José Albiac, el último esquilador de caballerías en Aragón: "Los oficios han desaparecido del pueblo y es una ruina total"
La 'Asociación Amigos de Nonaspe' ha homenajeado a José Albiac por este oficio ya extinto que aprendió de su padre Romualdo

En el centro de la fotografía, José Albiac, esquilador de caballerías en Nonaspe. / SERVICIO ESPECIAL
La vida de José Albiac es muy sencilla en su querido Nonaspe, un pequeño pueblo del Bajo Aragón flanqueado por las aguas del río Matarraña y del río Algás. De estos mismos caudales beben las tierras que sigue trabajando a sus 84 años después de toda una vida en la agricultura con un paso de once años por la central nuclear de Ascó (Tarragona). Por la mañana se acerca al bar a jugar la partida con la cuadrilla de amigos, al mediodía marcha a comer a casa y por la tarde se va al campo. Esta semana, por ejemplo, está cogiendo olivas. Es lo que lleva haciendo toda la vida desde que su padre Romualdo le empezó a llevar al campo cuando apenas era un chaval de ocho años. Y con él, entre los aperos de labranza, los calores y los fríos y las vicisitudes de aquella época, aprendió a esquilar caballerías como ya hacía su abuelo Francisco a principios del siglo XX. Por este oficio se le ha homenajeado este sábado en la Feria de Artesanos de Nonaspe, un reconocimiento a un oficio muy honrado que ha llevado a conocer a José Albiac como Esquilador.
"Me enseñó mi padre a los ocho o nueve años, cuando yo era pequeño. Hacíamos todas las caballerías del pueblo, que igual había 700. Era un complemento de la agricultura. Si la caballería era pequeña, cobrábamos un duro y si era más grande, cobrábamos ocho pesetas. ¡Diez duros era para tirar cohetes! Fueron unos años de miseria que bastante que teníamos para comer. Para nosotros era un medio de vida. Ayudaba mucho para nuestras tierras", cuenta este nonaspino sobre ese trabajo, el de esquilador, que perdió fuelle en la década de los 70 con la llegada de los tractores hasta que en la actualidad ya solo queda su testimonio oral.
Su vida
Dice que su padre Romualdo y él estaban "prácticamente solos" en este oficio de esquilador a excepción de algunos compañeros en los pueblos vecinos de Maella y Fabara que ya murieron hace unos años. "Es muy fácil que no quede ningún esquilador en Aragón", sostiene Albiac. Por eso ya solo queda su testimonio oral para recordar este oficio en el que pronto aprendió a coger con destreza las tijeras y las maquinillas, las mismas que las de un barbero "pero más grandes", tras probar suerte de joven en las minas de Mequinenza. Pero eso de trabajar "encerrado" no le gustó, pues prefería pasar frío y calor en el campo aunque "aquello", lo de andar doce horas detrás de la caballería, "era muy duro" según apostilla. Así que volvió a la suyo.

La asociación 'Amigos de Nonaspe' ha homenajeado a José Albiac, este sábado. / SERVICIO ESPECIAL
"Por la mañana, si hacía frío, íbamos a hacer tres o cuatro caballerías y cuando hacía bueno volvíamos a coger olivas (...) El oficio es un poco guarro. Había que estar acostumbrado porque había gente que tenía las caballerías muy sucias. Se aprende pronto, en 15 o 20 días vas cogiéndole el tiento a la máquina para que no vaya a empujones y a base de practicar le vas cogiendo la marcha. Pero había mucha gente que decía que era muy fácil y al final venían a casa con sus máquinas para que les termináramos el trabajo", rememora Albiac. "Se hacía para que los animales no sudaran y se quedaran limpios, así el polvo no se les quedaba encima. En aquellos años valía mucho dinero el pelo de la cola porque era largo y recio", continúa.
"En la mili solo esquilé"
Son unas labores que realizaban unas dos veces al año, en primavera "de cara al verano" y en septiembre "antes de labrar". Y aún en la mili no se libró de las tijeras ni de las maquinillas que había dejado en Nonaspe hasta que regresara de su aventura en Zaragoza. "Cuando se enteraron de que era esquilador, me convencieron y dejé lo de cabo de transmisiones y me puse a esquilar. En la mili solo esquilé", se ríe.
En los años siguientes vio cómo poco a poco languidecía ese oficio hasta que, con "miles y miles" de caballos y de burros esquilados con sus manos, claudicó ante los tractores. Y lo cuenta con nostalgia. "Todos los oficios y los trabajos artesanos se van perdiendo y a los pueblos no nos echa una mano nadie. Aquí ya solo queda un albañil, el pan nos lo tienen que traer de fuera, solo hay un mecánico... Antes había gente que trabajaba el cáñamo, había cuatro o cinco barberos... Todo eso ha desaparecido del pueblo. Y esto es una ruina total", se resigna Albiac. A su edad él ya ha tenido que vender algunas de sus tierras y hace lo que puede con los campos que se ha dejado, pero no entiende otra vida lejos de esa tierra que riegan las aguas del Matarraña y del Algás. "He estado siempre en el campo y ha sido mi vida", se enorgullece. Es la vida de José Albiac, alias Esquilador.
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