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Padres sobreprotectores en la Universidad de Zaragoza: "Los profesores podemos cortar estas situaciones"

Diego Gascón, sociólogo y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo de la institución, comparte que "una media docena de veces" se ha encontrado con familias que hablan en nombre de sus hijos y explica que, legalmente, los docentes solo pueden hablar con los alumnos para solucionar estas cuestiones

Una profesora de Secundaria, en clase con sus alumnos.

Una profesora de Secundaria, en clase con sus alumnos. / Anna Mas

Zaragoza

El síndrome del padre helicóptero también ha llegado a la Universidad de Zaragoza. Sin embargo, hoy en día aún son escasos los casos relevantes. Se han producido, sí, pero afortunadamente no dejan de ser anecdóticos. Madres y padres se han puesto en contacto con un profesor, han intentado entrar en una tutoría e incluso han tratado de reclamar notas en nombre de sus hijos. No es lo habitual, pero ocurre. Quienes lo viven en primera línea aseguran que, aunque sean episodios aislados, dibujan un cambio de fondo.

«Los profesores podemos cortar estas situaciones muy fácilmente», explica Diego Gascón, sociólogo y profesor de la Facultad de Ciencias Sociales y del Trabajo de la Universidad de Zaragoza con más de 25 años de experiencia como docente. «En todo este tiempo me habrá pasado media docena de veces. Siempre lo soluciono igual: les digo que no podemos hablar con los padres porque estaríamos vulnerando la privacidad del estudiante. No hay más. Legalmente, no podemos».

Aun así, algunos padres insisten. «Una madre llegó a ir al defensor universitario. Me sorprendió que la atendieran, pero lo hicieron sin entrar en contradicción con nosotros, porque saben que no se puede», apunta.

No se trata de un problema generalizado, pero sí de un reflejo de la hiperpaternidad que se ha extendido en los últimos años. Padres muy implicados que acompañan a sus hijos hasta límites que, en la etapa universitaria, chocan con la autonomía que se espera de ellos. «Antes de la pandemia ya había casos», recuerda el docente.

Uno de los episodios más llamativos le ocurrió hace unos nueve años. «Llamé personalmente a una estudiante que tenía pendiente entregar unos documentos para irse de intercambio. Era julio y quise hacerle el favor. Me contestó de malos modos, tuve que colgar. Al poco, me llamó su madre. Le dije que lo sentía, pero que no podía hablar con ella. Me respondió: ‘Bueno, motivo tendrá’. La conversación fue correcta y no pasó de ahí».

Estos episodios, asegura, suelen quedar en anécdota de pasillo. «Lo comentas con un compañero y dices: ‘Mira lo que me ha pasado’. Y ya está. No va más allá porque sabemos cómo cortar la situación enseguida».

Cuando la madre habla… y la hija calla

En alguna ocasión, los profesores viven escenas casi surrealistas. «Una vez vino una estudiante acompañada por su madre. Le dije que no podía pasar. La madre insistió: ‘Es por un problema de salud mental, ¿cómo no me va a dejar entrar?’. Cedí y entraron las dos. La madre habló, la hija no abrió la boca. Al tiempo volvió la hija sola, habló con normalidad y todo quedó ahí. No hubo reclamación ni nada».

El límite, cuentan, suele ser la revisión de exámenes. «A veces alguien intenta venir acompañado. No dejamos. La conversación es corta: no está permitido». Pese a estos ejemplos, los docentes son prudentes: no hay una oleada de padres intentando mediar en la universidad. «De momento, podemos decir que todo esto es anecdótico. Son cosas que pasan, pero no se les da más importancia. En mi facultad, que además tiene mucha cercanía con el alumnado, no hemos tenido problemas importantes», termina Gascón.

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