El automóvil coge la 'gripe' en Aragón: entre los ajustes de hoy y las promesas del coche eléctrico
El goteo de cierres, expedientes de empleo y recortes de producción en la industria auxiliar enfrían el ánimo del sector en una comunidad que intenta sostener el empleo y cruzar sin sobresaltos el puente hacia la movilidad del futuro

La fábrica de Bosal en Pedrola, este martes, ya sin actividad. / Jaime Galindo
El sector del automóvil en Aragón lleva meses con tos seca y febrícula industrial. No hay un diagnóstico de crisis generalizada, pero sí un malestar persistente, resfriados que reaparecen con cierta periodicidad en forma de anuncios de cierre, ajustes productivos o recortes de empleo. El último de ellos ha sido el avanzado este viernes por este diario que afecta a Mann Hummel, que plantea despedir a unos 150 trabajadores en su planta de Zaragoza.
La coyuntura actual está marcada por la incertidumbre de un sector que se encuentra en plena transformación tecnológica en su transición hacia la movilidad eléctrica, una metamorfosis que está resultado complicada porque la evolución del mercado no está siendo al mismo ritmo. El futuro del automóvil en la comunidad se antoja prometedor por las grandes inversiones que ha captado, con la gigafactoría de baterías a la cabeza, pero el presente está plagado de dificultades y algún que otro achaque.
En esa lista figuran los nombres de Airtex, Bosal o Adient, tres empresas de la industria auxiliar de la comunidad que, por vías distintas, han acabado en cierre, liquidación o ajuste de plantilla por diferentes motivos. La automoción aragonesa parece resfriarse justo cuando más necesita estabilidad para cruzar el puente hacia lo eléctrico.

Protesta de los trabajadores de Airtex contra la deslocalización y los despidos en la empresa. / Miguel Ángel Gracia
De los cierres de Airtex y Bosal a los recortes en Adient
En Airtex, el proceso fue casi un manual de deslocalización en cámara lenta. La planta zaragozana, ubicada en Plaza y dedicada a la producción de bombas de agua y gasolina para automóviles, vivió un primer gran golpe en 2023 con un ERE que finalmente afectó a 91 trabajadores (tras planteamientos iniciales más duros). El desenlace llegó después: en septiembre de 2025 se culminó el cierre definitivo con un último ajuste para los 11 empleados que quedaban.
En el caso de Bosal en Pedrola (Zaragoza) el giro fue más brusco. En julio de 2024, la empresa comunicó un ERE para toda la planta tras perder un contrato clave con Volkswagen que aportaba alrededor del 80% de su carga de trabajo. El expediente acabó con el despido de 131 trabajadores y el cierre de la planta.
Hace un año también cesó su actividad Pirineos Metal en Cuarte de Huerva, con 20 trabajadores. A ello se sumó un ajuste de personal en TI Automotive de Tauste, que ejecutó un despido colectivo para 55 trabajadores.

Dos trabajadoras en la planta de Adient en Alagón, donde la empresa plantea despedir a 171 trabajadores. / Adient
Más recientemente, Adient anunció un ajuste de personal para sostenerse entre proyectos, modelos que retrasan y decisiones corporativas. El pasado mes de octubre, la planta de Alagón afrontó la negociación de un ERE planteado inicialmente para 178 personas, el 25% de una plantilla de 741 trabajadores. El proceso terminó con un acuerdo que evitó que hubiera despidos forzosos al saldarse con 72 recolocaciones y 106 salidas voluntarias.
Una transición mal sincronizada
En menor medida, otros casos también han contribuido al ruido de fondo, con ajustes en contratas de servicios y logística vinculadas a la planta de Stellantis Figueruelas, expedientes de empleo que han alimentado los conflictos laborales en el sector.
Una parte de los problemas se deben al gran cambio de época que vive el automóvil. La transición hacia el vehículo eléctrico es inevitable, pero está mal sincronizada con la realidad del mercado. La industria está invirtiendo y adaptando sus líneas de producción, pero la demanda avanza más lenta de lo previsto, frenada por el precio, la falta de infraestructura de recarga y las dudas del consumidor.
Esa descompensación golpea especialmente a la industria auxiliar, donde muchas compañías conviven con la caída de productos asociados al motor de combustión sin que los pedidos ligados a electrificación compensen todavía. En definitiva, una transición industrial en la que se reducen los volúmenes de producción, hay más presión de costes y los márgenes son cada vez más estrechos.
A eso se suma la reordenación de proveedores de los grandes fabricantes y la competencia internacional. En este tablero, Aragón no es una isla. La estrategia de compras o los lanzamientos de modelos se traducen a veces en la pérdida de contratos y de carga productiva, a lo que sigue a continuación una reestructuración de plantilla o, en ocasiones, el cierre de una planta.
Y, sin embargo, el pronóstico de fondo no es oscuro. La coyuntura actual convive con hitos que refuerzan el papel de Aragón en el nuevo mapa industrial del automóvil, gracias a la gigafactoría de baterías que impulsan CATL y Stellantis, llamada a convertirse en uno de los grandes polos de producción del sur de Europa, o la producción de la marca china en Stellantis Figueruelas.
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