Entrevista | Cristina Monge Politóloga, ganadora del premio Paidós por 'Contra el descontento'
Cristina Monge, politóloga: "El futuro es un sitio apocalíptico al que nadie quiere ir"
La zaragozana analiza en su nuevo ensayo el clima de falta de futuro en la sociedad, compara con las últimas décadas de la política nacional e internacional y anima a jóvenes y veteranos a construir la alternativa a la deriva reaccionaria.

La politóloga zaragozana Cristina Monge. / EFE / MARIO MORÓN PEREIRA

¿Qué ha pretendido expresar en Contra el descontento?
Entender cuáles son las causas de los malestares y del descontento que existe hoy en la sociedad. Entenderlo y de alguna forma también identificarlo y ser capaz de documentarlo. También constatar una propuesta, porque es mentira esa máxima que nos dejó el neoliberalismo de que no hay alternativa. Con el famoso TINA (There ir no alternative) parecía que la historia se había acabado y que estábamos abocados a que las cosas fueran de una única manera. Pues no: siempre hay alternativas, que hay que buscarlas y que todos los desafíos que vemos delante de nosotros, como la transición ecológica o la revolución digital, no admiten una sola forma de gestión, sino que pueden ser gestionados de muchas maneras y en función de cómo se haga el resultado será más o menos positivo. Una apelación a abrir un gran debate y una gran conversación que nos haga plantear cómo sería un futuro deseable.
¿Ese futuro deseable se ve a simple vista?
No. Hoy el futuro es un sitio apocalíptico y al que nadie quiere ir. Es un sitio en el que el cambio climático nos va a achicharrar, la inteligencia artificial va a manipular nuestro pensamiento y nuestras emociones, grandes movimientos de personas por el mundo van a desestabilizar sociedades... Hemos construido un futuro en torno a esas imágenes. Las democracias y el ser humano necesitan esperanza de un futuro hacia el que se quiera ir. Hemos dedicado mucho tiempo a diagnosticar cuáles son los grandes problemas, pero no hemos dedicado apenas tiempo a pensar cómo querríamos que fuera ese futuro. Este libro es una llamada, es una apelación a abrir una gran conversación pública donde definamos cómo es el futuro en el que queremos vivir.
¿Quién tiene que presentar ese futuro apetecible?
Mi propuesta es que sea una gran alianza de todos los actores, de la política, de las asociaciones y de la sociedad civil. Estamos en un momento en el que se está reconstruyendo el contrato social, pero no está en el debate público. Necesitamos a todos los conocimientos, a la política y al mundo de la economía o al de la cultura. Una alianza que tiene que darse entre todos estos actores.
¿Es posible esa alianza?
Necesita mucha conversación, pero justamente la alianza se va a dar en esa conversación. También es clave el papel de los medios de la comunicación.
Analiza en este libro el origen del descontento que hoy impregna en la sociedad, pero en la mirada al futuro hay mucho mensaje a los jóvenes. ¿Es un libro para ellos?
Creo mucho en lo intergeneracional, no he escrito este libro por los jóvenes, pero sí que los he tenido muy presentes. Ellos son parte fundamental de la conversación pública. Ellos, sobre todo en masculino, tienen un mayor descontento. Hablamos de una generación que nació con los ecos de la crisis de 2008, que cuando eran adolescentes los encerramos un año en casa por la pandemia y que cuando salen descubren que la guerra está a las puertas de Europa. Una generación a la que no hemos sido capaces de explicar por qué la democracia es un sistema por el que merece la pena apostar. Con todo esto, la gente tiene motivos para el descontento, pero hay que preguntar qué se va a hacer.
¿Le pone deberes a esos jóvenes?
Les interpelo directamente. Porque poner de manifiesto la desigualdad o la falta de horizonte está claro y está muy bien, pero creo que es necesario que no se queden ahí. ¿Cómo van a plantear estas batallas? ¿Se van a refugiar en el individualismo y en la tecnología o van a plantear un marco distinto en el que pelear por la vivienda, por sus derechos o por una mejor incorporación al mundo laboral?
Hoy los medios solo dicen de los jóvenes que votan en masa a la ultraderecha y que desprecian el feminismo del siglo XXI. ¿Los jóvenes solo abrazan las fuerzas reaccionarias?
Para nada. Sabemos que hay un porcentaje, sobre el 25%, que tienen esos postulados. Pero hay otro 75% que no, que defienden posturas feministas, ecologistas o que salieron en sus universidades a denunciar el genocidio de Gaza. Hay una crisis muy importante de identidad entre los hombres jóvenes porque el feminismo supone replantear los roles de género. Sienten que pierden poder y privilegios y no saben cómo gestionar eso. Hay que tener la empatía suficiente como para entender esa incertidumbre y ser capaces de gestionarlas desde el acompañamiento.
En una sociedad tan tecnológica y que distancia tanto, ¿cómo se pueden revertir esas complicaciones que tienen algunos hombres jóvenes para relacionarse con las mujeres?
Saber gobernar las tecnologías para ser ayuda para la convivencia. Se están construyendo nuevos roles. Ellas han tenido un movimiento muy importante de empoderamiento y algunos hombres están reaccionando con miedo y prevención. Se debe entender que en una sociedad igualitaria ganamos todos.
¿Se está a tiempo de revertir esa reacción?
Por supuesto. Si, pero con perspectiva histórica, cada avance en materia de derechos, de derechos laborales, de derechos sociales, de derechos económicos, de derechos de las mujeres ahora, ha generado después un movimiento de retroceso. El famoso backlash. La Historia nos dice que esos momentos de reacción se superan, pero construyendo sociedades distintas.
¿Qué papel va a tener la política en la construcción de esas nuevas sociedades?
Los partidos políticos en las democracias representativas son agentes fundamentales. Y los tradicionales en Europa están en una auténtica crisis, aunque en España resisten mejor que en otros países. Pero esta crisis tiene que ver con la incapacidad de los partidos para entender los descontentos y los malestares sociales. Han perdido sensores para entender lo que pasa en la sociedad y cada vez tienen más problemas para identificar el estado de ánimo de los ciudadanos. Pero, ¿qué pasa cuando miramos a los otros liderazgos? Pues vemos que salvo el caso de Donald Trump, que la sociedad norteamericana también es muy peculiar, muchas veces llegan al poder durante un tiempo y terminan cayendo, porque les afloran los mismos problemas que al resto de partidos.
En Aragón, parece que Vox va a gestionar. Y en Europa lleva tiempo pasando que los reaccionarios gobiernen. ¿Qué hay después de ellos?
Dependerá de lo que hagamos, que es lo que planteo en el libro. Ni yo ni nadie tenemos la bola de cristal, pero sí sabemos que el futuro no está escrito. Si los partidos tradicionales son capaces de darse cuenta del desafío y saben analizar y darle respuesta, será un momento para fortalecerse. Si no son capaces, aparecerán otros, porque en política el espacio vacío no existe.
¿Los partidos políticos tampoco se atreven a mirar al futuro y juegan mucho al presentismo?
La propuesta de futuro de la ultraderecha es mirar al pasado. Bauman utiliza el concepto de retrotopía, la huida hacia un pasado idealizado que nunca existió. Y la izquierda no la tiene. Es una izquierda conservadora que quiere conservar los logros obtenidos como la democracia, el Estado de Derecho, los avances en igualdad o la progresiva conciencia ambiental. Se conforma con mantener y no tiene propuesta de futuro, más allá de grandes consignas. Y lo hace obviando algunos desafíos, como esa reacción al feminismo que decíamos antes, que son necesarios de entender. Hay que ser conscientes y reconocer que muchos de los avances que se han dado también generan contradicciones o problemas que hay que ir resolviendo.
Los partidos no miran al futuro, un ciudadano al que le cuesta llegar a fin de mes, que no puede pagar el alquiler... ¿Puede hacerlo?
Pasó mucho en el mundo ambiental. Se hizo popular una idea que decía que no podíamos pedir a nadie pensar en el fin del mundo cuando le viene justo para llegar a final de mes. Y es así. En la conversación pública tenemos que ser capaces de conjugar la mirada a largo plazo con la respuesta a desafíos en el corto. Hay que tener hitos que te aseguren que te vas acercando a ese largo, pero resolviendo los problemas del día a día.
¿Cuál le gustaría que fuera la reacción de una persona que lea Contra el descontento?
Me gustaría que tuviera la sensación de que estos descontentos que hoy existen también dependen en buena medida de lo que sea capaz de hacer. Una apelación a que cada cual sienta el potencial que tiene, sobre todo en colectivo, para definir ese futuro. Es como en una cena: si no estás sentado a la mesa, eres parte del menú.
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