Paseo por la historia

Zaragozeando: Un disco duro de pergamino y papel con miles de historias

El Archivo de la Universidad de Zaragoza conserva más de 26.000 cajas con documentación relevante generada por los campus. Se conservan expedientes de hace casi 400 años. 

Iván Trigo

Iván Trigo

Hoy, el Archivo Universitario se encarga de documentar y recoger toda la información propia que genera la Universidad de Zaragoza en su proceder administrativo. Tiene dos sedes: una en el campus San Francisco y otra en el edificio Paraninfo. Es en esta última donde se sitúa el Archivo Histórico, donde se conservan los manuscritos más antiguos en una habitación estanca y con un férreo control de la humedad y la temperatura para evitar que el papel y los pergaminos se pudran y se descompongan. Un búnker que bien podría ser parte del Área 51 y que se sitúa varios metros por debajo de la plaza Paraíso, en el corazón de la capital aragonesa.

Los documentos más antiguos que conserva la universidad datan de 1646. Se trata de libros de matrículas donde aparecen los nombres y apellidos de todos los alumnos de la universidad, que en aquella época eran tan solo un puñado de privilegiados los que tenían acceso a la educación superior. También se conservan libros de Gestis, donde se recogían todas las actas y acuerdos del Gobierno de la universidad.

Lamentablemente, durante la guerra de la independencia se perdieron muchos documentos. La universidad estaba entonces en la actual plaza de La Magdalena, una de las entradas a la ciudad, por lo que la artillería francesa tuvo a tiro el edificio desde el principio del asedio. Entonces se perdió el fondo fundacional del campus público aragonés.

Aun así, los tesoros que esconde este lugar son innumerables y muchas historias están aún por descubrir, de ahí la importancia de la labor investigadora.

Ana Gascón y Esther Bentué lo conocen casi todo sobre este archivo, aunque siempre descubren cosas cada vez que bucean en la documentación. Con mimo, repasan todos los documentos guardados en una sala que bien podría ser un búnker. Entre pergaminos amarillentos y tapas de piel se guardan todavía los expedientes con las notas y títulos de ilustres alumnos como Ramón Pignatelli, María Moliner, el héroe de la patria cubana José Martí, Amparo Poch, Santiago Ramón y Cajal y Jordán de Asso, entre otros muchos nombres que conforman, casi al completo en algunos barrios, el callejero de la capital aragonesa.

Entre miles y miles de páginas se conserva, por ejemplo, el expediente mediante el cual se le concedió a Ramón y Cajal el premio de asignatura de Anatomía quirúrgica, Operaciones, Apósitos y Vendajes. A pesar de no haberle dado tiempo a terminar el examen, el que después fuera premio Nobel «no tuvo competido» a la hora de optar al galardón.

Como se observa también en una de las imágenes a la derecha de estas líneas, el archivo también conserva las notas de Amparo Poch, un expediente en el que todas y cada una de las casillas consta escrito: Matrícula de Honor.

Entre todos los documentos es difícil escoger cuál tiene más valor. Si bien, empeñadas en la labor de divulgación que toda universidad debe cumplimentar, las responsables del archivo van dando a conocer las principales curiosidades a través de diferentes formatos.

Una de esas peculiaridades que ha quedado por escrito en este archivo son las normas de comportamiento que se les exigían a los alumnos siglos atrás. Entonces, cuando no había delito de sangre, era el rector el que se encargaba de impartir justicia entre los matriculados. La propia universidad disponía de cárcel para los que debían cumplir las penas.

Entre las cuestiones que estaban estrictamente prohibidas, y así aparece escrito por escrito, estaba la «informalidad en el traje escolar (la vestimenta era muy estricta y había que cumplir al milímetro con los cánones), herir a otro estudiante, disparar tronchos de nabo y meter bulla en plena calle sin permitir la entrada tranquila a las aulas.

Según consta en la web del Archivo Municipal, ya en el año 1583 los primeros estatutos ya recogían que el rector debía procurar que los estudiantes no jugasen con dinero, no estuvieran «amancebados» (un término que se usaba para describir a las personas que mantenían relaciones sexuales con otras con las que no estuvieran casados), no jurasen, no blasfemasen, no viviesen «en casas sospechosas», no

anduviesen «de noche como distraídos y viciosos», no fueran «inquietos en la escuela, ni fuera de ella». Todas ellas unas normas que, por fortuna, ya no hay que cumplir.

Pocos años después, además, se introdujo otra curiosa prohibición para los matriculados: la de nadar entre junio y septiembre porque, según consta en el archivo, los estudiantes «se ahogan unos y enferman».

Además de material generado por la propia universidad, en el archivo también custodian donaciones de particulares y de otras escuelas. Un curioso elemento es una orla de una promoción de Medicina de principios de siglo: entre los profesores que aparecen están Royo Villanova, entonces rector, y Pedro Ramón y Cajal, hermano de don Santiago y profesor de la facultad.

Los primeros estatutos de la Universidad de Zaragoza ya establecieron la obligatoriedad de guardar documentos. «Dentro de la escuela esté un almario (armario) donde estén los privilegios, los estatutos, los libros de cuentas...». Hoy, una comisión decide qué documentos de los que genera la universidad se guardan y cuáles se destruyen. Hay almacenadas ya unas 26.000 cajas de valiosa información de una institución cuyo legado no cabe se custodia como un tesoro.