A fondo | Centros de datos en Aragón: hacer un lugar sin deshacer un paisaje

Amazon Web Services fue la primera multinacional en abrir centros de datos en Aragón, en Villanueva de Gállego, El Burgo y Huesca. / Amazon Web Services
Daniel Sarasa Funes
La proliferación de centros de datos no es exclusiva de Aragón; se trata de un fenómeno global. La reciente explosión de la inteligencia artificial (IA) hoy es consecuencia de la explosión previa del Big Data -del cual la IA se alimenta-. Una digitalización acelerada que ha comenzado a dejar huella en el paisaje aragonés en forma de enormes «cajones» arquitectónicos.
Aparte de terreno, la IA consume otros cinco elementos: datos para entrenar sus modelos, materiales y energía para alimentar su vasta circuitería electrónica, agua para refrigerarla, y talento para diseñar los algoritmos.
Tres de esos nutrientes de la IA están ligados al lugar: energía, agua y terreno. Por el contrario, los datos y el talento pueden ser aplicados en remoto. Esta división es la que permite deslocalizar los centros de datos de los polos de I+D+i.
De la misma forma que nadie discute que, allí donde la IA se diseña, genera economía del conocimiento, parece obvio que, en los territorios que se limitan a aportar energía, agua y terreno, los centros de datos son economía extractiva. Como las minas o las macrogranjas.
Para que los centros de datos contribuyan verdaderamente en Aragón a la economía de conocimiento –algo deseable– sin generar hipotecas ni tensiones inasumibles, la comunidad se enfrenta a varios desafíos.
El primero es energético. Dos son las magnitudes en liza: la potencia contratada –máxima potencia que la red puede suministrar en un instante–, que para los centros de datos medimos en gigawatios (GW), y el consumo a lo largo del tiempo, medido en terawatios por hora (TWh).
Para hacernos una idea, una ciudad de 700.000 habitantes como Zaragoza consume unos 3 TWh al año, equivalente a tres veces el consumo medio de uno de los más de 20 centros de datos anunciados en Aragón hasta la fecha.
Hoy, Aragón produce al año unos 22 TWh de energía y consume unos 10-11 TWh. Satisfacer la demanda de los 20 TWh al año adicionales que se necesitan con fuentes de energía propia requeriría incrementar mucho la producción –con consecuencias paisajísticas y probables tensiones políticas y sociales–, o bien el abastecimiento desde el exterior.
Pero los problemas energéticos no acaban aquí. La energía no está disponible de modo automático en cualquier punto; hay que transportarla. La red eléctrica realiza esa función logística.
La planificación estatal 2026-2030 concede a Aragón 4,5 GW de potencia, superior en 1 GW al escenario más optimista de demanda (según un estudio de la Fundación Basilio Paraíso respaldado por el propio Gobierno de Aragón). Con estos datos, Aragón poseería todavía un margen de potencia de 1 GW para acomodar nuevos proyectos hasta 2030.
Sin embargo, los planes conocidos del Gobierno de Aragón cargan la mayor parte de la demanda en el anillo metropolitano de Zaragoza. De la misma manera que no conectamos en nuestro hogar todos los electrodomésticos del mismo enchufe, conviene distribuir los centros de datos de manera equilibrada y vertebradora.
Para minimizar problemas de transporte, algunos centros de datos optan por electrones de kilómetro cero. Hace poco, el presidente Azcón y Forestalia presentaron el proyecto Búfalo, tres centros de datos abastecidos al 50% de las renovables que la compañía opera en Aragón.
Sin embargo, la extensión de los parques eólicos tiene un límite. En Virginia, su densificación ha empujado a Microsoft a un acuerdo para reabrir en 2027 el reactor nuclear de Three Mile Island, con el aval y la multimillonaria financiación de la administración Trump.
Aunque cada territorio es único, a los políticos de aquí les conviene saber que, en Virginia, la ola de indignación por los efectos de los centros de datos ha sacudido las elecciones del estado. Y eso que allí, donde llueve el triple que en Aragón, el consumo de agua no parece un problema.
Aunque el conjunto de los centros de datos anunciados en Aragón puedan consumir lo equivalente a 250.000 habitantes o 2.000 hectáreas de regadío, el principal problema, y ya es mala suerte, es que los centros de datos tienen sed a partir de unos 29º C de temperatura ambiente, a la vez que la agricultura y las personas.
Se comprende así que una institución de la tierra como Ecodes alerte en un reciente informe sobre el riesgo de conflicto con las comunidades locales sobre el uso prioritario del agua. En Aragón, el debate sobre el agua son palabras mayores.
El siguiente desafío tiene que ver con el ecosistema de talento e innovación. Para vislumbrar su tamaño hay que regresar, de nuevo, a Virginia y a sus nodos neutros.
Un nodo neutro (IXP) es el lugar donde se intercambia el tráfico de Internet. Para las empresas de alta tecnología, situarse cerca de un nodo neutro supone una ventaja competitiva, por la baja latencia –tiempo de respuesta– que su tráfico obtiene. En Aragón no existen nodos neutros, los más cercanos están en Madrid, Barcelona, o Bilbao. Por el contrario, Virginia alberga desde 1992 uno de los principales del mundo. Desde entonces, la zona se ha convertido en el principal punto de intercambio de la costa Este de EE.UU. Virginia no solo está bien conectada a internet; ella es internet.
Al margen de factores como la cercanía a la maquinaría gubernamental de Washington D. C., o la disponibilidad de capital riesgo, fueron la interconexión –nodos neutros–, la llegada de empresas de alta tecnología con aplicaciones interesantes, y los centros de datos para ofrecer altas capacidades de computación en la nube, y por ese orden, los ingredientes que hicieron de Virginia un ecosistema tecnológico.
Para que nuestros actuales centros de datos formen alguna vez parte de un ecosistema de innovación haría falta elevar mucho el nivel de imbricación de sus promotores con el tejido académico, investigador, empresarial, tecnológico, institucional y, por qué no, cívico y cultural del entorno.
Terreno, agua, energía, talento, transparencia y colaboración, además de la fiscalidad y, probablemente, de políticas de vivienda asociadas a la llegada de los centros de datos, son elementos a integrar en una futura planificación estratégica de la que hoy carecemos. Un proceso a abordar de manera participativa y sosegada.
Por todos estos desafíos, parece razonable plantear una moratoria que permita rehacer una estrategia aragonesa ante la llegada masiva de los centros de datos.
Parafraseando la legendaria canción del grupo aragonés La Bullonera, quizá lo sensato sea pararnos a pensar, como sociedad, en cómo abordar el fenómeno de los centros de datos para que contribuyan a hacer de nuestra tierra un «lugar» sin deshacer un paisaje.
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