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A fondo | ‘Quo Vadis’, Construcción

La industrialización también presenta problemas: la pérdida de identidad y la ocupación de menos trabajadores

Construcción industrializada de edificios en Rosales del Canal, en la capital aragonesa.

Construcción industrializada de edificios en Rosales del Canal, en la capital aragonesa. / Jaime Galindo.

Vicente Pedro Lafuente Pastor

Abogado. Profesor de la Universidad de Zaragoza. Experto en la construcción aragonesa.

Remedando el título de la novela de Henryk Sienkiewicz, Premio Nobel de Literatura en 1905, nos preguntamos hacia dónde va el sector de la construcción. Una actividad productiva que está experimentando cambios acelerados en los últimos años, debido a las innovaciones tecnológicas aplicadas a las obras, pero también a las propias dificultades para encontrar personal cualificado que realice los trabajos con los parámetros tradicionales. Un ejemplo: las fachadas de los bloques residenciales. El ladrillo caravista ha dado paso a otros sistemas como las fachadas ventiladas, los sistemas ligeros de revestimiento y las láminas de fibra de vidrio, sistemas de colocación o instalación ajenos a las técnicas constructivas tradicionales. Su implantación generalizada no se debe a una presión de la demanda sino a que su ejecución es más rápida y económica. Sobre todo, a que no necesita el concurso de las cuadrillas de albañiles caravisteros, desaparecidos tras la crisis de 2008 y que ya no han vuelto a un sector menospreciado, carente de relevo generacional.

Esa misma carencia de mano de obra obliga a un reclutamiento creciente de migrantes. Un 22,2% de los trabajadores de las obras son ya extranjeros. Los jóvenes hace tiempo que no ven el sector de la construcción como un nicho de empleo atractivo. Su mentalidad no es la de los jóvenes de hace 40 años, y tampoco la mentalidad de los padres, que quieren un futuro para sus hijos desligado del esfuerzo físico. El lastre de lo que denomino las tres «P» está arraigado en parte de la sociedad. Perciben la construcción como un sector penoso, peligroso y precario. La masculinización es absoluta en los trabajos del oficio, la presencia de las mujeres está por debajo del 1%, y en su conjunto apenas alcanza el 10%, contando al personal administrativo, técnico y directivo.

Los accidentes laborales en construcción son consecuentes con la Ley de Hierro de la siniestralidad, que hace depender éstos de la evolución de la actividad, en la actualidad en franco crecimiento. El índice de incidencia de los accidentes en la construcción dobla en Aragón al del conjunto de los sectores y lo cuadruplica si atendemos a los accidentes laborales mortales en el sector, un 25% del total. Estos datos cuestionan la eficacia de algunas acciones formativas.

La organización productiva, por otra parte, es resistente a abandonar los viejos sistemas basados en la subcontratación. Cuando ésta se produce por razones económicas, y no de especialización, se resienten tanto la calidad del producto final, como los derechos laborales. Las empresas subcontratadas en los niveles inferiores de la cadena de subcontratación soportan márgenes comerciales muy ajustados, y su solvencia, por ello, es mejorable. Esta premisa se hila con otra característica que se mantiene, la excesiva atomización empresarial, y el gran número de microempresas. Su estructura de medios es muy endeble y se tornan vulnerables en cualquier tesitura negativa. Por ejemplo, los excesivos plazos de pago que soportan, y ello a pesar de leyes como la de lucha contra la morosidad que les ampara.

No obstante, frente a estas inercias del pasado, emergen perfiles de empresas formales, modernas, innovadoras, que aplican modelos de organización industrial, no solo en los materiales y procesos de calidad (certificaciones verdes, materiales ecológicos, eficiencia energética) sino en su propia estructura de funcionamiento. Empresas que rivalizan en implantar modelos de excelencia empresarial, con una apuesta clara en inversión en recursos humanos. Estas serán las empresas con predicciones más altas de pervivencia.

Los trabajadores que accedan al sector, fundamentalmente jóvenes, deberán estar cualificados académicamente, y reconocidos en las tablas salariales de los convenios colectivos. La formación profesional reglada es imprescindible para incorporar perfiles profesionales formados en habilidades digitales para unas obras que ya no son las de hace una década. Ello además incentivará la elección por un sector más atractivo. La apuesta por una construcción sostenible, respetuosa con el medio ambiente y el ahorro energético, pero también accesible económicamente, es esencial para garantizar un futuro al sector. La industrialización, en fin, no es sólo utilizar prefabricados y construcción modular sino ir a modelos parejos a los de la industria más avanzada, con certificación del proceso y del producto.

Las empresas constructoras, en este sentido, deben crecer en tamaño y en inversiones en tecnología y digitalización (BIM y otros modelos) y ofrecer a los trabajadores estabilidad y confianza. Sería bueno que las empresas más grandes fueran referentes para el resto, y tuvieran plantillas numerosas, que atrajeran a los jóvenes, deshaciendo sus prejuicios hacia el sector.

Estas ventajas indudables presentarán también problemas: que el sector pierda parte de su identidad, que se convierta en un apéndice de la industria, que ocupe menos trabajadores debido a la automatización y la robótica y, en definitiva, que el modelo de construcción clásica sea un reducto de trabajo artesano, muy cotizado, pero difícilmente asequible.

Espero una construcción inteligente y responsable para un futuro que, en cualquier caso, no está escrito.

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