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Así se estudian las sequías en los anillos de los árboles: "La falta de lluvias nos ha afectado toda la vida"

El estudio de los anillos de los árboles permite a los investigadores reconstruir la historia de las sequías completando los registros oficiales de los últimos cien años: las últimas publicaciones detectan la falta de lluvias como un componente «estructural» que se ha intensificado en las últimas décadas

El geógrafo Miguel Ángel Saz tomando una muestra de un árbol.

El geógrafo Miguel Ángel Saz tomando una muestra de un árbol. / Universidad de Zaragoza

David Chic

David Chic

Zaragoza

Cuando el riesgo a la desertificiación se eleva en el valle del Ebro, los investigadores tratan de echar la vista atrás y definir el patrón de sequías al que se ha enfrentado Aragón en los últimos años. Para lograrlo han encontrado un aliado inesperado. El geógrafo de la Universidad de Zaragoza Miguel Ángel Saz participa en un ambicioso proyecto que utiliza los anillos de los árboles como «sensores» históricos para entender mejor la evolución de las lluvias.

A través de la llamada dendrocronología, el estudio de los patrones de crecimiento de los árboles, el equipo investigador que integra a expertos del CITA, el CSIC y universidades internacionales como la Johannes Gutenberg de Alemania está trabajando en la reconstrucción de la historia climática con una precisión asombrosa. De hecho, esta técnica permite obtener datos que se remontan hasta 250 años atrás, lo que supone contar con un siglo más de registros que los proporcionados por las estaciones meteorológicas oficiales. «Podemos ver que la falta de lluvias nos ha afectado toda la vida», indica.

El grosor de los anillos funciona como un marcador de las condiciones del pasado, actuando como «sensores biológicos» que reaccionan de forma distinta a las inclemencias según su ubicación. Así, Saz señala que en las zonas de alta montaña, donde la intervención humana ha sido escasa y se conservan los ejemplares más longevos, el crecimiento de los árboles «es especialmente sensible a las oscilaciones de la temperatura».

Por el contrario, en las zonas llanas del valle del Ebro, la situación es diferente por las dificultades para encontrar ejemplares antiguos debido a la transformación agrícola, aunque el pino carrasco resulta muy sensible al «historial de lluvias».

Los resultados obtenidos hasta la fecha confirman una realidad fundamental para la gestión del territorio: en el ambiente mediterráneo la sequía no es un fenómeno anómalo, sino «un componente estructural e intrínseco del clima». Sin embargo, la investigación arroja una advertencia preocupante, ya que los datos demuestran que, durante la segunda mitad del siglo XX, estas sequías han sido «significativamente más intensas que en los siglos precedentes».

La reconstrucción de estos últimos 250 años sirve así como una advertencia para los gestores del territorio y para los propios responsables de la Confederación Hidrográfica del Ebro.Para el investigador se deben adaptar los usos industriales y agrarios a un futuro con menos lluvias y más fenómenos torrenciales. «Muchas veces dependemos de la presencia de usos agrícolas y ganaderos para mantener el suelo en buenas condiciones, pues cuando desaparece es cuando se producen fenómenos de abandono que activan la erosión», avanza. Un daño que dejará una marca demasiado profunda en los anillos de los árboles que resistan.

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