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Aragón, ante su gran dilema energético: una potencia renovable con luces, sombras y conflictos

La comunidad es un líder eléctrico en España y atrae inversiones, pero el despliegue de renovables, la saturación de las redes y el reparto del valor de la energía abren un debate de fondo sobre el modelo

Varios molinos de viento en La Muela junto a la silueta del emblemático toro de Osborne.

Varios molinos de viento en La Muela junto a la silueta del emblemático toro de Osborne. / Ángel de Castro

Zaragoza

Aragón se ha consolidado como una de las grandes potencias energéticas de España. Lo es desde hace décadas, por tradición hidroeléctrica, el pasado del carbón y por su papel histórico como territorio exportador de electricidad, pero su perfil como productor se ha intensificado de forma extraordinaria en los últimos años gracias al despliegue masivo de energías renovables.

Hoy, más de la mitad de la electricidad que se genera en la comunidad se va fuera de sus fronteras, un dato que resume tanto su fortaleza estructural como el origen de algunos de los debates más intensos que atraviesan la política aragonesa.

El viento y el sol han convertido a Aragón en un polo privilegiado para la transición energética. La calidad del recurso eólico, impulsado por un cierzo constante, la elevada radiación solar y la disponibilidad de grandes extensiones de suelo han facilitado la rápida implantación de parques eólicos y plantas fotovoltaicas. A ello se suma una localización estratégica en el eje noreste peninsular, clave para la evacuación de energía. Este cóctel explica que la comunidad sea un líder de la generación renovable y que haya atraído una parte muy relevante de las inversiones industriales anunciadas en España en los últimos años.

La energía limpia y relativamente barata es uno de los factores determinantes para la llegada de proyectos intensivos en consumo eléctrico. Los centros de datos, llamados a transformar el tejido económico, la gigafactoría de baterías o las plantas de hidrógeno verde están directamente vinculados a esa enorme capacidad de generación. Aragón se encuentra, por primera vez, ante la posibilidad de pasar de ser un territorio excedentario a consumir una parte creciente de la electricidad que produce, capturando más valor añadido y empleo.

Sin embargo, junto a esta oportunidad se han multiplicado las tensiones. El despliegue acelerado de renovables ha abierto un debate social y político sobre su impacto en el medio rural. Se cuestiona si el retorno económico es proporcional al beneficio que obtienen las grandes eléctricas, y si los ingresos fiscales y los alquileres de terrenos compensan la alteración del paisaje o la presión ambiental. La contestación a los macroproyectos eólicos y solares, especialmente en algunas zonas de Teruel, se ha convertido en un elemento central del discurso de algunas formaciones políticas.

A estas críticas se suma un problema estructural: la saturación de las redes eléctricas. Tanto la red de transporte como la de distribución están al límite de su capacidad en amplias zonas del territorio, lo que pone en riesgo la materialización de proyectos industriales ya anunciados. Aquí se ha abierto un frente político entre el Gobierno de Aragón, que reclama inversiones mucho más ambiciosas para no perder oportunidades, y el Gobierno central, que defiende una planificación más prudente y alerta de posibles burbujas -especialmente en centros de datos-.

En este contexto, el Ejecutivo autonómico ha tratado de impulsar de nuevo una ley propia de energía, con el objetivo de ordenar el sector y favorecer el consumo local de la electricidad producida en Aragón mediante el autoconsumo industrial. No es un debate nuevo. Ya en la anterior legislatura un intento similar fue frenado por el Tribunal Constitucional por invasión de competencias estatales. El bloqueo se ha vuelto a repetir, alimentando la sensación de que la comunidad tiene capacidad productiva, pero margen político limitado para decidir el destino de su energía.

Además, el despliegue renovable arrastra sombras que vuelven a aflorar en campaña. En 2023, las energías verdes fueron uno de los grandes campos de batalla electorales, con acusaciones de irregularidades en la tramitación y la aprobación ambiental de proyectos. Aquella polémica derivó en una comisión de investigación parlamentaria que se cerró sin conclusiones claras. Recientes actuaciones judiciales y diversas informaciones periodísticas han vuelto a sembrar dudas sobre posibles corruptelas.

Aragón encara así una encrucijada decisiva. Su fortaleza energética es incuestionable, pero el modelo de desarrollo y la capacidad de las infraestructuras marcarán si la energía se convierte en el gran motor de una nueva economía o en una fuente de conflicto. En campaña electoral, ese debate no es técnico, sino profundamente político.

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