Un cazador aragonés que vivió la peste porcina de 1994: "Sacrificaron miles de cerdos de granjas y casas de muchos pueblos"
José Luis Calvo, más conocido entre su cuadrilla como Roda, cuenta a este diario cómo vivió su entorno la peste porcina de hace 31 años

José Luis Calvo "Roda", cazador originario de Peralta de Alcofea, subido a un remolque con tres jabalíes abatidos / SERVICIO ESPECIAL
José Luis Calvo, cazador experimentado originario de Peralta de Alcofea de 58 años, está viviendo una crisis por la peste porcina por segunda vez en su vida. Dedicado siempre al sector de la construcción, Calvo ha tenido siempre una afición inculcada por su padre desde muy pequeño: la caza. La pólvora y los perdigones han estado acompañando a Roda, como le conocen en su cuadrilla de cazadores de Salillas, desde los 13 años, y a principios de diciembre de 2025 todavía sigue con la escopeta en la mano.
Nuevo decreto, mismo virus, pero sensaciones y consecuencias -por el momento- completamente diferentes en Aragón, territorio en el que no ha salido ningún caso de este virus, por ahora.
Cuando sí salió fue en 1994, Roda lo recuerda con claridad cómo «miles de cerdos eran sacrificados en diferentes granjas y casas de sus alrededores». «Lógicamente no había la superpoblación que hay ahora, siendo el cerdo un producto esencial en la cultura aragonesa, pero anda que no había aquel entonces», explica a este diario. El proceso no era muy tedioso, al menos es lo que a él le contaban, ya que no presenció estos actos.
La explicación que le dieron por aquel entonces era que varios de estos animales que tenían gente de la zona enfermaban de la nada y finalmente morían, en principio «sin razón». Sin embargo, con el tiempo acabó declarándose una peste que afectó a todo un país, pese a que Calvo sólo actuó en Aragón.
Otro recuerdo que emana en su mente es cómo se llevaban los cadáveres de los cerdos enfermos en camiones que iban repletos de ellos, de ahí que sin una confirmación oficial los contará por miles. Aquella imagen —la mezcla de urgencia veterinaria, incertidumbre económica y quebranto emocional para los ganaderos— quedó grabada en su memoria como un recordatorio de la fragilidad del equilibrio rural.
Para Roda, la caza nunca ha sido solo una actividad recreativa. Es observación del territorio, responsabilidad colectiva y memoria de lo que el campo ha tenido que resistir. Tres décadas después, sigue participando activamente en las batidas de la zona, convencido de que prevenir, vigilar y actuar a tiempo es la mejor lección que dejó aquella crisis sanitaria. Su testimonio, sencillo pero contundente, recuerda que el monte también guarda sus propias cicatrices.
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