Opinión | Análisis
El espejo incómodo del bipartidismo

Un momento de las votaciones del 8F en Aragón. / JOSEMA MOLINA / EPA
Las elecciones dejan en Aragón una foto tan llamativa como inquietante: Vox es el gran ganador y alcanza los 14 escaños. La cifra no es casual ni anecdótica. Son exactamente los mismos que obtuvo Podemos en 2015, cuando el bipartidismo sufrió uno de sus mayores golpes en décadas. Once años después, el tablero vuelve a sacudirse con fuerza. Cambian las siglas y los liderazgos, pero el mensaje que lanzan las urnas es inquietantemente parecido.
El PSOE regresa prácticamente a su suelo electoral, con un resultado muy similar al de aquel 2015. El PP, por su parte, pese a gobernar y presentarse como el dique frente a la ultraderecha, parece haber tocado techo. No crece, no suma y, lo que es más preocupante, pierde votos por el flanco por el que pretendía ensanchar su base. La estrategia de quitarle espacio a Vox no solo no ha funcionado, sino que ha acabado reforzándolo.
Los datos son elocuentes. Muchos votos del PP han terminado en Vox. Y una parte muy significativa del electorado socialista se ha repartido entre Vox y CHA. El bipartidismo aguanta, pero ya no manda. Conserva estructura y suelo, pero ha perdido capacidad de seducción. Y cuando los grandes partidos dejan de ofrecer respuestas convincentes, otros ocupan ese vacío sin demasiados complejos.
Hay, además, una lección que vuelve a repetirse con una precisión casi matemática: cuanto más intenta un partido tradicional parecerse a un populismo, más se debilita frente a él. Le ocurrió al PSOE cuando trató de competir con Podemos en su propio terreno, asumiendo parte de su discurso y de su marco político, y acabó legitimándolo como alternativa. Y le ha ocurrido ahora al PP, que al endurecer posiciones y acercarse a los códigos de la ultraderecha no ha logrado fagocitar a Vox, sino justo lo contrario: ha validado su relato y ha empujado a parte de su electorado hacia el original antes que hacia la copia.
Los populismos tienen sus momentos. Y ahora es el de Vox, como antes lo fue el de Podemos. La fórmula es conocida: soluciones simples para problemas complejos, mensajes directos, enemigos claros y promesas rotundas. Funciona. Los votantes lo compran, al menos durante un tiempo. Luego llega la gestión, la realidad, las contradicciones y el desgaste. Así se explica que Podemos haya pasado de ser decisivo a desaparecer de las Cortes de Aragón.
Vox vive hoy su momento de realidad aumentada. Capitaliza el malestar, la frustración y la sensación de bloqueo. Pero la historia reciente demuestra que estos ciclos no son eternos. Lo verdaderamente preocupante es que PP y PSOE sigan reaccionando tarde y mal, repitiendo errores ya conocidos. Esta vez, la advertencia suena más clara que nunca: imitar al populismo no lo frena; lo alimenta. Y quien no lo entienda seguirá mirando encuestas mientras pierde elecciones.
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