La opinión de los mayores de Aragón sobre el feminismo: "Ni lo de antes ni lo de ahora"
En el 8M, Pedro, María Antonia, Jacinta, Miguel y P. recuerdan cómo vivían las mujeres hace cincuenta años. Las tres conocen o han vivido de primera mano el maltrato físico o psicológico. Pero el feminismo no les termina de convencer. «Antes no se escuchaba y ahora cansa», dicen.

Pedro, María Antonia, Jacinta y Miguel en una cafetería de Zaragoza. / Laura Trives
Son cinco historias. Cinco historias distintas que a veces se acercan y otras se distancian, pero que se desarrollan en una misma época. A sus 72, 73, 78, 78 y 80 años, María Antonia, Pedro, P. (pide mantener el anonimato), Jacinta y Miguel son voz de la experiencia. Y si en algo coinciden es en que «han cambiado mucho las cosas». «Es un abismo. Ahora las mujeres son independientes, viven la vida como es. Ha habido un cambio tremendo, nada que ver con nuestra etapa», reflexiona Jacinta este 8M, Día Internacional de la Mujer.
Tuvieron infancias diferentes. Mientras P. nació y vivió en un barrio rural de Zaragoza en el que pudo crecer «asilvestrada», vivir «con mucha libertad» y ser «muy feliz», María Antonia y Jacinta recuerdan a la disciplina exigida en el franquismo.
Jacinta rememora su juventud en grupo, rodeada de amigos con los que iba de excursión al Pirineo para «terminar bailando en la discoteca de Zuera». María Antonia prefería pasar el tiempo en casa, y los domingos eran para trabajar. «Iba a una fábrica de conservas o al campo con mi padre, que me levantaba a las 5.00 horas», cuenta. Solo se lo exigían a ella. «Cuando él lo necesitaba, sacaba a la Mari, la peona. A mis hermanos no. A uno no le gustaba y el otro no quería ir», expone.
El escenario cambió para ambas cuando se emparejaron. María Antonia lo hizo temprano, con 16 años, mientras que Jacinta se «puso a festejar» con Miguel más adelante. Él se crió en El Gancho de Zaragoza y, tras pasar unos años en Calatayud, regresó a una escuela «para pobres» en la capital. La clase hacía de recreo y solo había chicos.
Aquel humilde colegio le llevó a la enseñanza, que luego ejerció en Gotor, en Gallur, en Utebo. «En un lado estaba la escuela de niños y, en otro, la de niñas», explica. Y P., que también vivió esa separación en el instituto, reflexiona: «¿Por qué no podían convivir chicos y chicas? ¿Por qué pensaban que iba a haber algo malo? No me ha cabido nunca en la cabeza».

Pedro, María Antonia y Jacinta en una cafetería de Zaragoza. / Laura Trives
Miguel hizo ese recorrido por las escuelas rurales acompañado de Jacinta. Ella había estudiado Bachiller y luego trabajó en una notaría. «Lo dejé para irme a los pueblos, y ya nacieron los hijos. Me quedé en casa por no dejarlos con otra persona», indica. Y no fue sencillo. «En Tauste, que también vivimos, lo pasé mal. Aparte de haber dejado mi trabajo, fue irme a un pueblo que no conocía, enfrentarme a gente que no conocía...», expresa.
Jacinta se reincorporó al mundo laboral tiempo después. «Decidí que no quería perder mi tiempo cotizado y me puse a trabajar en todo lo que pude», señala. Define como «dura» su experiencia de limpiadora en el psiquiátrico de Garrapinillos.Todo, para poder tener una pensión. «Ahora tengo una miseria, pero me sirve», apunta.
También P. cuidó de sus hijos, a los que tuvo después de casarse con 22 años. Para entonces ya había ejercido como recepcionista en una empresa. Rememora las idas y venidas diarias al colegio La Salle Montemolín. Ocho viajes hacía, y eso con unos 30 años», detalla, y expone que por ejercer de amas de casa ahora hay muchas mayores que no cobran «ni un duro».
El trabajo fue la clave que permitió a María Antonia separarse de su marido. Ella cosía en casa cuando él no estaba, y aquella «miseria de sueldo» que cobraba le permitió aguantar «una experiencia muy complicada». «Cuando uno quiere separarse pero otro no es muy complicado. Había esa idea de antes de estar juntos hasta la muerte, de o para mí o para nadie... Muy machista», sostiene
«Mi marido me llevó al psicólogo para que me cambiaran el pensamiento», concreta. Su suerte estuvo en encontrar a un «buen»grupo de profesionales que, lejos de hacerle rectificar, fueron un soporte y la introdujeron en ASDA (Asociación de Separados y Divorciados de Aragón). También formó parte del Teléfono de la Esperanza, no sin antes haber recibido una llamada del cura de su pueblo para preguntarle «qué problema había». Alguien, desliza María Antonia, le dio «el chivatazo». «¿Qué le importa al cura? Ahí no pinta nada», crtica P.
Al final logró dejar a aquel hombre que la maltrató física y psicológicamente. «Tras la separación estuve bastante apurada, y mis hijos lo pasaron muy mal. Pero había aire de libertad», expresa. En voz alta recuerda aquellas preguntas de las vecinas del pueblo de su ex marido: «Decidí quedarme embarazada a los dos años de casarnos y a él le decían ¿qué pasa? ¿No vale u qué?».
Para Pedro son historias lejanas que vivió «desde la barrera». Pero ellas sufrieron el machismo en sus carnes o en las de sus amigas. Por eso opinan que ahora las jóvenes pueden comerse el mundo. Es gracias al feminismo, una palabra que, como apunta Jacinta, «antes no se escuchaba y ahora cansa».
«Hace no mucho estuvimos en una reunión de Izquierda Unida y la llevaban las feministas. Yo me sentí muy jodido, muy ofendido, cuando dijeron bienvenidas y no bienvenidos. Mujeres habría ocho o diez, y hombres tres. Lo he estado pensando y tendría que haberme levantado, porque merecemos una consideración. Me sentó muy mal», comparte Pedro. «Tienen razón: la mujer ha estado jurídica y socialmente discriminada, pero que no se pasen ahora de listas», afirma.
«Ni lo de antes ni lo de ahora», dice María Antonia al respecto, y comparte que ahora «la mujer tiene mucho poder» y que los chicos «están más marginados». Varios deslizan que «si ellas quieren denunciar a un hombre, aunque no haya hecho nada, puede». «Tiene que aportar pruebas», recuerda P. Sus voces narran anécdotas de conocidas a las que pegaron sus maridos. Todo el mundo lo sabía, pero nadie lo decía. Por suerte, han cambiado mucho las cosas.
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