De explosores a helicópteros: así funcionan los sistemas para provocar aludes controlados en las montañas de Aragón
Para proteger a los esquiadores, las estaciones de esquí del grupo Aramón emplean un protocolo técnico que incluye detonaciones controladas para prevenir avalanchas, buscando la seguridad en las pistas y sus alrededores

Así provocan los aludes los equipos especializados / Aramón
Las pistas de esquí tienen un arma que permite proteger a los esquiadores. Seguramente, una amplia mayoría incluso lo ha visto alguna vez desde lejos: se trata de los aludes provocados. Suena una explosión seca en la montaña y segundos después se aprecia una lengua de nieve deslizándose ladera abajo. La imagen es tan llamativa como necesaria. Su objetivo es salvar vidas y salvaguardar la integridad de las personas dentro de una estación de esquí.
Lo que para el público es una fotografía impactante, para un especializado grupo de profesionales forma parte de un trabajo diario y planificado. Provocar aludes de forma controlada permite reducir el riesgo en las pistas de esquí y en la propia montaña.
"No es algo espectacular sin más. Es una medida de seguridad", explica Iñaki González, jefe de pistas de Aramón en Formigal y Panticosa. "Lo que hacemos es adelantarnos a la montaña. Si sabemos que una ladera puede romper de forma natural y afectar a una pista o a una infraestructura, preferimos desencadenarla nosotros en el momento y en las condiciones que consideramos más seguras", relata.
Un alud puede producirse durante una nevada, justo después o incluso días más tarde, cuando el manto nivoso evoluciona. "La nieve es un elemento dinámico·, recuerda González. "No hace falta que esté nevando para que haya riesgo. Influyen el viento, la temperatura, la orientación de la ladera… Son muchos factores", añade.

Iñaki González, jefe de pistas de Aramón en Formigal y Panticosa. / Pablo Ibáñez
Para gestionar ese riesgo existe un protocolo técnico: el Plan de Intervención de Desencadenamiento de Avalanchas (PIDA): "Tenemos identificados todos los puntos susceptibles de generar aludes dentro de la estación. Cada uno se activa con unos parámetros concretos. Cuando se dan esas condiciones, intervenimos".
Provocar un alud consiste en aplicar la energía necesaria, normalmente mediante una detonación controlada, para que la placa de nieve inestable se rompa antes de que lo haga de manera espontánea y potencialmente peligrosa.
"Hay que saber exactamente dónde está la debilidad en el manto y qué energía necesita para romper», subraya. «No se trata de poner una carga en cualquier sitio. La precisión es clave", apostilla.
Del explosor al helicóptero
Las estaciones cuentan con distintos sistemas de desencadenamiento artificial y equipos muy completos que incluyen, por ejemplo, drones que permiten ver las zonas desde el aire.
Uno de ellos son los explosores fijos, como los Gazex, instalados en puntos estratégicos de la montaña. Funcionan mediante la inyección remota de gases que, al detonar, generan una onda expansiva capaz de desestabilizar la placa.
"Nos permiten actuar de forma rápida y segura, incluso con malas condiciones meteorológicas", informa. Se disparan a control remoto desde un ordenador.
Otro sistema es el DaisyBell, transportado en helicóptero. "Es como un explosor portátil", explica González. "Desde el aire podemos posicionarnos exactamente sobre la zona inestable y detonar sobre el manto nivoso. Es muy eficaz y nos da mucha precisión, sobre todo en áreas de difícil acceso", apunta. Este sistema se basa en la explosión por una mezcla de hidrógeno y oxígeno en el interior de la campana que cuelga del aparato.
En el sector de Panticosa también se utiliza un cañón Avalauncher, que dispara cargas explosivas a distancia hacia puntos concretos de la ladera.
También está el método más clásico, que es el tiro manual en montaña: "En ese caso suben los artilleros, normalmente en binomios, hasta los puntos de desencadenamiento. Colocan la carga y la detonan de forma remota. Es un sistema más laborioso, pero sigue siendo necesario en determinadas zonas", matiza.
Para el visitante, lo más llamativo es el momento en que la nieve se pone en movimiento. Para el equipo de pistas, el trabajo empieza mucho antes. "Lo difícil no es la explosión; es interpretar la montaña", insiste González. "Cada ladera es diferente y en una misma zona nunca hay dos aludes iguales. Tenemos que conocer cómo se forman, cuál es su mecanismo de fallo y cómo puede evolucionar el alud una vez que se pone en marcha", añade.
El objetivo no es eliminar el riesgo, algo imposible en un entorno de alta montaña, sino reducirlo al máximo dentro del área esquiable y en aquellas zonas exteriores que puedan afectar a las pistas. "No se puede dinamitar toda la montaña", advierte.
"Nosotros controlamos el área esquiable y trabajamos para ofrecer el mayor nivel de seguridad posible. Fuera de ese ámbito, el riesgo aumenta y el esquiador tiene que ser consciente de ello", recuerda.
En definitiva, provocar aludes no es una exhibición de potencia, sino un ejercicio de conocimiento, planificación y precisión. "La clave", resume González, "es adelantarse a la montaña. Entenderla para que no te sorprenda".
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