Los cien años de la Confederación Hidrográfica del Ebro, el organismo que cambió el paisaje de Aragón: de los pantanos al reto del cambio climático
La CHE ha sido responsable del desarrollo agrario en la cuenca y se convirtió en 1926 en el primer organismo que gestionaba un río desde su nacimiento hasta su desembocadura
David Chic
Los años veinte del siglo pasado significaron una revolución en toda Europa. Recién salidos de la Gran Guerra, los países dieron el paso a la modernidad apostando por el cubismo y el charlestón. En Aragón comenzó la construcción de la estación de Canfranc y se inauguró el club deportivo Helios. Se construyeron los primeros saltos hidroeléctricos abasteciendo de electricidad al medio rural y llegó el turismo. Por ejemplo, en Villanúa se abrió al público la cueva de Las Güixas. El país y el territorio estaba deseoso de innovaciones. Se fundaron la Telefónica que cosió con postes las zonas rurales y llegó la revolución del transporte aparejada a la creación de Campsa para gestionar el negocio del petróleo. En este contexto, un cinco de marzo de 1926 se ordenó la organización de las Confederaciones Sindicales Hidrológicas de la Cuenca del Ebro, el germen de la actual Confederación Hidrográfica del Ebro (CHE) que este mes cumple 100 años como pionera en la gestión unitaria de los usos de un cauce y como la gran modeladora del paisaje de nueve comunidades autónomas.
Como en la actualidad, la cuenca del Ebro sufre los rigores del clima mediterráneo soportando en breves periodos de tiempo etapas de estiaje y grandes avenidas. Eso ya obligaba hace cien años a pensar en grandes obras de regulación que mitigaran las afecciones. La figura de Joaquín Costa con sus llamamientos a regar los rabiosos secanos de los Monegros se había instalado en la opinión púbica y era el modelo a seguir. Sin embargo, para sacar adelante el impulso modernizador hacía falta favorecer la intervención estatal y un organismo que pusiera de acuerdo a los usuarios de aguas arriba y de aguas abajo.
Los primeros pasos de la CHE abordaron infraestructuras hidráulicas muy costosas y complejas (como el gigantesco embalse del Ebro entre Cantabria y Burgos) que ninguna comunidad de regantes o empresa hidroeléctrica de la época tenía capacidad de financiar o ejecutar.
La época más oscura del organismo implica el desalojo de pueblos para la construcción de pantanos
La posibilidad de guardar el agua del Ebro y la revitalización de las grandes estructuras heredadas de los siglos precedentes como el canal Imperial o el de Tauste, hasta entonces dependientes de la climatología, permitieron impulsar un cambio agrícola pasando de cultivos de invierno (que se conformaban con el agua de lluvia o deshielo) a cultivos de verano, hortícolas y frutales, que son mucho más rentables pero necesitan riego constante en los meses de verano, según explica el comisario adjunto de Aguas de la CHE, Javier San Román, también coordinador de los actos organizados por la institución para celebrar el centenario.
El desarrollo de la cuenca ha sido constante, con un goteo de grandes embalses como Yesa, Mansilla, Barasona, Mediano, El Grado o La Sotonera. Desde su origen todos los pantanos han sido coordinados por el organismo de cuenca, algo que nunca se ha puesto en duda. Lo mismo para los destinados a los regadíos como para los usos hidroeléctricos.
Aunque no lo parezca, el desarrollo de la Confederación Hidrográfica del Ebro también ha tenido un notable impacto ambiental y paisajístico. En los primeros años ya se creó el Servicio de Aplicaciones Forestales (1926) para afrontar una realidad del sur de Europa, cuando las sierras y cordilleras estaban completamente peladas y sin arbolado. Este cuerpo de trabajo fue el encargado de repoblar los montes para evitar que el barro y los sedimentos llenaran de tierra los nuevos embalses en los que se estaban dedicando grandes cantidades de fondos públicos. De forma paralela también+ se lograron frenar las riadas torrenciales que causaban daños catastróficos.
El fundador Lorenzo Pardo
El gran nombre detrás de la CHE es el del ingeniero de caminos Lorenzo Pardo. «Abarcaba muchas facetas de conocimiento», indica San Román. El madrileño gestionó la integración de los usos agrícolas, industriales y urbanos del agua, garantizando abastecimiento y sentando un precedente que inspiró la fundación de otras confederaciones tanto en España como en el mundo pues gracias a las obras de regulación se desarrollaba económicamente la cuenca. Desde su origen la CHE siempre ha sido un organismo autónomo, pero dependiente de los presupuestos generales del Estado.
Tras estos años iniciales de grandes obras y reforestación, muy bien recibidos por la opinión pública de ese periodo de entreguerras sediento de modernidad y novedades, llegaron las primeras críticas.
Escudo de la CHE en los años republicanos. / Archivo CHE
Los años de la Segunda República no fueron buenos años para el organismo de cuenca aunque de estas fechas data el diseño de los pantanos que se acabaron levantando durante el franquismo. Llegaron las primeras voces alertando del alto coste económico que suponían las obras hidráulicas y se perdió parte de la dirección política que centró sus empeños en otras áreas de modernización social como la reforma agraria.
Posteriormente, durante la guerra civil, la CHE queda dividida y sus funciones paralizadas. La institución sufre daños, duplicidades y una pérdida temporal de eficacia operativa. La sede nacional quedó en Zaragoza y la republicana pasó por las oficinas de Monzón o Mollerusa, entre otras.
La llegada de la dictadura franquista y el avance material del desarrollismo permitió una época de consolidación de más de cuarenta embalses y canales que ya venían proyectados desde el principio del siglo. «La autarquía obligó a las administraciones a apostar por la regulación hidráulica para que las cosecha no dependieran de la lluvia, algo que llevó al organismo de cuenca a liderar la política hidráulica del franquismo con un modelo técnico y centralizado que acabó transformando el paisaje y el regadío», indica San Román.
Épocas oscuras
En estos años la CHE también anota sus épocas más oscuras. «Lo más duro fue desalojar a gente para construir embalses», reconoce el actual comisario de aguas. Como le trasladan los familiares de las personas que se tuvieron que marchar en estos años de gestión siempre ha quedado la sensación de que las personas que se han beneficiado de las obras no han sido lo suficientemente agradecidas con las que se tuvieron que marchar.
La transición democrática y la ley de aguas de 1985 transformaron el modelo de gestión, incorporando la participación pública, la sostenibilidad ambiental y el control de calidad de los cauces. En esos años la CHE se reforzó con químicos, biólogos y ambientólogos ampliando su vocación ecológica frente a los años centrados en el hormigón.
Desde el organismo destacan que el presente «está especialmente ligado al reto que supone el cambio climático». La Directiva Marco del Agua consolida la planificación por cuenca y se implementan estrategias frente a la emergencia ambiental, como los planes de riesgo, la restauración fluvial o los programas Ebro Resilience y Ebro Fluye.
Estos cambios han sido fundamentales a lo largo de la historia, convirtiendo al organismo de cuenca en una autoridad indiscutible a la hora de abordar el debate ambiental y el desarrollo económico. En este momento la CHE es el modelo en el que se miran la decena de confederaciones de España y esperan que los actos del centenario permitan difundir la labor de una entidad que aboga por «el entendimiento y la colaboración» en su forma de actuar.
Para difundir estos cien años se está trabajando en una exposición itinerante que recorrerá ocho sedes a lo largo de la cuenca; una exposición central en Zaragoza; un libro conmemorativo y un documental explicando toda la trayectoria de la CHE. «El objetivo es seguir avanzando en el uso responsable y sostenible del agua, compartiendo conocimientos y oportunidades», expresa San Román.