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Salir de la situación de calle en Zaragoza: "No conseguía dormir tumbado porque llevaba tres años sin tener una cama"

Tras noches y noches pernoctando en las salas de espera de los hospitales de Zaragoza, Ignacio encontró un trabajo de celador hace seis meses y ahora duerme en una habitación de un piso compartido. Ahora, echa la vista atrás y remarca que es muy complicado dejar la calle mientras duermes en ella.

Una persona sin hogar durmiendo en la calle en Zaragoza, el pasado mes de noviembre.

Una persona sin hogar durmiendo en la calle en Zaragoza, el pasado mes de noviembre. / Miguel Ángel Gracia

Zaragoza

Saborea el primer trago de su café. Esta mañana, Ignacio (nombre ficticio) ha ido a trabajar y ahora aprovecha la tarde para descansar. Hace ya medio año que se reincorporó al mundo laboral y puso punto final a su vida en la calle, medio año desde que dejó atrás las noches en las salas de espera de los hospitales Clínico, Miguel Servet o Royo Villanova. «Los primeros días que estuve en la habitación no conseguía dormir tumbado. Llevaba tres años sin tener una cama, pasando las noches sentado, y me daba miedo estar solo», comparte.

Ignacio (1985) se remonta a los años posteriores a la universidad, cuando una vez terminado el grado de Filosofía se vio frente a un abismo al que hizo frente con las drogas y el alcohol. Después de varios avisos, su familia terminó por echarle de casa. Cuenta que entonces «ya llevaba un tiempo fuera del mundillo (de las adicciones)», pero los problemas de convivencia eran una constante. «Cuando sales de las drogas todavía es más difícil que te aguanten», explica. Entregó las llaves de casa y guardó sus pertenencias. «Todo lo que tenía cabía en una mochila. No necesitaba más espacio porque había vendido todo lo que podía para salir de fiesta», comparte. Y se marchó a la calle.

«Cuando me vi en esa situación pensé en dormir uno de cada tres días. Inocente de mí, porque eso no hay quien lo aguante. Sin saber dónde comer se puede vivir, porque alimento al final no te falta, pero sin dormir te vuelves loco», asegura. Las escasas horas de sueño iban acompañadas de un constante estado de alerta. Y no descansaba. «Me he llegado a quedar dormido mientras andaba por la calle», apunta.

A los pocos días decidió que dormir en el hospital sería una mejor opción. «Había trabajado allí y me acordé de haber visto a gente pasar la noche», indica. El contar con cámaras de seguridad y estar en un espacio cerrado fueron otras razones de peso para marcharse al Clínico. «En la sala de espera solo tenía un problema grande, que era dormir sentado. Acabé con las piernas totalmente hinchadas», detalla.

Ignacio se enfrentaba también a otro gran reto: guardar las apariencias. Todos los días se afeitaba, se aseaba y acudía a algunas tiendas a echarse colonia para mantener una rutina y evitar que su entorno conociera su situación. «Me pesaba más que no se enterase la gente que la dejadez», afirma.

Pasado un año, el Clínico puso fin a esta situación que él mismo describe como «insostenible» por la cantidad de personas sin hogar que acudían allí a pernoctar. Una gran mayoría se desplazó al Miguel Servet donde, según concreta, llegaron a dormir «unas 25 o 30 personas».

Él se sentía «en medio de ninguna parte, fuera del mundo, totalmente aislado». «Tenía momentos de decir, de aquí no salgo. Pensaba en beberme una botella de vino, en que se fuera todo a la mierda», expone con dureza. Da un trago a su café y añade: «El alcohol está a la orden del día, es una forma de evasión. No es que la gente alcohólica acabe en la calle, sino que quien está en la calle acaba alcoholizada. Tienes que evadirte de alguna forma, y es lo más barato».

Aliviado cuenta que resistió a las tentaciones, y desde la experiencia asegura que hasta a vivir en la calle acaba uno acostumbrándose. «De repente me di cuenta de que habían pasado tres años en los que mi vida había sido dormir en el hospital, desayunar en San Blas y pasar el día en la biblioteca», ejemplifica.

Fue entonces cuando decidió revertir su situación. Se apuntó a un curso de vigilante por las tardes y, aconsejado por su trabajadora social, se separó del grupo de personas sin hogar con las que dormía a diario. «Es que no íbamos a salir de la calle todos de la manita. Daba igual que nos metieran a todos en una nave y tuviéramos una cama cada uno. Si íbamos juntos, no hacíamos nada». También estaba convencido de que solo con un trabajo podría abandonar la calle de forma definitiva. «Si hubiera cobrado algo aún me habría acomodado más, porque si tienes adicciones te lo gastas en ellas», comparte sincero, y reconoce que su mayor preocupación era «caer en ese agujero». 

Con el miedo como compañero, se marchó a dormir solo a la sala de espera del Royo Villanova. Terminado el curso de vigilante, empezó a buscar trabajo. La campana sonó en verano, cuando le llamaron del Salud (estaba en la bolsa de empleo) para trabajar de celador. «El primer mes que estuve currando dormía en la calle. Tenía que hacer lo mismo que había hecho con el curso pero, en vez de clase, trabajo», indica, y subraya: «Salir de la calle mientras duermes en ella es muy difícil».

Aprovechó también ese tiempo para buscar una habitación en la que poder alojarse cuando cobrara. Ignacio está seguro de que trabajar para la administración pública jugó a su favor. Ahora, echa la vista atrás y afirma que «hay que tener mucho valor para ser normal». «Que en la calle se pasa mucho frío, sí, pero no tienes ninguna obligación más allá de desayunar, comer y cenar. El que trabaja tiene que cumplir unos horarios, aguantar aunque alguien te caiga mal, etc.», expresa.

Ignacio se termina su café. Ha pasado medio año desde que se armó de valor para dormir tumbado, para trabajar, para salir de la calle. Ha llegado el momento de dejar todo aquello atrás.

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