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Una mujer trasplantada en Aragón: "Estaba agonizando cuando me llegó el hígado"

Rosa Leche tiene una enfermedad autoinmune desde hace más de quince años. En octubre le trasplantaron y ahora ya está en casa aunque aislada y en recuperación

Rosa Leche, trasplantada de hígado hace tres meses.

Rosa Leche, trasplantada de hígado hace tres meses. / Servicio Especial

Zaragoza

Está asilada. Sin sus familiares, sin sus amigos. También sin su perro. Han pasado tres meses desde que a Rosa Leche le trasplantaron el hígado y sigue en recuperación. «Estoy sin defensas, pero he pasado del negro al blanco. Me estaba muriendo y me han dado una vida nueva», celebra, y añade: «Gracias a Dios que llegó el órgano, porque estaba agonizando».

Rosa se remonta a 2009 para explicar su historia. Entonces le realizaron unas analíticas y detectaron que tenía una enfermedad autoinmune por la que su organismo destruye los anticuerpos que genera. Empezó a medicarse y le hacían seguimiento desde el hospital Clínico de Zaragoza. «La gente asocia el trasplante de hígado al alcohol, pero no siempre tiene que ver. En mi caso, no fue así. Ni fumo, ni bebo», remarca.

El tiempo pasaba para Rosa. Cada dos años se hacía biopsias y todo parecía seguir su curso hasta que empezó a verse los pies hinchados, los ojos amarillos y una cabeza que, dice, «no estaba bien». «Creía que era estrés, pero me hicieron análisis y me dijeron que tenía que irme al hospital. Me ingresaron y le explicaron a mi familia que había que trasplantar», recuerda.

Rosa explica que el hígado «es como una esponja que va absorbiendo sangre». Lo que pasó es que el suyo se hizo muy grande y no depuraba la sangre. «Empezó a hacerse piedra», describe. Aunque le recetaron «mucha medicación», el órgano se le estaba infectando y le podían fallar también los riñones. «Había que trasplantar», apunta.

Sus cuatro hermanos se ofrecieron como donantes pero, según relata Rosa, «el deterioro era tan grande que el órgano tenía que venir de una persona fallecida». Y entonces llegaron las pruebas. «Me evaluaron para ver si era apta al trasplante y, una vez que me dijeron que lo era, entré en lista de espera», desarrolla.

Pasaba el tiempo para Rosa y su hígado no llegaba. «Yo me iba apagando como una luz. Cada mes iba a las revisiones y decía... ¿Pero no llega?», expresa. En el proceso le acompañaba Aetha, la Asociación de Enfermos y Trasplantados Hepáticos de Aragón. Mas ella sentía que su final estaba cerca. «Me estaba muriendo. No me podía sentar, doblar, comer...», detalla. Colgado al cuello llevaba siempre su móvil en sonido para atender todas las llamadas. «Te pueden avisar ser el día que menos te lo esperas», dice.

Rosa pasó todo un año en lista de espera. Le vacunaron «de todo» y no podía tener contacto físico con nadie porque sus defensas eran muy bajas y tenía que protegerse de los virus. «Hay que evitar hasta un dolor de muelas», comparte. Las buenas noticias llegaron el 20 de octubre de 2025. «Acababa de llegar a casa. Eran las 16.00 o las 17.00 horas y me estaba poniendo el pijama. Me llama un número que no conocía y me dicen: hospital Lozano Blesa, tenemos un posible órgano para ti», recuerda. Y expresa: «Me tembló todo el cuerpo».

Y entonces, el miedo. Rosa y su marido se marcharon al Clínico nerviosos y con la idea de que el hígado podía «no ser el idóneo». Así se lo habían advertido los profesionales sanitarios y así lo había interiorizado Rosa. Sobre las 18.00 horas llegó al hospital y empezaron las pruebas. «A las 23.00 horas me dijeron, el hígado es tuyo. Y ahí me entró el pánico», cuenta sincera.

«A las 24.00 horas empezó el proceso y no salí hasta las 7.00 del día siguiente. Me metieron en la uci y estuve allí desde ese lunes 20 de octubre hasta el viernes al mediodía, cuando me subieron a planta», desarrolla. Luego, un mes ingresada y siguiendo unas medidas de higiene y aislamiento muy estrictas. «No podía salir ni al pasillo, y todos entraban a mi cuarto con mascarilla. Tenía unos filtros especiales para lavarme los dientes, y solo podía beber agua embotellada», ejemplifica. «Aquello se me hizo muy duro», reflexiona.

Desde finales de diciembre, Rosa está en casa. Las medidas de higiene siguen presentes y se quedarán, al menos, un año. Su vida de ahora es diferente y, reconoce, «no es fácil». «A mis hermanos no los he visto desde la uci», apunta. Echas de menos a tú familia y la normalidad, pero prefiero eso y estar viva», expresa. Celebra haber recibido un hígado y se muestra muy agradecida. «Te dan otra vida», concluye.

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