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La muerte de un oficio en Aragón: "Antes el esquileo era una fiesta, ahora no te dan ni agua"

El trabajo en las parideras es sofocante y cada vez quedan menos profesionales aragoneses que sepan repasar una oveja en menos de tres minutos

El esquilador Juan Vázquez en plena faena.

El esquilador Juan Vázquez en plena faena. / El Periódico de Aragón

David Chic

David Chic

Zaragoza

El esquileo no es un oficio tradicional perdido en los museos etnológicos. Con la llegada del calor los rebaños de ovejas necesitan de manos expertas que despojen a los animales de lana, a pesar de que este producto cada vez tenga menos valor y casi sea una molestia para los dueños de las explotaciones. Juan Vázquez es uno de los pocos aragoneses que sigue tijera en mano recorriendo los montes. Es testigo de primera mano del ocaso de una práctica que casi se ha convertido en un trámite administrativo. "Antes el esquileo era una fiesta, ahora no te dan ni agua", lamenta.

Calor y sofocos. El trabajo en las parideras es complicado. La temporada de esquileo va desde el mes de abril hasta mediados de julio, pero este año, por la falta de manos para atender a todo el ganado todavía se están dando los últimos coletazos. El esquilador debe asegurarse de que las ovejas estén limpias y secas antes de comenzar el proceso, armado con su tijera. Esto es importante para evitar que la lana se ensucie o se dañe durante el proceso de rapado. Las ovejas deben ser manejadas con cuidado y suavidad para evitar estrés y lesiones. "Cuando empecé esto fue lo más complicado a lo que me enfrenté, pero ahora pillo un animal y no doy ni una pasada en falso", narra.

La experiencia en el oficio permite cortar la lana lo más cerca posible de la piel de la oveja, sin causar daño a la piel o a la oveja, algo que no todo el mundo es capaz de hacer. Las cuadrillas en Aragón están formadas en su mayoría por esquiladores que provienen de Uruguay, un país con mucha tradición ganadera. Los aragoneses ya no se interesan por el oficio. "Los que vienen durante una campaña van aprendiendo, pero no suelen repetir", lamenta. Y eso que todavía se puede "ganar un buen jornal" cuando se sale a esquilar. "Pero tienes que valer", precisa.

Como en todos los oficios en el campo, la exigencia física es importante. Un factor de desgaste que hace que muchas de las cuadrillas no se mantengan estables en el tiempo. El tiempo medio con cada animal es de unos tres minutos, aunque depende de la suciedad y sus características. Una oveja recién parida puede costar casi un cuarto de hora dejarla lista para revista. "Se le aprieta más la lana", evidencia.

Aunque el esquileo no es un oficio de museo, es posible que con la proliferación de las fibras sintéticas el trabajo posterior con la lana sí que desaparezca en pocos años. «Cuando empecé en esto, con 23 años, la lana era un negocio, ahora es una ruina», relata Vázquez. Los pastores y los ganaderos no saben qué hacer con ella. Se almacena, o se acaba desechando, cuando en tiempos era una parte fundamental de los ingresos de una explotación. "Ya no hay laneros", relata evocando otra figura casi artesanal que ha desaparecido. Antes había personas que la compraban en casi todas las comarcas para elaborar productos necesarios en los hogares. Ahora no queda nada de eso. "Muchos ganaderos solo esquilan porque es necesario para cobrar las ayudas europeas", insiste. En este momento solo se vende el 10% de esta materia prima por un precio medio de «entre cinco y diez céntimos por kilogramo», cuando en su momento álgido, la lana superó el euro por kilo en el mercado.

Los precios que cobran los esquiladores también han ido a la baja. Ahora una persona con la experiencia de Vázquez ingresa 1,35 euros por animal rapado. En tiempos en una campaña de tres meses podía ahorrar un buen pico de dinero, algo que ha desaparecido. Vázquez, de Montañana, combina su oficio con la tierra, operando cosechadoras cuando es posible o en la albañilería. "A las siete de la mañana ya tenemos que estar en el corral y en ocasiones la jornada se termina a la ocho de la tarde", señala. En tres días puede dejar aseado un rebaño de 700 ovejas, trabajando muchas veces en soledad. En el pasado los equipos rondaban los cinco o los seis integrantes.

El cambio en la vida rural también está reflejado en las parideras: la cabaña de corderos cada vez es más pequeña y están en menos manos. Eso sí, los rebaños son más grandes, pero con propietarios menos volcados en sus animales, que ya no son el centro de sus vidas. Por eso se ha terminado esa convivencia, casi festiva, entre esquiladores, ganaderos, pastores y vecinos. "En tiempos nos daban hospedaje y existía una buena convivencia, ahora solo se preocupan de pagar", lamenta. Pero aunque sea duro, no se plantea colgar las tijeras.

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