Mariano Sanz Badía (85 años), el ingeniero que se adelantó al futuro desde Aragón
El investigador y profesor emérito de la Universidad de Zaragoza, reconocido por el Colegio de Ingenieros Industriales, ha desarrollado soluciones pioneras como la primera cocina de inducción funcional o el primer ascensor del mundo con recuperación de energía

Mariano Sanz Badía
Mariano Sanz Badía nunca se propuso ser pionero, pero buena parte de la industria contemporánea terminó recorriendo caminos que él ya había abierto. Cuando la electrónica de potencia aún no figuraba en los planes de estudio y la inducción parecía una extravagancia técnica, este ingeniero de origen cántabro y adopción aragonesa trabajaba ya sobre soluciones reales. Un pionero en el sentido más amplio. El Colegio de Ingenieros Industriales de Aragón y La Rioja lo ha distinguido recientemente con su máximo reconocimiento institucional, el Diploma de Honor 2025, una distinción que sirve de pretexto para mirar con perspectiva una trayectoria profesional marcada por la anticipación, la transferencia de conocimiento y una forma entender la ingeniería como servicio público.
Doctor ingeniero industrial y profesor emérito de la Universidad de Zaragoza, Sanz Badía (Torrelavega, 1940) huye del tono épico al hablar de su carrera. "He hecho lo que tenía que hacer. Me preparé, estaba ahí y las cosas ocurrieron", afirma en declaraciones a este diario. Sin embargo, detrás de esa modestia se esconden más de seis décadas de innovación, muchas de ellas adelantadas en años e, incluso, décadas a lo que después sería estándar en el mercado.

Mariano Sanz, recibe la distinción como Ingeniero del Año de manos del presidente del Colegio de Ingenieros Industriales de Aragón y La Rioja, Salvador Galve. / COIIAR
Su contacto con la industria fue temprano. "Mis padres tenían un bar y de niño vivía en un lugar rodeado de los obreros de las fábricas del entorno", rememora. Muy pronto entendió que la ingeniería era la vía para transformar la realidad. Inició su formación en Santander, donde cursó peritaje industrial, antes de trasladarse a Terrassa (Barcelona) para estudiar Ingeniería Industrial.
La "revolución" de la electrónica de potencia,
Cuando comenzó su carrera profesional, la electrónica de potencia aún no existía como tal. El control industrial era mecánico o electromecánico. Todo cambió a finales de los años sesenta, con la llegada de los tiristores, los primeros semiconductores de potencia. Sanz Badía participó en la adaptación de aquella tecnología emergente a procesos reales, impulsando instalaciones que multiplicaron la productividad de fábricas españolas en sectores como el papel, la metalurgia o las grúas industriales. "Aquello fue una auténtica revolución industrial", recuerda.
En 1973 se traslada a Zaragoza, donde fundó su propia empresa, Aitel (Aplicaciones Industriales de Técnicas Electrónicas), desde la que desarrolló soluciones avanzadas cuando aún no existía mercado para ellas. Esa combinación de conocimiento técnico y aplicación práctica acabaría llevándolo también a la universidad. Llamado para introducir la electrónica industrial en la formación de ingenieros, comenzó una etapa decisiva como docente en la Universidad de Zaragoza, donde contagió a varias generaciones de alumnos una manera distinta de aprender, con equipos reales, visitas a fábricas y problemas industriales sobre la mesa.
La colaboración universidad-empresa que da frutos
De esa colaboración natural entre universidad y empresa surgiría uno de los hitos más conocidos de su carrera. Recibió el encargo de colaborar con la empresa Balay para desarrollar una nueva tecnología doméstica: la cocina de inducción. El proyecto arrancó en 1978 y culminó tres años después con el primer modelo funcional del mundo de este electrodoméstico. Primero con tiristores y después con MOSFET, la tecnología que permitió hacerla viable comercialmente.
“Empezamos a calentar en el desván del edificio de Interfacultades, porque en la universidad no había potencia suficiente”, recuerda. Aquel trabajo sentó las bases de un producto que hoy es bandera industrial de BSH Electrodomésticos (antigua Balay) en Zaragoza y del que se han fabricado ya decenas de millones de unidades.
La eficiencia energética llega al ascensor
No fue el único avance adelantado a su tiempo. Ya en 1974, su equipo desarrolló el primer ascensor del mundo con recuperación de energía, capaz de devolver electricidad a la red durante las bajadas y frenadas. Una tecnología hoy asumida como estándar, pero entonces absolutamente disruptiva. La innovación, sin embargo, no siempre va acompañada de éxito empresarial. “Íbamos por delante del mercado con una empresa pequeña”, explica.
Multinacionales como Siemens, Schindler o General Electric acabarían comercializando años después soluciones similares, con una capacidad industrial imposible de igualar. Lejos de la carrera por la patente o el reconocimiento económico, Sanz Badía optó por seguir creando y enseñando. "Yo me he dedicado a hacer cosas, no a buscar medallas»" resume.
Desde Aragón, también jugó un papel decisivo en el desarrollo de las energías renovables y su integración en la red eléctrica. Participó en los primeros parques eólicos y en los modelos de conexión que hoy se consideran estándar. “Muchas ideas fueron rechazadas o incluso ridiculizadas, y diez años después se adoptaron como referencia europea”, recuerda.
Cofundador de la Fundación Circe, colaboró además como asesor del Gobierno de España en políticas energéticas, revisando proyectos y sentando bases técnicas que hoy se consideran fundamentales en la transición energética. Ya como profesor emérito, Sanz Badía mantiene una intensa labor divulgadora. Imparte clases en másteres universitarios, participa en foros especializados y ofrece charlas a públicos diversos, incluidas personas mayores, convencido de que el conocimiento tecnológico no debe quedarse encerrado en laboratorios o despachos.
Un mensaje a los jóvenes ingenieros
A sus 85 años, Mariano Sanz Badía sigue reivindicando el papel social de la ingeniería. “Nuestra función es clave para que las empresas funcionen, para que la sociedad avance”, sostiene. Y lanza un mensaje claro a las nuevas generaciones: ilusión, compromiso y responsabilidad. “La tecnología es la adaptación de la ciencia para hacer cosas útiles. Y de eso dependen el empleo, el bienestar y el futuro”.
El Diploma de Honor del Colegio de Ingenieros Industriales de Aragón y La Rioja reconoce a un ingeniero cuya huella está presente en cocinas, ascensores, fábricas y redes eléctricas de medio mundo. Un pionero discreto que ayudó a construir buena parte de la industria y del modelo energético que hoy se da por hecho.
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