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Zaragozeando

El barrio de Zaragoza que apuesta por los "encuentros improbables" para revertir su estigma

La cooperativa Bezindalla ha reunido a los vecinos del barrio para tejer una malla comunitaria en la que abordar los conflictos del distrito del Oliver

Un grupo de vecinos durante uno de los paseos organizados por Bezindalla.

Un grupo de vecinos durante uno de los paseos organizados por Bezindalla. / Bezindalla

David Chic

David Chic

Zaragoza

El barrio Oliver de Zaragoza creció en los años veinte del siglo pasado con la llegada de los aragoneses que se veían obligados a abandonar el campo para buscar trabajo en la industria de la capital. Con las décadas ha tenido un desarrollo desigual, con cicatrices urbanas y un diseño urbanístico funcional en los años cincuenta y sesenta que provocó el abandono de parte de su población en busca de hogares más modernos. Este proceso ha supuesto que las achacosas construcciones acojan una población envejecida y también un desplazamiento de los viejos habitantes que ha propiciado la llegada de nuevos vecinos, fundamentalmente de rentas bajas y procedentes de la inmigración. Este es el gran valor de un distrito que acoge a más de 34.000 personas, un 15% nacidas fuera de Aragón.

La evolución ha degenerado en estigma, en ocasiones interiorizado por los propios vecinos. El Oliver protagoniza titulares de crónica negra y no pocos habitantes dan la razón a los análisis negativos del distrino. Un zeitgeist con el que con concuerda en la cooperativa Bezindalla, que desde hace más de una década trabaja apostando por la transformación social a través de la mejora de la convivencia y la economía solidaria y feminista para tratar de acabar con las desigualdades y darle ánimos al barrio.

Una de las fórmulas que han usado desde el pasado verano tiene forma de capazo. La charla improvisada de toda la vida, en medio de la calle, se convierte en una herramienta para crear «encuentros improbables» que tejen comunidad, proponen soluciones y facilitan el detectar puntos ciegos o áreas de exclusión.

El proyecto Derechos a capazos se ha articulado en diferentes jornadas de debate alrededor de los derechos humanos, sea la protección social, los cuidados o el empleo. «Logramos que distintos perfiles de vecinos y vecinas que en su día a día no coincidirían para hablar de estos temas, se reúnan en una plaza o en un centro cívico explicando sus preocupaciones», manifiesta una de la socias, Carmen Conte. Así se une un albañil con una abogada. Una persona en un proceso de rehabilitación por adicciones con las integrantes del grupo parroquial. O un adolescente con los usuarios de los centros de atención a la discapacidad.

El trabajo ha tenido sus frutos en unas reivindicaciones que van dirigidas tanto a los vecinos como a la propia administración, a la que reclaman reforzar los servicios de protección referidos a la atención médica y la vivienda social. También quieren reconvertir edificios abandonados, como la antigua comisaría o el viejo centro de especialidades, en espacios de uso comunitario.

Uno de los paseos por el barrio del Oliver de Zaragoza amparados por la cooperativa Bezindalla.

Uno de los paseos por el barrio del Oliver de Zaragoza amparados por la cooperativa Bezindalla. / Bezindalla

Las socias ubican el inicio de su labor en torno a los 2007-2008, a partir de una demanda de la asociación de vecinos Aragón a la administración para intervenir en una zona vulnerable. Los edificios de Gabriela Mistral permitieron conocer las necesidades de los residentes y trabajar en la creación de nuevos espacios en las plazas. Este trabajo inicial sentó las bases de un proyecto que busca «un enfoque en positivo», precisa Mari Carmen Martínez, otra de las socias.

Tras los primeros pasos, los coletazos de la burbuja inmobiliaria y su crisis económica multiplicaron «la conflictividad social» y la transformación económica. La también trabajadora Tamara Marín relata que otros elementos distintivos de su trabajo son la inclusión de la población infantil y adolescente en todos los procesos de participación, considerándolos «ciudadanos de pleno derecho en el presente».

Además, han acompañado procesos de alto impacto, como la rehabilitación energética de viviendas sociales y la puesta en marcha de la primera comunidad energética urbana de Zaragoza, siempre desde su papel de acompañamiento vecinal.

El impulso de la convivencia no es necesario únicamente en los barrios de rentas bajas.Desde Bezindalla creen que es necesario intensificar los lugares de intercambio al tiempo que expresan su preocupación por la pérdida de recursos como son las casas de juventud. En Oliver se transformó el Túnel por cuestiones de rentabilidad y el modelo, demandado por los adolescentes como refugio, está siendo cuestionado en su conjunto por el consistorio. «Perder servicios es muy preocupante y afecta al barrio en su conjunto», precisan.

Ahora confían en los lazos tejidos en sus encuentros improbables y destacan los avances logrados. «Llevamos mucho tiempo en el barrio y queremos seguir explicando que somos mucho más que lo que sale en los medios de comunicación», concluyen.

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