El primer contacto de los aragoneses con la pornografía se da a los 10 años
Los expertos explican que el acceso temprano a estos contenidos se produce a través de internet y de forma no intencionada

Un menor hace uso de un móvil y de una tablet, en una imagen de archivo. / Eduardo Parra / Europa Press
Antes de los 12 años, los menores españoles ya han accedido a contenidos pornográficos. Lo revela así la 'Guía para las familias ante la realidad pornográfica', que se publicó hace unas semanas y que sitúa la edad media del primer contacto con este material entre los 9 y los 11 años. Los aragoneses siguen esta misma línea y su acceso a estos contenidos se registra a los 10 años, según informa Santiago Frago, sexólogo y co-director de Amaltea, instituto de Sexología y Psicoterapia con sede en Zaragoza.
La guía también indica que hasta un 70% los preadolescentes españoles llegan a los contenidos pornográficos de forma accidental, lo que supone una exposición temprana que afecta de forma negativa a su desarrollo tanto emocional como académico. Prueba de ello da Luisa Maestro, psicóloga especialista en infanto-juvenil del Colegio Profesional de Aragón (COPPA), que añade que los más pequeños llegan a estos contenidos «buceando por la red» y, por tanto, de forma no intencionada.
Bajo la experiencia de la psicóloga, aunque es alarmante que se acceda a la pornografía a una edad tan temprana, entre los 9 y los 11 años no se ven conductas de «adicción». A partir de los 12-13 años, ya entrada la adolescencia, sí se detectan más casos de dependencia a estos contenidos, especialmente en chicos. «Hemos tenido algún caso de adolescentes que necesita la pornografía para excitarse, para dormir, para calmar emociones», indica.
En cuanto al consumo pornográfico en la preadolescencia (9-12 años), Frago pone de relieve un cambio en las tendencias. «Quienes ahora son mayores tuvieron sus primeras relaciones sexuales sin haber visto porno. Tuvieron sus primeras experiencias y luego igual lo consumieron. Ahora los jóvenes ven pornografía antes de tener experiencias reales, y esto puede confundirles», subraya.
Al no haber tenido antes relaciones, los adolescentes asumen que la pornografía se asemeja a la realidad. Pero, según indican los dos expertos, esto no es así. En primer lugar, explica Maestro, es un contenido asociado «a conductas de riesgo y dejadez respecto a la prevención» que, además, amplía los estereotipos de género.
«Son montajes especialmente machistas que transmiten prácticas violentas y que suponen un abuso físico o verbal sexista. No tienen nada que ver con la satisfacción emocional, con la comunicación con la pareja, con el consentimiento...», apunta.
También Frago incide en ello al sostener que «en el porno, el ser humano no es alguien, es algo», ya que reproduce un juego de roles de género asociados a una mujer sumisa y deseable y un hombre deseante en el que «hay una normalización de actitudes violentas». Ello confunde a los adolescentes y les lleva a confundir «violencia con amor» al asociar ambos conceptos por los contenidos visualizados.
Maestro también ha percibido que el consumo de porno anticipado en los jóvenes genera confusión respecto a las identidades sexuales porque «interviene en todos los procesos relacionados con la identificación de género y la orientación sexual». Lo ejemplifica así: «Si una chica ve contenidos pornográficos entre dos mujeres y eso es lo que más le excita, se pregunta si es lesbiana. No tiene por qué serlo. Sabemos que las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo pueden generar más excitación, sin ello significar que uno sea homosexual o bisexual».
Estas no son las únicas consecuencias. La visualización de la pornografía genera un impacto en las funciones ejecutivas del cerebro de los adolescentes, que son clave para la toma de decisiones, el control de los impulsos y el comportamiento. Según la citada 'Guía para las familias', consumir porno de forma habitual puede alterar la atención, la memoria y la calidad del sueño y, en consecuencia, generar fatiga, falta de concentración y un bajo rendimiento escolar. Y su acceso es, gracias a Internet y en palabras de Maestro, «ilimitado, gratuito y anónimo».
La manera de evitar el consumo temprano e inadecuado de pornografía es clara para los dos expertos: la educación sexual. En ella «la familia tiene un gran poder», apunta Frago. Por eso, desde Amaltea organizan junto a la Federación de Asociaciones de Padres y Madres de Alumnos de Aragón (Fapar) cuatro coloquios distintos dirigidos a las familias para «plantar cara al porno sin caer en el victimismo».
Frago explica distintas claves para las familias: ser «pesado» con lo que consumen los hijos; expresar los miedos y preocupaciones delante de ellos; «opinar, valorar, comentar y dialogar» sobre sexualidad; familiarizarse con las nuevas tecnologías; hablar en voz alta delante de los adolescentes; analizar como padres sus propias conductas; y, sobre todo, «potenciar la autoestima» de los jóvenes.
Y es que, afirma el sexólogo, «si no se educa y habla de sexualidad, será el porno el que hablará con más claridad».
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