Zaragozeando
Coleccionismo pop: "A un anticuario ya le interesa más una caja de juguetes que un mueble del siglo XIX"
El coleccionista Carlos Melgares defiende que en Zaragoza existen piezas suficientes para montar un museo del ocio y el entretenimiento

Jaime Galindo

Los gabinetes de curiosidades del siglo XVII apostaban por la acumulación caótica de elementos. Lo mismo una pata de gallo de coral que un puñado de monedas latinas. El caos aportaba armonía, belleza y cohesión. En el sigo XXI el pop sirve como hilo conductor para los nuevos coleccionistas y en una misma estantería pueden convivir una tortuga ninja con un tambor de hojalata.
El coleccionista Carlos Melgares expone en su casa más de 3.000 piezas de un fascinante universo colorido. Y guarda en cajas, bolsas, altillos y «el almacén de la vergüenza» más de 15.000. ¿Cómo empezó todo? «Desde la infancia, recorriendo las papelerías, donde se vendían figuras de PVC y cromos, aunque durante la adolescencia te vas deshaciendo de algunas cosas siempre me ha quedado el interés, comprando en rastros y mercadillos».
Las figuras de plástico hablan de la cultura audiovisual desde los años sesenta, con paradas en dibujos animados como Los Simpson, Scooby Doo o Los Picapiedra. Pero también se cuelan Pitufos, Ultraman o luchadores de wrestling con máscaras inquietantes.
El coleccionismo del plástico vive un momento de gran interés tras unos años denostado por su supuesta frivolidad. Ahora ocupa un lugar predominante hasta el punto de que otras modalidades van de capa caída. Donde antes se guardaban sellos, monedas y billetes de otros países ahora se guardan cromos, regalos del Happy Meal y cintas de casete. «Los ciclos del coleccionismo suelen abarcar 25 años puesto que los demandantes se van haciendo mayores», reconoce.

El hombre murciélago rodeado de amigos y archienemigos. / Jaime Galindo / Jaime Galindo.
En su caso, la serie Dragones y mazmorras fue determinante y algunas de las piezas más cotizadas que guarda en las estanterías tienen que ver con este producto, entre ellas un amenazador Venger que despliega sus garras de plástico con aviesas intenciones. Otra de las series que tiene casi completas son las aproximadamente 800 figuras que salieron de la empresa catalana Comics Spain. Por ahora le quedan unas 40 por conseguir, pero claro, como el último cromo que se resiste, estas son las más escurridizas. «Con los años que llevo coleccionando ya hay precios que no estoy dispuesto a pagar, ni aunque tuviera dinero», explica.
En este sentido lamenta la figura del «cazador» que solo busca piezas en función de lo que puede ganar en la reventa, un problema que se agudiza con las plataformas de venta en internet, que han sido una gran ayuda porque han ampliado el abanico donde encontrar tesoros de todos los rincones del mundo, pero que han contribuido a encarecer los precios.

Los defensores de la Tierra frente a las invasiones galácticas tienen su hueco. / Jaime Galindo / Jaime Galindo.
En la vida de todo coleccionista siempre quedan espinas clavadas. Y en una de ellas también se refleja el cambio de intereses que marcan los tiempos. En el caso de Melgares, su gran pieza desaparecida fue un álbum de cromos terminado que entregó en el kiosco para recibir a cambio un reloj de premio. «Ahora lo realmente valioso es la colección completa», lamenta.
Melgares explica que en conversaciones con anticuarios ya se comenta que en este momento puede ser más interesante «comprar un lote de juguetes que comprar muebles del siglo XIX». La rutina del coleccionista obliga a muchos paseos por toda la ciudad: el rastro de la Expo, la plaza de San Bruno, los porches de la plaza San Francisco. Y además trabajar en la documentación e investigación. «Es un elemento tangencial que realmente te llena mucho», asegura. Investigar viejos catálogos, publicaciones especializadas, analizar cómo los precios del plástico pueden influir en la escala de las figuras... Un mundo abierto que en Zaragoza comparte con un selecto grupo de aficionados, algunos de gran prestigio como Alex Algarra.
En la ciudad existen piezas suficientes para montar un museo del ocio y el entretenimiento. «Es una perspectiva bastante definitoria del siglo XX, cuando el ocio se convirtió en algo completamente democratizado», señala. El espacio podría nutrirse con significativas piezas sobre cine, circo o juguetes que se atesoran en las colecciones privadas de la ciudad. Ahí tendrían cabida las figuras de acción, tiburones, mortadelos, popeyes o brujas averías que conviven en sus vitrinas. Un verdadero museo de la cultura popular en colores vivos.
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