Zaragozeando
El sonido olvidado de la Navidad zaragozana: "Era una cosa muy hermosa, pero como todas las cosas bonitas ya se ha terminado"
El tejado de la Diputación Provincial de Zaragoza alberga uno de los instrumentos más peculiares del país

Las campanas del carillón de la Diputación Provincial de Zaragoza ya no celebran la Navidad. / DPZ

La Navidad en Zaragoza ya no tiene la magia de antes. Eso al menos si se atiende exclusivamente al patrimonio sonoro, pues el carillón de la Diputación Provincial de Zaragoza (DPZ) lleva al menos cinco años en silencio. El instrumento, una rareza en toda España, dejó de sonar antes de la pandemia y no existe una previsión de que nadie vuelva a hacer tañer sus campanas. Otro diciembre más sin villancicos sonando al viento. Como evoca con nostalgia uno de sus últimos intérpretes: «Era una cosa muy hermosa, pero como todas las cosas bonitas en la vida ya se ha terminado».
El carillón de la DPZ está ubicado en la parte superior de su edificio principal en la plaza España de Zaragoza. Es un extraño armatoste que se instaló en 1991 para ser inaugurado al año siguiente. Según cuentan se compró en la casa Metz de la ciudad de Karlsruher, en aquellos años todavía en la Alemania del Este, y es uno de los cuatro únicos carillones de España, lo que lo convierte en una joya. Los otros están en la sede de la Generalitat en Barcelona, en el palacio del Escorial de Madrid y en la iglesia de San Pablo de Córdoba.
«Tiene un sonido estupendo que durante muchos años ha estado asociado a las fiestas de los zaragozanos», explica el organista y clavecinista José Luis González Uriol. A sus 89 años evoca el sonido de las campanas «con nostalgia» y gran sensación de pérdida. «Si pudiera subir esas escaleras aún me pondría a tocarlo, porque aunque tengo muchos achaques, las manos aún me funcionan perfectamente», explica.
El carillón tiene muchos secretos. El primero es que no está a la vista, así que su sonido aparecía de la nada y congregaba a los curiosos en la plaza y sus alrededores en los días de conciertos. Al puesto de control se accede por una angosta escalera interior y es el único que se puede interpretar manualmente gracias a un sistema de sirgas conectadas a los badajos de las campanas.
El carillonista y periodista Ignacio Navarro ha sido el gran valedor de este instrumento. Lamenta que fuera por una decisión política por lo que se dejaron de interpretar villancicos a pesar de la buena recepción popular que tenían los recitales. Unas momentos en los que la peculiar armonía de las campanas podía escucharse, según soplara el viento, a kilómetros de distancia. «Fue muy bonito poder gozar durante tantos años de un sonido tan especial, navideño y solemne al mismo tiempo», cuenta González Uriol.
Los repertorios, que no se limitaban a la navidad, eran muy variados. Los villancicos eran el grueso de los recitales, con sus tintineos entremezclados. También sonaron canciones populares y repertorios de música clásica. No en vano, las campanas tienen un gran repertorio en la música orquestal.
Según se explicó en su día, la instalación de este peculiar instrumento musical, con campanas que van desde los 40 a los 1.500 kilos, fue concebida a finales de los ochenta y se presentó su adquisición como un «aguinaldo» para la ciudad. Las campanas tienen inscripciones como Mido el tiempo que canto y algunas conmemoran el quinto centenario del descubrimiento de América, una cosa muy de la época. Durante un tiempo el carillón sonó también los primeros domingos de mes, así como en las fechas señaladas como la Navidad, el Año Nuevo, la Semana Santa, el día de Aragón, o para las fiestas del Pilar. Como instrumento solemne ha marcado el ciclo de la vida para millones de aragoneses. Ahora apunta un compás de silencio. «Fui muy feliz deseando unas felices fiestas a los zaragozanos», evoca González Uriol.
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