Agricultura

Cruzar Europa para nutrir el campo de Aragón

Buena parte de los trabajadores temporales del campo son inmigrantes y muchos de ellos no tienen experiencia previa en el sector

Milud y Mahdi, dos temporeros del puerro en la comarca de Cinco Villas

Milud y Mahdi, dos temporeros del puerro en la comarca de Cinco Villas / Servicio especial

Alberto Arilla

Alberto Arilla

Mahdi salió de su Marruecos natal hace unos años para trabajar en Turquía. Tras varios meses en el país otomano, comenzó su andadura a pie hasta España, pasando por hasta ocho países, donde encontró trabajo como temporero. En este caso, en una pequeña parcela agrícola en las Cinco Villas, donde es uno de los encargados de la recolección y la plantación del puerro, una hortaliza cuya temporada acaba de finalizar recientemente. Tras su llegada a Aragón, vive en un piso de alquiler con otros tres compañeros de origen marroquí. A sus 22 años, Mahdi explica a este diario que su contacto con el trabajo agrícola se produjo precisamente a su llegada aquí, ya que antes había trabajado en labores relacionadas con el alumino. «La verdad es que me gusta lo que hago», define escuetamente, en un castellano no demasiado fluido.

Y es que, como el de Mahdi, hay miles de inmigrantes que durante todo el año se desplazan para poder trabajar como temporeros, con contratos que no llegan a ser anuales por las características de sus desempeños. Asi, y pese a que la amplificación de la figura del fijo discontinuo ha permitido avanzar en esta materia, también es cierto que, muchos de estos trabajadores tienen que buscar otro empleo cuando acaba la temporada, como es el caso del puerro. En la misma plantación que Mahdi trabaja Milud, de 24 años y también de origen marroquí, quien cuenta como ha «aprendido aquí el oficio».

Una situación similar a la que vive Dyamilla, una temporera que, cuando acaba su labor –que suele ser de unos seis meses al año, aproximadamente– trabaja como camarera para poder sacar adelante a su hijo de siete años, ya que es madre soltera. En cuanto a su trabajo en el campo, Dyamilla reconoce que está «muy a gusto», ya que la complicidad con sus compañeros y su jefe le permite conciliar su vida laboral con la personal. «Cuando no tengo con quien dejar al niño, o cuando tiene escuela, lo entienden perfectamente y me adaptan el horario».

Precisamente, desde el sector señalan la necesidad de darle una figura propia a estos trabajadores, contemplando posibilidades como la rotación entre temporadas. Es decir, que los trabajadores que acaben la campaña del puerro, por seguir con el mismo ejemplo, puedan después desplazarse a otras localidades a empezar con otras como la de recolección de la cereza, que empieza ahora.

En cambio, uno de los principales problemas, tal y como señalan desde el sector, son las trabas burocráticas para poder legalizar a algunos de los trabajadores, por lo que se produce un vacío en la oferta de mano de obra que hace que muchas pequeñas extensiones de agricultura familiar se pierdan: «Son trabajos muy duros y una pequeña plantación no puede asumir la contratación de un trabajador durante todo el año, porque solo hay faena siete u ocho meses. Esto puede provocar que no haya relevo generacional».