Los padres 'helicóptero' irrumpen en la universidad: llaman a los profesores para quejarse de las notas
La hiperpaternidad no es un fenómeno nuevo, pero sí se ha agravado desde la pandemia del coronavirus, un problema que "infantiliza a los hijos", según los expertos

Un grupo de universitarios conversa en el campus de San Francisco, en Zaragoza. | EL PERIÓDICO
En las últimas semanas se han dado a conocer en diversas universidades españolas casos significativos, como en Granada, donde una madre irrumpió en un despacho para reprocharle a un profesor la enseñanza a su hija y otro padre dejó su tarjeta de inspector de Hacienda como forma de presión. El vicedecano de Prácticas de la Facultad de Educación de Granada, Pedro Valdivia, se hizo viral con el cartel: "El vicedecanato de Prácticas no atiende a padres. Todo el alumnado matriculado es mayor de edad".
Esa sobreprotección responde al fenómeno denominado hiperpaternidad: «Este empieza en la infancia, se mantiene en la adolescencia e incluso se prolonga en la juventud. Resulta llamativo que algunos padres de jóvenes de 18 o 19 años sigan acompañándolos al médico y a la universidad e, incluso, pregunten al profesorado. Estamos infantilizando a los hijos», explica Juan Antonio Planas, presidente de la Asociación Aragonesa de Psicopedagogía.
Redes sociales, pornografía o 'sexting'
Este exceso de control convive con cierta contradicción: los mismos padres que vigilan a sus hijos en la ciudad permiten, en entornos rurales, que los niños pequeños jueguen solos hasta bien entrada la noche. "En Zaragoza, por ejemplo, apenas se ven adolescentes en los parques; los pocos que hay suelen estar acompañados por sus madres. Sin embargo, esos mismos padres descuidan lo que los hijos hacen en internet. Se preocupan por los peligros físicos, pero no por los riesgos en redes sociales, la pornografía o el sexting", añade.
Todo esto se ha agravado con la pandemia, que ha acentuado la hipervigilancia y la desconfianza. A la vez, muchos jóvenes no se independizan por el alto coste de la vivienda, lo que retrasa su madurez. «Una persona que convive con sus padres hasta los 27 o 28 años, sin autonomía económica ni capacidad de decisión, permanece infantilizada. Antes los jóvenes trabajaban y se emancipaban antes, lo que les daba independencia y responsabilidad», reflexiona.
Esa falta de autonomía genera inseguridad. Muchos universitarios aún recurren a sus padres para hablar con profesores, buscar piso o realizar gestiones. «No es que no sepan hacerlas, sino que no confían en sí mismos. Cuando alguien teme tomar decisiones, suele ser porque no ha tenido oportunidades de hacerlo. Y eso tiene su origen en una infancia en la que no se les permitió actuar por sí solos. Aprender a caer y levantarse forma parte de la vida; no se pueden evitar todos los peligros», recuerda Planas.
Esta inseguridad repercute también en la formación y en la vida académica. En la universidad, la presión por las notas y por «ser el mejor» es cada vez mayor, y los padres la transmiten a sus hijos. Muchos llegan a hablar con los profesores por las calificaciones de sus descendientes. En los institutos suele ser más habitual, sobre todo en los cursos cuyas calificaciones finales median con la prueba de acceso a la universidad. «Esa presión por las notas genera ansiedad, desmayos o bloqueos durante los exámenes. En sectores muy competitivos, como la sanidad o la judicatura, la exigencia familiar contribuye a agravar el problema», añade.
Recomendaciones
Frente a esto, el experto considera que el acompañamiento debe ser progresivo. Hay que dejar que los hijos se equivoquen y aprendan de sus errores. Cuando son pequeños, se puede observar desde lejos sin intervenir constantemente. En la adolescencia, conviene ir dando más autonomía: permitirles salir, volver a una hora acordada y asumir responsabilidades. «A los 18 años ya no se les deben resolver los problemas. Se puede aconsejar, pero no hacer las gestiones por ellos ni hablar con sus profesores. Hacerlo solo prolonga la dependencia y retrasa la madurez», explica.
Aunque revertir esta tendencia no es fácil, sí es posible. Padres e hijos deben asumir sus propios roles. Los primeros deben entender que, aunque lo harían mejor o más rápido, es necesario dejar que los jóvenes lo hagan por sí mismos. Solo así aprenderán a tomar decisiones, a equivocarse y a desenvolverse en la vida adulta. «Cuanto antes se fomente esa autonomía, antes aprenderán a valerse por sí mismos», concluye Planas.
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