Dice que esas pateras están limpias, que por lo menos «no tienen pañales». Desprenden un hedor que se agarra a la garganta, como una mezcla de salitre, conservas pasadas y tierra mojada. Ahora ha profesionalizado de algún modo su vocación abnegada: hasta que accedió al puesto en el 112 canario era uno de los enfermeros voluntarios de Cruz Roja que llevan a cabo los triajes básicos cuando desembarca una patera. El muelle de Arguineguín es el lugar al que las patrullas navieras de Salvamento Marítimo llevan las pateras que detectan, el sitio «más preparado» para actuar. Los cayucos que no se identifican tocan tierra en cualquier playa, sin recibir ningún tipo de ayuda. 

El interior de una de las dos pateras que reposaban junto al muelle de Arguineguín. EL PERIÓDICO

En más de 150 ocasiones le ha tocado a Vela recorrer los 13 kilómetros que separan Arguineguín de Maspalomas, donde se ubica el centro base de la Cruz Roja, tras avistarse una embarcación. «En el trayecto no te da tiempo a pensar mucho. Vas corriendo al centro base y coges una de las ambulancias o un vehículo de emergencia. No sabes lo que te vas a encontrar ni en qué condiciones llegan. Pueden llevar uno o diez días en el mar, ir 20 o 50 personas en una patera», explica el joven aragonés. 

Esos casos, cuando la embarcación se pierde en aguas oceánicas y tarda días en llegar, son los más duros. «La mayoría de los que sobreviven al viaje sufren hipoglucemia, hipotermia, deshidratación y un mal llamado 'pie de patera', ocasionado por la corrosión de la piel al reaccionar el vapor de la gasolina en combustión con el agua del mar. Quema los muslos, las piernas y los testículos y suele ser necesario amputar para que no se extienda», explica Vela.

"Después del primer confinamiento, cuando llegaron tantas y tantas pateras, fui a Zaragoza y vi a mis sobrinos. Era raro cogerlos en brazos y que no estuvieran llenos de arena, mojados"

Para los integrantes de las patrullas de Salvamento Marítimo también son las situaciones más complejas. Lo cuenta con toda la normalidad del mundo una pareja de marineros que aduja los cabos de su navío naranja: «Todos tienen ansias por salir. Se tiran al mar o se ponen todos junto al barco de rescate, por lo que la patera pierde estabilidad y vuelca. Imagínate eso de noche, con todos gritando, sin saber nadar. Nos pasó el otro día, cuando hicimos un rescate en alta mar porque nos dieron el aviso muy pronto. No podíamos remolcar la patera e intentamos subir a las personas al barco», explican los marineros.

La oleada de los tiempos del confinamiento

Tanto ellos como Miguel Vela conocen bien de lo que hablan. Han mirado a los ojos a los africanos que desembarcan en las playas canarias, sobre todo con el gran éxodo de migrantes que arribaron a las costas en situación irregular durante los primeros meses de la pandemia, cuando se sacaba «a 900 personas» del mar en una noche. «Después del primer confinamiento, fui a Zaragoza y vi a mis sobrinos. Era raro cogerlos en brazos y que no estuvieran llenos de arena, mojados», recuerda Vela.

Es el día a día de la Ruta Canaria de la inmigración. Insiste Vela en que los que llegan desde el mar son los «supervivientes», los afortunados que primero han atravesado medio continente africano, sometidos a violaciones y torturas, para perecer en una orilla europea. Menos son todavía los que ven aceptadas sus solicitudes de asilo.

La mayoría de los migrantes que sobreviven al viajen sufren hipoglucemia, hipotermia, deshidratación y un mal llamado 'pie de patera'

La situación en el muelle de Arguineguín es ahora «tranquila», cuenta Vela, porque «solo» llega una patera a la semana. En los últimos meses se han disparado las embarcaciones que tocan tierra en Lanzarote y Fuerteventura, donde el volumen de recursos y voluntarios es menor que en las islas capitalinas. Echa el zaragozano la vista atrás mientras señala el estrecho pasillo que se abre entre el muro del muelle y el mar. «Aquí hubo mil personas atendidas a la vez», recuerda. Se refiere a aquellas imágenes que abrían los telediarios, cuando se ponía el grito en el cielo por un drama que todavía no halla resolución. 

Una de las fotografías estuvo tristemente protagonizada por Vela. Era de noche, en el mismo muelle sobre el que ahora camina el joven aragonés. Un bebé maliense al que erróneamente se llamó Nabodi entró en parada cardiorespiratoria nada más sacarla del mar. Murió a los cinco días en el hospital Materno Infantil de Las Palmas de Gran Canaria. 

El sol se pone en el muelle de Arguineguín. El rodaje de la película continúa junto a un conocido restaurante muy frecuentado por los vecinos de Mogán, a orillas del mar. Los vehículos de la Cruz Roja o del Servicio de Urgencias Canario pasarán por delante esta semana para atender el próximo cayuco que llegue a Arguineguín. Otra patera. Otro sinvivir.