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Rocío Jurado y Labordeta: así era aquel Aragón que estaba a punto de abandonar a Franco

Con un 30% de la población viviendo en el campo, la movilización social para derribar la dictadura comenzó con tractoradas en medio de la 'guerra del panizo'

VÍDEO | Así era aquella Zaragoza que estaba a punto de abandonar a Franco

El Periódico de Aragón

David Chic

David Chic

Zaragoza

Con 40 años el bigote de Labordeta le hacía parecer mucho mayor. En 1975 acababa de grabar el disco Tiempo de espera en el que se incluía la canción Canto a la libertad que trascendería las fronteras aragonesas para convertirse en un símbolo de la Transición tras la muerte de Franco. El tema sonaba en las radios junto a éxitos de Rocío Jurado o Massiel. En la televisión El hombre y la tierra ofrecía una visión inédita de la naturaleza y Tres suecas para tres rodríguez llegaba a los cines. Aunque la película más vista del año fue Furtivos, del zaragozano José Luis Borau.

Aragón comenzó el año con 1.173.017 habitantes que acababan de dar un salto importante una década antes, llenando las capitales y comenzando el progresivo abandono del medio rural. Pero todavía un 30% de las personas vivían en el campo y se convirtieron en un inesperado acicate para las revueltas sociales debido sobre todo al aumento del precio de los combustibles.

SOCIEDAD. Un billete sencillo de tranvía costaba 6 pesetas (0,03 euros), una barra de pan valía 9 pesetas (0,05 euros) y una caña de cerveza salía por 10 pesetas (0,06 euros). El precio de la gasolina había subido un 50%, pasado de las 12 pesetas por litro de 1972 a las 19 que valía tres años después. Los aragoneses empezaron el año sin ser conscientes de que el mes de noviembre llegaría una noticia que cambiaría sus vidas.

Los periódicos agotaron varias ediciones con el titular Franco ha muerto y la alegría se mezclaba con la incertidumbre. El historiador Sergio Martínez explica que desde Aragón se asumió la necesidad de aglutinar movimientos y luchas sociales para avanzar a una democracia tras superar etapa final del franquismo que se vivió con especial dureza en los entornos urbanos, cada vez más poblados.

Una idea que suscriben en la obra La Transición en Aragón (1975-1982). Una historia colectiva editada por Centro de Estudios Locales de Andorra en la que señalan que el paso de la dictadura franquista a un sistema democrático en España, incluyendo a Aragón, «fue un periodo caracterizado por la urgencia de encontrar vías para sanar y avanzar, dejando atrás cuatro décadas de represión y profunda división social».

Un aspecto crucial de este proceso fue la necesidad de desmantelar el modelo de estado centralizado que el régimen de Franco había establecido. Esto significó, por tanto, la imperiosa tarea de reconocer y otorgar voz a las identidades territoriales, un espacio que ocupó un incipiente aragonesismo.

MOVIMIENTOS SOCIALES. «Ya durante los últimos años de la dictadura comenzaron a producirse una serie de movimientos sociales que, de una forma u otra, empezaron a poner su granito de arena de cara a lo que vendría después», expresa Martínez.

En la capital aragonesa el movimiento vecinal comenzó a articularse en torno a las asociaciones de cabezas de familia en las que se articulaban las necesidades de los barrios de expansión en la ciudad. Y ahí de fondo también estaban los movimientos vinculados a la iglesia, que en esos años ofrecían sacristías para debates ciudadanos casi clandestinos en los que se abordaban temas como el uso de la píldora anticonceptiva.

Un lector de periódico en el paseo de la Independencia de Zaragoza el día de la muerte de Franco.

Un lector de periódico en el paseo de la Independencia de Zaragoza el día de la muerte de Franco. / Gran Zaragoza Antigua

Los curas obreros andaban cortos de sueldo y completaban sus ingresos trabajando en la construcción. Ellos son los que se acercaron a los jóvenes y fueron capaces de canalizar problemas sociales mientras la jerarquía mantenía sus ceremonias de exaltación franquista. No se puede olvidar que fue en el año 1974 cuando se inauguró en Zaragoza la inauguración oficial del Monumento Nacional a los muertos de la Legión con toda suerte de bendiciones.

Un caso sonado de vinculación entre parroquia y movimientos sociales se produjo en 1972 con el llamado caso Fabara, cuyo protagonista fue el párroco de este pueblo. Wirberto Deso lideró allí un movimiento de este estilo, pero además se encerró junto a tres curas más en Mequinenza para exigir unas indemnizaciones más justas para los vecinos de este pueblo que estaban viendo cómo eran expulsados de sus casas por auténticas miserias en el proceso de ampliación del pantano.

UNIVERSIDAD. La juventud encontró un amplio espacio de lucha en la universidad. Como expresa Martínez, aunque con menos reconocimiento que el movimiento estudiantil de Madrid o Barcelona, en el campus de la plaza San Francisco se sucedieron los encierros y las protestas.

Recuerda que desde 1968 comenzaron a producirse protestas estudiantiles cada vez más importantes, tal y como ha investigado recientemente el doctor en historia Sergio Calvo Romero. Una protesta estudiantil que sería clave en lo que ocurriría en los últimos años de la dictadura y también durante la Transición, siendo también el lugar donde los futuros partidos políticos buscarían a sus próximos integrantes.

Es significativo lo que sucedió con el Colectivo Hoz y Martillo, creado en 1971, y que en noviembre de 1972 realizó un acto de protesta quemando el consulado francés en Zaragoza. La acción provocó la muerte no prevista del cónsul Roger Tur y dejó imágenes como una impresionante caravana funeraria en el entonces paseo del General Mola de Zaragoza. Los autores condenados por los hechos fueron amnistiados en 1977.

POLÍTICA.Canta compañero, canta, que aquí hay mucho que cantar, entonó Labordeta por primera vez en aquel 1975 antes de la muerte del dictador. Y la situación no cambió drásticamente en noviembre, con una continuidad en las estructuras políticas que desesperaba las ansias aperturistas de la oposición que veían posibilidades de cambio desde el asesinato de Carrero Blanco, según indica Martínez.

De hecho, en diciembre de 1974 se publicó un primer estatuto de asociaciones políticas que en Aragón dejó 22 solicitudes. Pero aún con todo, las llamadas fuerzas vivas seguían en sus puestos. En las capitales hasta la celebración de las elecciones municipales de 1976 los representantes del franquismo siguieron desempeñando sus funciones sin cambios significativos en su proceder. En Zaragoza el alcalde Mariano Horno de Liria fue relevado por Miguel Merino Pineda hasta que el sufragio democrático colocó en su lugar al socialista Ramón Sainz de Varanda. En Huesca el primer alcalde democrático fue José Antonio Llanas Almudévar y en Teruel Ricardo Eced Sánchez, ambos de la UCD.

CULTURA. La revista Andalán se convirtió en un símbolo de la época y el espacio sobre el que pivotó la cultura de la Transición. Allí se produjeron los debate identitarios que forjarían un incipiente aragonesismo y se avanzó en debates como el ecologismo o el feminismo. Sin embargo, a nivel popular los años 70 fueron los del auge de la canción protesta. Como explica Martínez, uno de los «momentos álgidos» de ese movimiento fue el gran concierto que figuras como José Antonio Labordeta, Pilar Garzón, Joaquín Carbonell, Tomás Bosque, y grupos como La Bullonera, Tierra Húmeda y Renaxer, realizaron el 13 de noviembre de 1973 en el teatro Principal de Zaragoza.

El escritor altoaragonés Ramón J. Sender, exiliado desde la guerra civil, regresó a Aragón en dos ocasiones: en 1974 y en 1976 con conferencias llenas de nostalgia y quizá un poco fuera de época en un momento en el que llegaban a las librerías libros como el Mortal y rosa de Umbral, Restos de lacre y cera de vigilias de Ana María Navales y estaba a punto de aparecer El castillo de la carta cifrada de Javier Tomeo. Algunas de estas obras todavía era necesario compralas bajo mano en la trastienda.

Atentado contra la librería Pórtico en Zaragoza.

Atentado contra la librería Pórtico en Zaragoza. / Gran Zaragoza Antigua

VIOLENCIA POLÍTICA. De hecho, el atentado de la librería Pórtico de Zaragoza un 20 de noviembre de 1976 dejó claro que el aperturismo caminaba por senderos todavía estrechos. La explosión, que no dejó heridos, fue reivindicada por un grupo que se llamaba Comando Adolfo Hitler que lanzaba artefactos explosivos contra lo que ellos consideraban librerías marxistas.

La represión y las torturas a los grupos de oposición seguían siendo una constante en las comisarías y se registraron algunos episodios simbólicos de gran trascendencia social. Uno de ellos, según recuerda Martínez, fue el asesinato por un policía fuera de servicio del albañil en paro Vicente Basanta por ser pillado (en 1977) haciendo una pintada que decía Trabajo sí, policía no. Tras este episodio dio comienzo una campaña de desprestigio que buscó crear la imagen de un delincuente habitual, intentando vincularlo con ETA y los Grapo.

Otro caso significativo fue el asesinato con bates de un joven del pueblo altoaragonés de Albero Bajo llamado José Luis Alcazo, aunque era conocido como Josefo. Fue abatido por jóvenes ultraderechistas en el parque del Retiro de Madrid en otro ejemplo terrible de cómo la violencia política campaba impune por las calles.

AGRICULTURA. En el repaso a los años setenta en Aragón es necesario recalcar la fuerza que tuvo el movimiento agrario. Martínez detalla que en 1973 ya empezaron a producirse las primeras grandes protestas agrarias en una época en la que las manifestaciones estaban prohibidas. La crisis del petróleo a nivel mundial había afectado de lleno al campo aragonés, así como la llegada masiva de maíz procedente de EEUU, haciendo estragos en una comunidad que era una de las mayores productoras de España. Por ello se produjeron las primeras tractoradas, conocidas popularmente como las guerras del panizo, que en esos años llegaron hasta Tauste en una ocasión y hasta Alagón en una nueva protesta. Algunas de aquellas manifestaciones fueron reprimidas por la Guardia Civil.

Por otro lado, el movimiento contra los trasvases ganó una fuerza inusitada. Cientos de pueblos de Aragón seguían esperando y reclamando desde hacía décadas una serie de infraestructuras hidráulicas para poder pasar de cultivos de secano a unos de regadío, mucho más productivos. De hecho, la primera gran manifestación aragonesa se produjo el 13 de marzo de 1976 en las calles de Zaragoza, apenas unos meses después de la muerte del dictador.

INDUSTRIA. En 1975 la provincia de Zaragoza era la única en Aragón que contaba con un volumen de activos industriales superior a los agrarios. La metalurgia era el gran sector, y de ahí salió el germen que permitió acoger un ecosistema automovilístico en el entorno de Zaragoza. Pero también destacaban sectores como la edificación y la electricidad. El movimiento obrero estaba fuera de la ley, pero en su seno se fraguaron las huelgas laborales y asambleas que permearon al resto de la sociedad.

Una sociedad de 1975 entre José María Íñigo y Gloria Gaynor. Entre la voz de Laborda y la exuberancia de Rocío Jurado. Entre aquel amigo / guárdate tu vino viejo / no me sirve hoy tu consejo y el arremójate la tripa / que ya viene la calor.

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