PRIMER ANIVERSARIO DE LA TRAGEDIA

Un año del incendio de Ateca: "Ahora estoy volviendo a soñar y a masticar humo"

Los vecinos de los pueblos afectados por el incendio de Ateca viven el primer aniversario de la «tragedia» con impotencia y pocas ganas de recordar cómo han cambiado sus vidas

Ateca, un año después del incendio forestal que afectó a 14.000 hectáres

Jaime Galindo

La bienvenida a Moros por la A-1502 ya no la da la cooperativa frutícola. Ahora es un descampado en el que un montón de cajas apiladas deja entrever que allí, hasta hace no mucho, era constante el trasiego de agricultores locales para pesar manzanas, peras, cerezas o almendras. Unos pocos kilómetros antes de llegar a este cruce, el pinar de La Ascensión de Ateca, «todo negro», pone el primer recuerdo al virulento incendio forestal que el año pasado arrasó 14.000 hectáreas en el valle del Manubles. Hoy se cumple un año del inicio del fuego y los vecinos de estos pueblos zaragozanos quieren pasar casi de puntillas el aniversario de esta «tragedia». «Tenemos una presión psicológica brutal. Es inevitable recordarlo, pero la gente no quiere hacerlo. Yo me pegué semanas soñando y masticando humo y ahora estoy volviendo a soñar y masticar humo» dice José Manuel, vecino y ganadero de Moros. «Me han quitado mi vida. Allí (señala la entrada del pueblo) tenía mi sombra, mi agua para beber... Tenía un patrimonio que empecé con perales... ¡Me cago en la leche!», contesta Ricardo, otro vecino de Moros, este ya jubilado.

La escena en las piscinas municipales con una caña y un botellín de cerveza de por medio es muy diferente a la del año pasado por estas fechas. No hay cenizas que vuelen por el pueblo ni tampoco humo que levante tos y carraspeo. Ahora los jóvenes juegan a pin-pong, otros tantos se remojan en el agua y algunos mayores echan una rápida antes de subir a comer. Sin prisa, sin hora, sin estar pendientes de que las llamas estén a punto de tocar el timbre de casa como a José Manuel. Él tuvo el fuego «a 15 metros de casa y cinco de la nave» donde encierra su rebaño de ovejas. «Estaba la nave llena de humo y, las ovejas, histéricas. Saltaban chispas dentro. Cuando abrí la puerta, casi se me llevan de golpe, no tuve ni que espantarlas y me las llevé a una parte sin agua del vaso del pantano del Horcajo. Me fui convencido de que no iba a volver más», recuerda este ganadero.

Su voz se hizo viral con un vídeo –«¡el famoso vídeo!»– que se grabó a la desesperada en el campo y con las llamas de fondo tras poner a salvo su ganado. «Ahora las he sacado. Virgen Santísima, lo que hay aquí. Lo que hay aquí...», suspiraba entonces. Hoy ya no se desvive por la amenaza del fuego, pero sí por la pérdida de infraestructuras, la «erosión de las laderas» y, sobre todo, la depuración de responsabilidades.

«Resulta chocante que las empresas que se visten de traje verde y de ecologistas se pasaran por el arco de triunfo las previsiones del Gobierno de Aragón, poniendo en peligro a los 300 vecinos de Moros y jugando con la vida de nuestros hijos. Si hay que taladrar piedra en una canícula...», señala José Manuel. «No hay un responsable, hay dos: el que está haciendo agujeros cuando el tiempo no está para echar chispas y la administración por dejarle», le interrumpe Ricardo, visiblemente afectado al perder una segunda residencia que había levantado a las afueras del pueblo. «Hasta las vigas del tejado se me quemaron. Tejas han quedado cuatro. A ver cómo ahora me hago yo eso si no tengo ni ese dinero ni ese tiempo», lamenta.

Mira que tenemos terreno para hacer un cortafuegos de 200 metros a lo ancho y 1.000 metros de largo. No se puede esperar a hacerlo cuando ya nos estábamos yendo a Ateca

«Tenemos que confiar en la Justicia, Ricardo (aludiendo a la investigación contra la empresa Landlife por los trabajos de reforestación que desembocaron en el incendio). Lo que necesitamos es que se depuren responsabilidades, aunque va a tardar mucho. Y pasará lo que tenga que pasar en el juicio, pero esto no lo quita nadie. No somos expertos judiciales, pero en la condición humana es difícil de entender», continúa José Manuel, si bien Ricardo lo tiene muy claro: «Mira que tenemos terreno para hacer un cortafuegos de 200 metros a lo ancho y 1.000 metros de largo. No se puede esperar a hacerlo cuando ya nos estábamos yendo a Ateca».

El pesar de ambos es el reflejo de la mayor parte de los vecinos de Moros. «Ha pasado ya el año. En fin... Y estamos igual», dice Marisol desde el otro lado del mostrador de su tienda de alimentación donde custodia un selecto catálogo de embutidos, laterío y productos de primera necesidad. «¿Cómo lo recordamos? Lloramos y seguimos llorando mucho. Fueron días de terror... daba miedo porque, cuando salimos de aquí, casi no se podía ni respirar del humo que había. Ahora no te terminas de acostumbrar. Yo que soy de monte y me gusta salir a andar, ves todo negro... ¡es ceniza!», exclama Mari Carmen al tiempo que recoge su barra de pan.

Ricardo y José Manuel conversan en las piscinas de Moros. | JAIME GALINDO

Ricardo y José Manuel conversan en las piscinas de Moros. | JAIME GALINDO / alfonso tremul

Tras ella entra Fina, una agricultora local que vio cómo 15 de las hectáreas de sus terrenos se convirtieron en pasto de las llamas. «Teníamos claro que íbamos a seguir en el campo, pero lo hemos hecho con trabajo, trabajo y trabajo y dinero, dinero y dinero», cuenta esta vecina. «A las ocho de la mañana el incendio era un mito, nadie lo pensó. Ya sabían que en el momento que saltara el Monte Nuevo sería incontrolable y no nos dejaron ayudar, por ejemplo, remojando y labrando al lado de la cooperativa. Mal gestionado y mal de todo», denuncia Fina que, ahora, se ha quedado sin ese «frío» de la cooperativa y tiene que llevar la fruta a las cabinas de unos amigos de Munébrega.

A los agricultores y ganaderos no nos han pagado más que dos céntimos y, después de un año, así está todo: no han empezado ni a cortar y podían haber hecho bastante más

Ya de camino a Ateca por la A-1502, el monte de La Ascensión yace ennegrecido y algo reverdecido con maleza y matorral bajo por las últimas tormentas que en Moros, por ejemplo, dejaron 240 litros entre el 20 de mayo y el 20 de junio. En lo alto se levanta la ermita que da nombre al paraje y, desde allí, Federico recuerda cómo todo este pinar ardió «de lado a lado en 40 minutos». «Yo esto lo he conocido con todos pinos verdes y ahora, mires donde mires, todo negro», relata este joven agricultor de Ateca mientras señala la inmensidad de pinos calcinados de este bosque. Pocos han sido ya talados y, con ellos, «los forestales están haciendo especies de colmaredas» para evitar que «cada vez que llueva un poco fuerte, barranque». «A los agricultores y ganaderos no nos han pagado más que dos céntimos y, después de un año, así está todo: no han empezado ni a cortar y podían haber hecho bastante más. Y a ver quién es el culpable y responde ahora por estos daños. Hay que limpiar y hacer más cortafuegos, no esperar a que se quemen los bosques», zanja Federico.

Al padre de Chema solo se le quemaron las orillas de sus campos de cebada, olivos y cepas porque estaba «labrado», si bien la familia temió por su casa esa noche del 19 al 20. «Estuvimos con mangueras regando y abrimos las acequias para inundar todo. Se oían hasta los crujidos de los pinos», describe Chema a las puertas del bar Las Torres de Ateca. «Ya no hacemos chuletas ni en la romería. La sensación es de impotencia al ver que hasta te da igual dejar tu casa para salvar a tu familia», replica José Ángel al salir a fumar un cigarro.

Fina, en la tienda de Marisol tras recoger un par de barras de pan. | JAIME GALINDO

Fina, en la tienda de Marisol tras recoger un par de barras de pan. | JAIME GALINDO / alfonso tremul

Ya dentro del bar, Eduardo es mucho más tajante. «El monte está apagado y, cuando subes, se te cae el alma a los pies. Tengo 70 años y a mí no me va a dar tiempo a volver a verlo como estaba... ya no voy a coger rebollones. Eso sí, la naturaleza siempre se recupera aunque nosotros seamos imbéciles. No aprendemos nada: hay que limpiar los montes. Y, sobre todo, sacar los responsables. Hacía 20 días, hubo un incendio en ese mismo sitio». Estos lamentos también llegan para Luis, un vecino de Moros que apura los últimos sorbos de su café. «Aquello se dejó. Hubo mala coordinación o lo que quieran decir, pero se hubiera apagado con dos tractores. En Villalengua se pusieron cabezones y lo consiguieron», finaliza».